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Los dueños del crédito Ejidatarios y campañas Para Toño Reyes
Rubén Mújica Vélez
Me pareció atractiva la invitación, insólita en su vida profesional y docente: participar con una ponencia en la campaña política de un prometedor, por entusiasta, prospecto de diputado en su informal y bullanguero estado: Veracruz. Aceptó más picado por la curiosidad que por el interés de escalar en algo tan tortuoso como el mundillo político. El tema: las potencialidades del sector agropecuario veracruzano. El auditorio: funcionarios, técnicos y grupos ejidatarios. La condición anticipada por su parte: cero censura o no participaría. Bajo la responsabilidad de un amigo común como el candidato, todo se allanó y se dispuso a formular una ponencia. No dejó de campear en ella el uso de términos y de información que un auditorio de preparación media habría de comprender. Pero también, tuvo que aceptarlo, se colocaron ciertas expresiones que cuadraban con los medios universitarios. Su sorpresa fue mayúscula. El auditorio estaba pletórico de ejidatarios ensombrerados, con sus clásicas guayaberas y sus amplísimos pantalones de gabardina o algodón con "tiros" que llegaban hasta las rodillas. Funcionarios y técnicos integraban una minoría. Su exposición era la cuarta entre siete y esto significó una ventaja preciosa. Escuchó la primera que, presentada por un delegado federal, estaba cuajada de terminajos intraducibles: coyunturas, tendencias estadísticas, universos estadigráficos, tasas de crecimiento, etcétera. Puso atención en el auditorio: los campesinos se rascaban la cabeza, cuchicheaban, se abanicaban con sus sombreros y algunos se aprestaban a desperezar un grato "coyotito". En el presidium se advertía un desintéres mayúsculo; solamente el candidato, atento al público, movía negativamente la cabeza. Se decidió; empezó a palomear en las páginas que llevaba los puntos de más interés. Eliminaría la lectura; la que se realizaba en ese momento mostraba sus efectos de nembutal entre los oyentes. Procuraría emplear términos sencillos, campiranos, aunque pareciera que su conferencia bajaba de nivel. Aunque era lo que se necesitaba: ¡que bajara del nivel académico al de los campesinos. Tenía que hacerse entender! Cuando anunciaron su participación, ya el público amenazaba con abandonar la sala; varias personas se removían en sus asientos y otros ya se habían puesto de pie y recostados en las paredes del auditorio luchaban contra la somnolencia que les dominaba. –Amigos ejidatarios. Vamos a platicar, a conversar de sus problemas y de algunas maneras que pensamos se pueden ir atendiendo, siempre y cuando al ganar la diputación, su representante cumpla lo que promete. Así fue discurriendo su plática –que no conferencia– y para su gradual satisfacción advirtió que mostraban interés. Originario del rumbo, pudo manejar casos que ejemplificaban y al mencionar ejidos en los que tenía amigos, despertó señales de aprobación entre los ejidatarios. Iba subiendo de tono su discurso y entonces expresó algo que, de otra manera, con cierta pedantería, proponía en su ponencia. Pero ahora lo dijo de manera harto sencilla: –Es necesario darle a los productores de Veracruz, a ustedes, toda la importancia que tienen de alimentarnos. Es tan importante lo que producen, es de tanto interés para el país que el crédito que les da el gobierno federal para sembrar, debería ser crédito sin intereses, rápido en su entrega. Pero sin intereses… Realmente no esperaba la reacción del auditorio. Los campesinos lanzaron una exclamación aprobatoria generalizada y empezaron a mover en todo lo alto sus sombreros. Había electrizado a los campesinos; en el presidium, el candidato con muestras de aprobación entusiasta se puso de pie aplaudiendo la idea. Pero no dejó de percibir que entre funcionarios era común el ceño fruncido de una negativa, de la renuncia total a lo que había propuesto. Concluyó la reunión y se le aproximaron muchos campesinos para preguntarle de dónde era y la idea excelente a llevar a cabo. Discretamente un ayudante le susurró que el candidato le esperaba en conocido restaurante para comer con un grupo selecto. Su llegada al sitio fue saludada de diversas maneras: –¡El único que levantó a la paisanada fue aquí mi cuate. Felicidades! –¡Agarraron al vuelo la idea los ejidatarios. Ya hubo varios que le dijeron al candidato que es su mejor bandera para el campo, en estos momentos tan difíciles! –¡Creo que ya hay candidato para diputación local. Al menos los campesinos votarían por el paisano dentro de año y medio! No obstante, había un círculo en franca actitud contraria; los funcionarios que entre ellos externaban su reprobación. Esta tomó forma agresiva cuando en un momento quedó a la izquierda del gerente regional del banco: –¡Creo que en estas campañas se puede decir todo tipo de cosas y llegar a proponer hasta pendejadas. Hay quienes creen que el crédito no tiene dueño, que no cuesta y que hay que regalarlo como si fuera confeti…! No soportó la referencia directa. Se engalló ante el rejón que le colocaba el señor gerente: –¡En primer lugar yo nunca propuse que se regalara el crédito. Creo que hay que ser sordo de propósito para cambiar las cosas. En segundo lugar, hay quienes porque son empleados que manejan el crédito, los recursos del país, se creen dueños del crédito y de los ejidos. Esos son los que estorban el progreso de los ejidatarios…! Fue una bomba. Advirtió que el rubicundo funcionario se ponía lívido y que las quijadas mostraban la furia que le dominaba. Estaba por estallar… –¡Vente paisanito! –escuchó una voz, a la vez que le abrazaban por atrás y lo llevaban al otro extremo del local. Era el candidato que, atento, ponderó la agresividad prevaleciente contra el ponente. La comida transcurrió entre bromas y salpicada de la simpática actitud que reflejaba el agrado del candidato. Meses después, en su cubículo universitario leyó una noticia que despertó su interés: el señor gerente había dejado de serlo. Fue aprehendido y encarcelado bajo la acusación de corrupción y fraude cometido contra ejidatarios laguneros. Se ampliaba la investigación a otras regiones en donde había ostentado el mismo cargo
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