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María Cristina Rosas
Naief Yehya
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Ciao, Mercosur Ciro Murayama
Las disputas comerciales entre Brasil y Argentina, las dos grandes economías concurrentes en el Mercosur –del que forman parte también Paraguay y Uruguay–, representan una seria crisis para este proceso de integración. Una condición básica para que cuaje la integración económica es que sea parte de una política de Estado en cada uno de los países involucrados. En el caso de los dos principales socios del Mercosur, tal condición parece no cumplirse. Por otra parte, al analizar los procesos de integración regionales, que implican tomar decisiones en ámbitos supranacionales y con frecuencia atender a prioridades que pueden no beneficiar en determinado momento a alguna de las partes involucradas, hay quien señala que este tipo de esfuerzos sólo puede fructificar si surgen iniciativas permanentes que permitan sostener y proyectar a futuro la integración, de la misma forma que hace un ciclista para mantener la vertical en una escalada: pedalear y pedalear, a riesgo de sufrir una caída. Así ha sido en Europa, en épocas de crisis sobre todo. En la historia no lejana, del batacazo del Sistema Monetario Europeo en 1991, que puso en jaque el largo proceso de construcción común en el viejo continente, se cristalizó la iniciativa para crear una moneda única y en torno a ese propósito se orientaron las políticas durante los 90. En el caso del Mercosur, con el propósito de trasladar la experiencia europea, pero quizá sin hilar lo suficientemente fino sobre las amplias diferencias que dan ambos casos, en el segundo semestre de 1998 se manejó la idea de crear una moneda única, lo cual hoy suena menos que imposible y no existe la voluntad de pedaleo que se requiere para avanzar por otras rutas más factibles. A partir de que Argentina decidió dolarizar su economía, sentó las bases para que la competitividad precio de sus productos respecto de Brasil pudiera divergir ampliamente. Desde el punto de vista argentino, la prioridad fue la estabilización, lo cual puede ser acertado, pero no lo hizo pensando en el futuro del Mercosur ni en los costos que tendría para ese proceso integrador y para sus propios productores nacionales de bienes de exportación. La obcecación del gobierno de Cardoso de mantener a flote el valor del real desde el año pasado y hasta las elecciones, no hacía sino anunciar una devaluación traumática que la disminución de las reservas internacionales prefiguraba cada día y, como sucede siempre en economía, el modelo duró hasta que duró: la inevitable devaluación del real perjudicó seriamente los términos de intercambio comercial de una economía argentina ligada al dólar y ahora se trata de controlar la inflación brasileña a golpe de tipos de interés muy altos, lo cual viene a mermar también a la actividad productiva y la demanda de bienes domésticos y de importación. Las exigencias macroeconómicas respectivas que encaran estas dos economías les han llevado a la toma de decisiones puntuales poco complementarias y favorables entre sí, que se suman a la diferente concepción de economía política que con todo –en un mundo de opciones restringidas– han venido aplicando, por ejemplo, de forma clara en política industrial. Brasil y Argentina parecen tener prioridades incompatibles. Ello hace que su proceso de integración descanse más en una apuesta basada en un voluntarismo coyuntural –que se fortaleció al inicio de la presente década, cuando fueron relanzados los procesos de integración supranacional como mecanismos de acercamiento e inserción a la globalización o mundialización de la economía, que a la vez generaban garantías de aperturas menos traumáticas a los flujos de mercancías y capitales provenientes de todo el orbe– que en una estrategia común que afiance las bases del desarrollo conosureño. Y esa debilidad puede ser la causa de su fracaso
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