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Recuperando el diario

Marina Robles

Entre algunas familias, no hace mucho tiempo, era costumbre escribir las experiencias vividas día tras día.

En cierta ocasión, a través de don Lorenzo León, un periodista vallartense, conocí una familia que llevaba una especie de diario familiar, la bitácora de una cabaña de playa. En ella uno podía encontrar las anécdotas, reflexiones, encuentros y sustos cotidianos de los pasados visitantes del lugar; todos ellos familiares o amigos, que dejaban su huella en el sitio a través de lo plasmado en un enorme libro, semejante a los antiguos cuadernos de contabilidad. La razón que movía esta idea, no necesariamente era terapéutica, al menos no lo que describiré adelante pero, sin duda, tenía un efecto semejante.

Aunque la costumbre de escribir para uno mismo o para otros, contando penas y gozos, viene rondando la vida humana desde hace mucho tiempo, y aunque sea más o menos reconocido su poder para aliviar pesares, su fortaleza y uso han sido poco estudiados.

En esta línea de trabajo se encuentran las investigaciones del doctor James Pennebaker, psicólogo de la Universidad de Texas, en Austin, quien desde los años 80 realiza estudios para encontrar evidencias concretas del poder terapéutico de la acción de escribir.

Según Pennebaker, la gente que escribe sus experiencias traumáticas tiene notorias mejorías y requiere de menor ayuda médica.

Uno de los experimentos que han realizado entre pacientes y estudiantes es solicitar a algunos de ellos que escriban durante 15 o 20 minutos, cuatro días consecutivos, sobre sus experiencias perturbadoras y a otros sobre cuestiones triviales. Los primeros llegan a disminuir hasta en 50% su frecuencia de visitas a terapia. Esto les lleva a concluir que el asunto no es sólo escribir, sino bucear en la parte emocional profunda y luego colocarlo en blanco y negro.

Entre sus estudios más recientes, publicados en la revista de la Asociación Médica Americana, se presentan evidencias para mostrar que los ejercicios de escritura pueden ayudar a aliviar síntomas de asma y artritis reumática; es decir, que la influencia de la terapia va más allá de la salud mental.

Entre los hechos fisiológicos que explican éstos se halla el hecho de que escribir incrementa los niveles de linfocitos que circulan en la sangre (encargados de dar la lucha contra las enfermedades) y también promueve una ligera disminución de la presión arterial. Con este método se incrementa en los pacientes asmáticos su funcionamiento pulmonar en 19%.

Según Pennebaker, el motor de estos cambios es más que una simple catarsis, pues lo que hace es forzar la transformación de ideas vagas, reordenar la reflexión y conducirla hacia la elaboración de una historia más coherente, diluyendo así su impacto emocional.

Al parecer, los ejercicios de escritura como método terapéutico han tomado diversos estilos, algunos como ejercicios estructurados conducidos de manera regular por el terapeuta y, otros, de forma más libre y confidencial como terapia epistolar: cartas que se envían a amigos o familiares cercanos, o incluso a nadie; pero en todos los casos se presentan mejorías.

En la familia León, donde el motivo de la escritura era un asunto de convivencia y un intento de conservar la historia, había una mezcla de estilos de las terapias que ahora analiza Pennebaker; no sé si continúa, si la selva que rodeaba aquella cabaña terminó comiéndose el libro y la costumbre o si todos curaron sus males y olvidaron la razón y ahora están en otros puertos


Marina Robles es maestra en Ecología Marina por el CICESE y Fellows del Programa LEAD-México. Actualmente estudia el doctorado en Ciencias en la UNAM.

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