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Borges Buenos Aires celebra a su escritor universal Ariel González Jiménez
El centenario de Jorge Luis Borges transcurre previsiblemente en medio de un verdadero aluvión de reediciones, novedades críticas, recuentos y antologías, páginas de Internet, entrevistas, recuerdos y anécdotas de amigos, exposiciones, filmes y un larguísimo y justificado etcétera que afortunadamente trascenderá la celebración misma. Es el primer centenario global de Borges, tal y como corresponde a nuestro tiempo y a las múltiples resonancias que ha producido la palabra del escritor argentino. Inabarcable, acaso alephiana, la obra de Borges cumple sencillamente con el dictamen que sobre ella hizo Harold Bloom: "Borges emerge claramente como el autor del siglo XX más emblemáticamente representativo –y acaso el único– de los valores estéticos aún esenciales para la supervivencia de la literatura canónica universal. Ocupa este lugar no sólo con respecto a las letras hispanoamericanas sino a toda la literatura occidental y quizá, incluso, a la literatura mundial." Pero independientemente del juicio de Bloom –fincado en un riguroso criterio literario– el universo borgeano experimenta una expansión sin precedentes: un movimiento que va más allá de los valores estéticos que representa y del significado canónico que hoy y en el futuro le podamos atribuir. También va más allá, por supuesto, de la presencia que tiene en los medios de comunicación y de los índices de ventas de las librerías, así como de la aprehensión por vulgarizarlo y reducirlo a uno de esos autores citables para toda ocasión. Me parece que la obra y la figura de Borges enfrentan las vicisitudes de su centenario con una renovada juventud (estado que él mismo declaraba sentir más suyo al final de sus días) que las instala en un plano superior, más cercano al sótano de la sucursal Miguel Cané de la Biblioteca Municipal de Buenos Aires en donde leía y escribía, a las largas noches sabatinas del bar La Perla en la Plaza del Once o a las horas de lectura en los tranvías porteños. Gracias a esa lozanía su centenario da cuenta de cómo sus Obras Completas se siguen, felizmente, completando, lo mismo que los testimonios y las investigaciones biobibliográficas. Es de ese panorama que trata esta pequeña (y necesariamente parcial) noticia editorial que a continuación ofrezco. Hay muchas formas para acercarse a la vida de Borges, pero ninguna tan segura (hasta donde una apreciación personal lo puede ser) como la Autobiografía que publicó hace unos meses El Ateneo. Se trata de un material hasta hoy inédito en español que fue dictado (pero también corregido) por Borges a un colaborador suyo, Norman Thomas di Giovanni. Originalmente aparecida en The New Yorker, en septiembre de 1970, probablemente sea éste el opúsculo que más podemos valorar entre las novedades editadas recientemente. Con una economía literaria ejemplar (que en buena prosa nunca significa ahorro sino riqueza y precisión), Borges se acerca al niño que fue, al Borges viajero, al porteño y al escritor maduro. La Autobiografía es el espejo y la imagen que otros, con mayor o menor éxito, han querido presentarnos; ahora es el propio poeta quien lo intenta, sabiendo de la enorme dificultad que tiene elegir entre el escritor y el personaje, su personaje. Autobiographical Essay (tal fue su título en inglés) es quizá la continuación ensayística de su cuento "El otro". Ahí, un Borges se encuentra con otro Borges. Todo ocurre "en dos tiempos y en dos sitios"; y de igual forma que uno –el Borges que narra el cuento– admite que fue soñado por el otro aunque no "rigurosamente", así podría decirse de estas páginas autobiográficas de enorme belleza en las que irreprochablemente la memoria de un Borges apenas esboza la vida del otro. Sin embargo, en su Autobiografía están presentes todos los elementos que constituyen al Borges reconocible: sus amigos ("creo –dice– que la amistad es la pasión que salva a los argentinos"), el pasado familiar, la impronta de muchas lecturas y el paisaje de Argentina y Europa, particularmente. Entre los primeros destaca obviamente a Bioy Casares, pero también le otorga un sitio privilegiado a Macedonio Fernández, de quien en México, injustamente, se sabe muy poco y se lee mucho menos. El elogio de este escritor que antes fue amigo de su padre lo expresa con enorme gratitud: "Su genio sobrevive en sólo unas cuantas páginas; su influencia fue de naturaleza socrática. Como dijo Ben Johnson de Shakespeare: ’I truly loved the man, on this side idolatry, as much as any’". Para los curiosos acerca de las apreciaciones políticas de Borges, baste citar: "En 1946 subió al poder un presidente de cuyo nombre no quiero acordarme. Poco después fui honrado con la noticia de que había sido ‘ascendido’ al cargo de inspector de aves y conejos en los mercados. Me presenté en la Municipalidad para preguntar a qué se debía ese nombramiento. ‘Mire –dije al empleado– me parece un poco raro que de toda la gente que trabaja en la biblioteca me hayan elegido a mí para desempeñar ese cargo’. Bueno –contestó el empleado– usted fue partidario de los aliados durante la guerra. Entonces, ¿qué pretende?". Estela Canto, un frustrado amor de Borges en los años 40, dice en Borges a contraluz (que por cierto se ha reeditado este año, causando nuevamente controversias en torno de la vida afectiva del escritor) que éste nunca supo comprender el apoyo popular al peronismo. Quizá en realidad nunca supo mucho de política, o de esa barbaridad que en nuestros países se da en llamar así, pero es claro que muchos de sus juicios posteriores tampoco estuvieron exentos de ingenuidad, la misma que tan en serio se tomaron muchos de sus detractores, especialmente los creyentes en el papel del "intelectual comprometido". El centenario de Borges es de tan amplio registro que ciertamente tampoco faltan las obras que le cuestionan o que le hacen abiertamente diversos reclamos. En esa línea se inscribe el Antiborges que, compilado por Martín Lafforgue, se presenta como "un compendio de opiniones polémicas sobre Borges creado por hombres que, aunque lo admiraron y respetaron, también lo discutieron". Algunos de los "antiborgeanos" que ahí toman la palabra son Enrique Anderson Imbert, Blas Matamoro, Raúl Escalabrini Ortiz, Pedro Orgambide, Juan Gelman y David Viñas. La aparición o reedición de diversos textos establece como nunca antes un perfil más complejo del autor de Historia universal de la infamia. Lógicamente el Borges de la Autobiografía no es el mismo de las diversas biografías (Alicia Jurado, Estela Canto y Horacio Salas, entre otros, emprendieron desde hace años esa tarea con metodologías e intencionalidades muy diversas, pero creo que todas legítimas) ni tampoco el de muchas de las entrevistas que concedió tiene a primera vista una identificación plena con el Borges que examinan los distintos ensayos críticos y menos aún con el de los primeros escritos (que hace ya un tiempo se reunieron en Textos Recobrados, editados por Emecé). Borges en Sur –publicado por Sudamericana en 1999 con poco más de 30 materiales nunca antes publicados en forma de libro, además de un poema inédito, "Variación"– nos recuerda la necesidad de completar nuevos catálogos de los intereses intelectuales y literarios que movilizaban a JLB. Los trabajos que Borges publicara en la revista de Victoria Ocampo (de quien se cumplen 20 años de su fallecimiento) muestran una peculiar mirada que va de la poesía al cine, de la traducción a la reseña. En ellos aparece, por ejemplo, un Borges interesado –como ya lo supo ver con toda anticipación José Emilio Pacheco al homenajear a Nabokov– en Lolita u otro que contesta encuestas sobre Wilde y uno más que advierte sobre el hecho de que "los directores del Tercer Reich procuran el imperio universal, la conquista del orbe". Esos Borges merecen, en conjunto, algo más que una revisión somera. Igualmente sorprendente es el Borges de Reencuentro. Diálogos inéditos, de Osvaldo Ferrari, quien ya antes había publicado En Diálogo I y En Diálogo II una serie de entrevistas para radio que le concediera JLB sobre los más diversos temas: Verlaine, James Joyce, Emerson, Jesucristo y Blas Pascal, el estoicismo... Esta vez el material tardó mucho tiempo en ser publicado (las entrevistas de Reencuentro datan de 1984-1985) debido a una querella civil, pero constituye sin duda uno de los testimonios más importantes del propio Borges en este su centenario. En el mismo ámbito de las entrevistas, si bien desde una perspectiva mucho más vasta puesto que sintetizan y ordenan innumerables materiales publicados por la prensa, Pilar Bravo y Mario Paoletti han preparado Borges verbal (Emecé, 1999). El resultado es una suerte de diccionario con más de 700 definiciones que alguna vez Borges dio a la prensa, o que ésta le arrancó enhorabuena. Y el Borges que figura ahí es, como siempre, además de inmediato, universal: autor al fin y al cabo de una obra que nos lleva por mil y un pasadizos, y nos remite por igual a los clásicos griegos o a los cuchilleros del barrio de Palermo. Para los que todavía conservamos cariñosamente Borges de la A a la Z (primer compendio de ítems borgeanos que editó Siruela), y el Atlas de Borges (guía de lugares por él queridos publicada por Lumen), Borges verbal y otra novedad (Borges. Una enciclopedia, de Daniel Balderston, Gastón Gallo y Nicolás Helft, que ha editado Norma) nos recuerdan que este centenario alcanza proporciones enciclopédicas. Borges. Una enciclopedia señala todas las pistas bibliográficas que uno puede seguir para encontrarse sobre todo con los escritores y personajes que figuran en forma extensa o mínima en la obra de Borges. No es raro que algunos editores estimulen la orientación básica a través de obras como ésta que organiza una gran cantidad de información. Un antecedente de este trabajo es Jorge Luis Borges. Bibliografía completa, de Nicolás Helft, edición del FCE que incluye un CD Rom. Un libro que nos hubiera gustado más si tuviera un mapa desplegable o tal vez varios dentro de un CD Rom, para jugar con las rutas de tranvías y trenes de la época, es El Buenos Aires de Borges, de Carlos Alberto Zito. La edición de Aguilar (1999) es más que digna, no cabe duda, pero por lo visto obvia que se trata de un tema monumental, propio de grandes libros. Y éste lo es si tomamos en toda su maravilla la idea y el texto de Zito, quien emprende una biografía de Borges a partir de las calles y lugares de Buenos Aires que le dieron, siempre que se entregó a ellas, como decía él mismo, "inesperado consuelo". Aquí están las casas, los teatros, los bares y las bibliotecas entrelazadas con los compadritos, los personajes y cosas de Evaristo Carriego y las letras de tango. Es el Buenos Aires por el que Borges, en uno de sus recuerdos infantiles de cuando vivía en la calle Serrano, se preguntaba: "¿Qué había mientras tanto del otro lado de la verja con lanzas? ¿Qué destinos vernáculos y violentos fueron cumpliéndose a unos pasos de mí, en el turbio almacén o en el azaroso baldío? ¿Cómo fue aquel Palermo o cómo hubiera sido hermoso que fuera?...". Es en este libro, en definitiva, donde Borges emerge como amante de su ciudad. Por otra parte, una novedad que en el campo de la crítica y del enfoque académico debe destacarse es Enrique Pezzoni lector de Borges, obra compilada por Annick Louis, alumna de Pezzoni que entre 1984 y 1988 registró las observaciones y análisis de éste en torno del universo borgeano. Pezzoni (1926-1989) fue jefe de redacción de Sur de 1968 a 1970 y a él se deben algunas memorables traducciones de obras como Lolita y Moby Dick. La compilación de estas lecciones que Enrique Pezzoni impartiera en la Universidad de Buenos Aires nos revela una importante obra oral de crítica literaria prácticamente desconocida fuera de Argentina. Este libro contiene, además, el inolvidable encuentro de los alumnos de Pezonni con el mismo Borges, quien generosamente accedió a asistir a una clase, el 3 de agosto de 1984, para responder sus preguntas. (Una de ellas: ¿la literatura es su esposa o su amante? Respuesta: "Yo soy un hombre victoriano y puritano. Mi esposa, digamos".) Borges y la ciencia (Eudeba, 1999) da forma y tratamiento a un tema que ya JLB había insinuado de otro modo cuando se hizo amigo en Cambridge del matemático persa Farid Hushfar, "que había desarrollado –decía Borges– una teoría del tiempo esférico que no entiendo mucho pero que pienso plagiar algún día". Y seguramente no la entendía en sus justos términos, pero como muchas otras cosas que indican sus textos Borges poseía la virtud de unir imaginación e intuición en bellas fórmulas que han fascinado a muchos hombres de ciencia. De cierta manera le ocurre lo mismo que a Lewis Carroll, que con el paso del tiempo se convirtió también en un importante referente literario de físicos, matemáticos, astrónomos o químicos, los cuales encuentran en sus libros razonamientos y planteamientos que pueden enunciar metafóricamente un problema o una verdad científica. Es así que de acuerdo con el "citation index" del Institute for Scientific Information, en el periodo 1970-1996 los estudios científicos de primer nivel que citaron a JLB fueron poco más de 60, muy por encima de Ray Bradbury, que en el mismo periodo fue citado 11 ocasiones. Evidentemente la recuperación de anécdotas y dichos de o sobre Borges se halla dispersa. No obstante, en un año como éste los motores de búsqueda se han concentrado en descubrirnos otras facetas del autor de Los conjurados. Alberto Manguel, quien durante dos años leyó para un Borges que ya no podía hacerlo, lo recuerda vivamente en su hermosa Historia de la lectura (Norma, 1999): "Cierta tarde entró en la librería Jorge Luis Borges, acompañado por su madre, de ochenta y ocho años. Borges ya era famoso, pero yo sólo había leído algunos, pocos, de sus poemas y relatos, y no sentía una admiración incondicional por su obra. Borges estaba ya casi completamente ciego, pero se negaba a usar bastón, y pasaba la mano por los estantes como si pudiera ver los títulos con los dedos. Buscaba libros que le ayudaran a estudiar anglosajón, su pasión del momento, y habíamos encargado para él el diccionario de Skeat y una edición anotada de La batalla de Maldon. La madre de Borges se impacientó: ‘¡Ah, Georgie!’, dijo. ¡‘No sé por qué perdés el tiempo con el anglosajón en lugar de estudiar algo útil como el latín o el griego!’. Finalmente Borges se volvió y me pidió varios libros. Encontré algunos y tomé nota de los demás; y cuando ya se disponía a marcharse, me preguntó si estaba ocupado por las noches, ya que necesitaba (lo explicó excusándose mucho) alguien que le leyera, puesto que su madre se cansaba enseguida. Le dije que estaba libre." En realidad, Borges siempre está entrando y saliendo de una librería que está en todas partes; y siempre, también, está buscando quién le lea –no a él, a su obra– no una noche sino de manera total, absoluta, como en uno de los muchos actos infinitos soñados en sus cuentos. Su centenario está apenas en marcha
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