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El grito en el cielo

Francisco Báez Rodríguez

El último eclipse solar del milenio, que pudo observarse –mal, a menudo– en Europa fue, entre otras cosas, un fenómeno mediático que nos habla, y mucho, de la psicología de tres actores sociales de primera importancia. Uno es la Iglesia católica. En el año 1000, en plena y tenebrosa Edad Media, la superstición mandaba y los cristianos, por millones, pensaron que con el cambio de milenio sobrevendría el fin del mundo (lo temieron, pero también lo desearon, porque en aquella época el Juicio Final tenía todos los visos de superespectáculo masivo). La Iglesia, que era la madre de las supersticiones y no tenía muy claro qué sucedería, fue incapaz de evitar la histeria colectiva. Se quedó traumada.

Cerca del año 2000, el trauma afloró, y ante la más mínima evidencia de que pequeñísimas sectas apocalípticas proclamaban el próximo fin de los tiempos (como otras lo han hecho desde siempre, sin importar la fecha), puso, auténticamente, el grito en el cielo. Altos prelados, en sus homilías, advertían, desesperados, contra las falsas creencias. Lo curioso es que la mayoría de la población se enteró de que alguien hablaba del fin del mundo por las propias homilías y declaraciones ante los medios.

Quizá para lavar antiguos pecados apocalípticos, al final del siglo XX la Iglesia se puso histérica. Y, como de costumbre, alimentó, aunque por vía indirecta, un concepto que le es caro, entrañable, sin el cual se siente incompleta.

Otros son los medios, muchos de los cuales, en su lógica chabacana, se apropiaron, muy propios, de la histeria antiapocalíptica generada por la Iglesia. "Nada pasará por eclipse", rezaba una contraportada de La Prensa; "El mundo no se acabará", pronosticaba un vespertino. La superchería fue alimentada por estos curiosos desmentidos.

Como de costumbre, la televisión se llevó las palmas, tratando el asunto como si fuera serio. Y no sólo en Primer impacto. El colmo, también como de costumbre, correspondió a Televisión Azteca. Programó para el miércoles 11 de agosto, a las 13:00 horas, una emisión especial titulada: "El eclipse ¿Se acabará el mundo?" (sic). Para cuando lo transmitió, hacía horas que el fenómeno astronómico había ocurrido. Sirva para documentar la estulticia y las ganas de manipular con la ignorancia y el morbo.

El tercer actor es el gobierno mexicano, que logró hacer el ridículo a nivel mundial. Probablemente presionada por una Iglesia preocupada por un supuesto resurgir del fanatismo, la Secretaría de Gobernación emitió un comunicado de antología. En éste, la Coordinación General de Protección Civil y el Centro Nacional de Prevención de Desastres explicaban que los eclipses no están relacionados con las catástrofes y concluía: "El eclipse del próximo día 11 no se verá en México, donde el sol tendrá su acostumbrada apariencia". Así, como en los chistes viejos, ese día el sol salió por decreto gubernamental, entre las carcajadas de las agencias internacionales de noticias.

No se crea, sin embargo, que el país no avanza. El comunicado 289/99 de Gobernación marca un hito histórico. La última vez que en estas tierras las autoridades anunciaron que en una determinada fecha "el sol tendrá su acostumbrada apariencia" tuvieron que sacrificar varias doncellas y guerreros en lo alto de la pirámide para garantizarlo. Ahora no fue necesario. Ventajas de la democracia


Francisco Báez Rodríguez es subdirector general del periódico Crónica.

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