![]() |
el país | el mundo | dinero | águila y sol |
| medios | ciberia | gente | mañana | |
| tianguis | libros | cultura | espectáculos |
|
|
La alabanza y la queja El tiempo en Borges
El tiempo juega un ajedrez sin Carlos Guevara Meza
No parece muy convincente la idea de que hay una filosofía en Borges, quizá ni siquiera una verdadera reflexión filosófica. Las abundantes referencias a Platón, Schopenhauer, Bergson o James, a los místicos árabes y judíos, el obsesivo recurso a Heráclito, Zenón y a los idealismos más radicales (estilo Berkeley), no son garantía de un filosofar borgeano, aun considerando que Borges no fue un mal lector. Hay algo de ironía en esas citas, como queriendo demostrar el carácter fantástico de ciertas reflexiones, su absoluta irrealidad frente a las angustias de una muerte cercana, por ejemplo, como en El jardín de los senderos que se bifurcan, o La muerte y la brújula. Que muchos de sus temas sean "metafísicos" (el tiempo, la eternidad, la inmortalidad, el infinito, la distinción entre sueño y vigilia) y verdaderos clásicos de la filosofía, tampoco convierte a su narrativa o a su poesía en filosóficos. Lo que sí hay es una fascinación al mismo tiempo intelectual y vivencial ante ciertos problemas, la puesta en escena de ciertas paradojas, la angustia o la incredulidad ante la irrupción de lo absoluto (o lo imposible) en una vida cotidiana que se quería tranquilizadora en la misma medida en que es rutinaria, insignificante. Buen lector de San Agustín, a fin de cuentas, Borges se sitúa entre la celebración de lo absoluto y la tristeza de lo finito. Si la eternidad –como parece deducirse de las Confesiones– es lo "otro" del tiempo, el límite al que puede llevarse la reflexión sobre la temporalidad, el punto donde, por contraste, se nos revela desgarradoramente nuestra propia finitud; si el tiempo no es la medida del movimiento (que decía Aristóteles) sino una distensión del espíritu, un vivir siempre en un presente fugaz hecho a partes iguales de la efímera contundencia del instante, de la irrealidad memorística de un pasado que tal vez nos inventamos y de un evanescente porvenir, acaso utópico, siempre incierto, que sólo es tranquilizador cuando es repetición de lo acontecido; un vivir siempre a medias entre la memoria y la esperanza cuando todo suceder sucede en el ahora. Entonces, como Agustín, Borges construye su relato, su poema, su "confesión", tensionado entre la alabanza a una eternidad que presagia una plenitud, sin embargo imposible, y la queja de una criatura condenada por el Creador a ser presa de la muerte, de la cesación. Borges transmite el estremecimiento de esta evidencia, de la ficción que a fin de cuentas somos, del límite mortal que nos constituye. La vivencia que comparten el condenado a muerte, el fugitivo, el perseguidor y el amante solitario: lo buena o mala que haya sido la vida es ya sólo un recuerdo que se borra o se escarnece conforme se intensifican la desesperanza, el terror, el deseo o la ausencia. Borges sabe, y lo hace saber, que esa distensión del espíritu que llamamos tiempo nos traiciona, concentrándose al máximo en los momentos de plenitud, extendiéndose todo en el insomnio, el tedio y la muerte, para hacernos esta vida de "breves dichas y largas penas". En un importante ensayo sobre Las categorías de la temporalidad en San Agustín (imposible resistir la tentación de citar un libro raro), donde estudia preferentemente las Enarrationes in Psalmos y los sermones, el padre Stanilas Boros presenta cuatro "imágenes sintéticas", cada una de las cuales podría muy bien encontrarse en Borges: con la temporalidad como "disolución" se relacionan las imágenes de ruina, desvanecimiento, desmoronamiento progresivo, final no colmado, dispersión, alteración, copiosa indigencia; de la temporalidad como "agonía" provienen las imágenes de camino hacia la muerte, enfermedad, fragilidad, guerra intestina, cautividad en el llanto, envejecimiento, esterilidad; la temporalidad como "destierro", reagrupa las imágenes de tribulación, exilio, vulnerabilidad, errancia, nostalgia, deseo inútil; el tema de la "noche", en fin, crea las imágenes de la ceguera, oscuridad, opacidad. No hay ninguna de estas cuatro imágenes clave ni de sus variantes que no reciba su fuerza significativa a contrario del símbolo opuesto de la eternidad, bajo las figuras de la recolección, de la plenitud viviente, del hogar, de la luz. Sólo que en Borges, y quizá ahí su carácter reaccionario (además de sus loas a Pinochet), la esperanza, el futuro, dejan con mucho su lugar a la nostalgia, al recuerdo, al pasado. Ese quedarse encerrado, como Funes, en la memoria de algún momento insignificante, abandonando el presente y cancelando cualquier futuro. Ese ser presa de una eternidad laberíntica cuyo único consuelo es que ese desorden, al repetirse infinitamente, es ya un orden, como en La biblioteca de Babel. Ese Borges que escribe para no saber luego si ha recordado algo o lo ha inventado, para quedarse en la soledad de quien ha visto el Aleph y lo ha destruido. Pero hay atisbos en Borges de eso "otro" de la soledad y el insomnio y la muerte, de ese punto que es el amor que nos refrenda más que siempre nuestra constitución temporal, a la vez que nos acerca más que nunca a la eternidad, es decir, a la plenitud, como en aquellos últimos poemas a María Kodama. Sólo Borges sabe con qué versos define su vida: "Sabía que el presente no es otra cosa/ que una partícula fugaz del pasado/ y que estamos hechos de olvido: sabiduría tan inútil/ como los corolarios de Spinoza/ o las magias del miedo./ En la ciudad junto al río inmóvil,/ unos dos mil años después de la muerte de un dios/ (la historia que refiero es antigua),/ Bürger está solo y ahora,/ precisamente ahora, lima unos versos". (G. A. Bürger). O bien: "El polvo incalculable que fue ejércitos./ La voz del ruiseñor en Dinamarca./ La escrupulosa línea del calígrafo./ El rostro del suicida en el espejo./ El naipe del tahúr. El oro ávido./ Las formas de la nube en el desierto./ Cada arabesco del caleidoscopio./ Cada remordimiento y cada lágrima./ Se precisaron todas esas cosas/ para que nuestras manos se encontraran". (Las causas)
|
|
|
|