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puros cuentos
Miriam Mabel Martínez
Fernando Maldonado M.
Ana Francis Mor
Miriam Mabel Martínez
Julio Chávez Sánchez
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Sólo sentido común Mayte de Toscano
Mariela decidió que había llegado el momento de enamorarse. Eso coincidió con la aparición en su vida de un hombre ya maduro, con ideas y metas claras, inteligente, comprensivo, dispuesto a tolerarle casi todo. Los años se habían llevado parte de su pelo, dejándole a cambio una nívea cabellera. Sin embargo, benévolamente, le permitieron que conservara la apostura de otros tiempos sellada por su oscurísima mirada gris. La mayor parte del tiempo parecía un vaquero que hubiera dejado su pony abandonado en alguna parte. Cargaba pistolas inivisibles y llevaba el sol y la llanura metidos bajo la piel. El sombrero a veces lo cambiaba por una cachucha de beisbolista. Y caminaba como escudriñando el aire, los rostros y los lugares… como buen vaquero. En cuanto vio a Mariela, se dispuso a lazarla cual vaquilla. Era el mejor trofeo que podía tener a su edad: una mujer joven y guapa. Ni en sueños se imaginó que ella caería tan fácil, aunque fue tan insistente que resultó cierto que el que persevera alcanza. Realmente no era viejo. Se jactaba de haber practicado casi todos los deportes y era un tanto presuntuoso en lo que a su virilidad se refería. Pronto llegó el tiempo de probarlo. Mientras se despojaba del sombrero, el chaleco y las espuelas, dejaba al aire un cuerpo que se veía mejor cubierto. A Mariela eso no le importó: se había decidido a amarlo y con eso bastaba. Como era lógico, ella esperaba que le mostrara sus habilidades en el rodeo como si estuviera a lomos de un toro salvaje. Pero nada, él hizo unas simplonas suertes con la reata y se quedó quieto, como esperando que apareciera de pronto un gato montés… Por más que le alentaba Mariela en pleno centro del rodeo, él permanecía inmóvil, cuando de repente… ¡zas!, sin el menor aviso soltó el disparo. Lo mismo sucedió en otras dos ocasiones en sesiones distintas. La última fue el acabóse, cuando se montó como si estuviera sobre una vaca lechera –a la que no se parecía Mariela ni de lejos–. Ella apenas se enteraba de que la mayor habilidad del vaquero era disparar rápido, no siempre con muy buena puntería pero eso sí, siempre él primero. A Mariela le mató, con cuatro disparos, el deseo, el gusto, el cariño y el sentido común que le había dicho que ya debía sentar cabeza y dedicarse a un solo hombre. También con la última bala se reventó la ilusoria cuerda con que estaba atada… El, ni siquiera supo de dónde le llegaron los pieles rojas
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