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Sociedad informal
Allí están, desde hace años

¡Ah señor cura, señor cura! ¿Pensaba vuestra merced que
no le conozco, y pensará que yo no calo y adivino adónde
se encaminan estos nuevos encantamientos?

Renward García Medrano

Lo que no debiéramos ignorar o subestimar, es que los grupos que están apoderados de las instalaciones universitarias existen y son parte de nuestra sociedad y, en particular, de la sociedad capitalina. Que a la vez existen organizaciones similares como el Frente Popular Francisco Villa, la Asamblea de Barrios y decenas, quizá centenares de grupos equiparables que operan en el Distrito Federal. En su origen son una mezcla de subempleados con lumpen, utilizada por pequeños grupos políticos de la llamada ultraizquierda; que están fuera y en contra de la política, es decir, de la discusión y el diálogo, pero utilizan la política como pretexto: se dicen democráticos, acusan de represor al gobierno y a la autoridad universitaria.

No debiéramos ignorar que existen y son parte de la sociedad, repito, porque esos grupos no nacieron por generación espontánea ni por la malevolencia o habilidad de un político o grupo de políticos. Surgieron de un estrato social que vive con nosotros en la misma ciudad, en el mismo país, y que a diario vemos en las esquinas de las grandes avenidas limpiando vidrios o vendiendo baratijas. Son una sociedad paralela, una sociedad informal, con una cultura y una escala de valores ajenos a los que prevalecen en lo que llamaré sociedad formal.

Estos grupos constituyen un importante campo de investigación para los sociólogos. Valdría la pena que estudiaran la biografía de algunos de los líderes más duros del paro universitario y de sus más leales y eficaces partidarios. Supongo que el resultado sería que provienen de los márgenes de miseria y abandono; que no respetan autoridad o ley alguna porque vivieron –sobrevivieron– en medio de una lucha feroz por la vida, en donde no hubo más ley que la del más fuerte.

No son estos grupos, por supuesto, los únicos que han irrumpido en la vida cotidiana a través de la violencia y el odio a la autoridad. Han salido a flote en el conflicto universitario, pero allí estaban desde hace mucho tiempo, en las turbas furiosas que se reúnen al pie del Angel de la Independencia y al poco tiempo atacan a transeúntes, pintarrajean esculturas y edificios, queman automóviles, se apoderan de camiones cada vez que la selección mexicana de futbol se acerca a los primeros lugares.

Allí están. Allí estaban desde hace muchos años y me parece que aún no los hemos visto o no los conocemos. Son los marginados a los que pidió perdón el presidente López Portillo. Son descendientes de quienes nunca tuvieron un espacio en el carro de la revolución. Son los que sobran, los que nacieron y sobrevivieron de más: la expresión viva y dramática de la explosión demográfica. Son el "costo social" de la sucesión de crisis y ajustes que hemos sufrido en el último cuarto de siglo. Son los heraldos de la cultura de la marginalidad y los peones de las bandas de narcotraficantes, asaltantes, secuestradores, ladrones de autos.

Para este pedazo de nuestra sociedad no rigen los valores que más o menos compartimos los demás. Desde el hacinamiento, la promiscuidad, la violencia intrafamiliar y el hambre, los jóvenes lumpen no tienen el menor remordimiento por la violación de mujeres o niños. ¿Cómo esperar entonces que recapaciten, dialoguen o renuncien a un paro en la UNAM que les ha dado notoriedad y una calidad ontológica que nunca tuvieron?

Más vale que los vayamos conociendo, porque allí están y no se van a ir, sino que van a emerger cada día en mayor número y van a poner en riesgo a la otra sociedad, a la que poco antes califiqué de formal. Más vale que los conozcamos y decidamos cómo relacionarnos con ellos y, sobre todo, cómo incorporarlos a la sociedad formal, lo que necesariamente llevará mucho tiempo, pero algún día hay que empezar, y mientras más pronto, mejor.

Otro problema es qué hacemos con la universidad o lo que de ella queda. Creo que las autoridades del país y la capital deben liberar sus instalaciones y garantizar la seguridad a directivos, maestros, alumnos y trabajadores, no para volver a la situación anterior, sino para aprovechar la terrible crisis por la que atraviesa, como punto de partida de una reforma estructural. Es el momento de diseñar y empezar a construir la universidad del siglo XXI como un elevado centro de estudios que responda a las necesidades académicas y culturales de los jóvenes y aporte al país los cuadros profesionales de excelencia que necesita en la era de la globalización y la competencia a ultranza


Renward García Medrano es periodista.

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