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La amistad y los textos Bustos Domecq en el campo Adolfo Bioy Casares
Un tío mío, tal vez para ayudarme a hacerme escribir sobre cualquier tema, y que mi escrito fuera pagado, y en ese sentido alentarme, y también para acercarme a la lechería que él dirigía con su hermano Vicente, y que era la obra de su padre, me pidió que escribiera un folleto sobre el yogur. Me dio una bibliografía bastante seria, con libros de Pasteur y otros autores. Los 350 negocios que había en Buenos Aires querían ser un modelo de higiene: el mostrador era de mármol blanco, las personas que atendían estaban vestidas con delantales blancos y se vendían todos los productos de La Martona, desde el vaso de leche a chocolates, y variedades de té que importaban. Fuimos con Borges al campo de Rincón Viejo, en Pardo, un campo que había estado arrendado durante años, porque mi padre, que era un hombre que conocía el campo mejor que nadie, no era un buen explotador de una empresa rural y mi madre estaba cansada de que se pusiera plata en eso y no se ganara nada. Yo, después de fracasar en Derecho y en Filosofía y Letras, para mostrar que no quería haraganear sino que no me gustaba lo que se enseñaba en esas facultades, quise ir a trabajar a ese campo que quería tanto y, de algún modo, al ir a trabajar ahí concluí con el arrendamiento y el campo volvió a nuestras manos. Para mí era una especie de paraíso perdido, finalmente recuperado. Fui allá y trabajé bastante, y muchas veces invité a Borges. A él le costaba mucho dejar Buenos Aires pero un día se animó a ir. Además como íbamos con la intención de escribir ese folleto y a Borges le gustaba el trabajo, se sintió atraído. Lo escribimos en un estilo que ahora me resulta un poco pomposo, como si en aquel momento creyéramos que escribir bien era escribir pomposamente, y mientras lo escribíamos estábamos añorando escribir algo más divertido, que podían ser poemas o podían ser cuentos. Pasaron cuatro años y un día le dije por qué no escribimos esos cuentos que nos habían parecido posibles cuando estábamos escribiendo el folleto sobre el yogur. Borges me dijo que sí y empezamos a escribir los Seis problemas para don Isidro Parodi, que publicamos con el seudónimo de Bustos Domecq
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