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Breve genealogía del neoliberalismo Ricardo Becerra
Hubo un momento en la historia económica de México en el cual el Estado entró en completa bancarrota: no pudo pagar sus deudas y tuvo que restringir drásticamente su gasto. Era el año de 1982: el Estado había llegado a su máxima expansión, regulaba en exceso y protegía a la industria nacional ya no con razón sino por favoritismos. Indisciplina fiscal (gastar más de lo que recaudaba) y déficit públicos rubricaron el fin de un modelo económico. Desde entonces en México, en el seno del gobierno, del PRI, como en todo el mundo, se desató una discusión que dura hasta nuestros días: aquel viejo modelo era inviable, estaba en quiebra y había que inventar otro sobre la marcha. A grandes rasgos, el modelo sustituto coincidió con las recetas de la teoría económica dominante entonces. Eran recetas viejas que se fraguaron muy tempranamente en una memorable reunión, en Mont Pélerin, Suiza. Convocada por el célebre Frederic Hayek, la reunión fue colmada nada menos que por Karl Popper, Milton Friedman, Ludwig Von Mises, Michael Polanyi, entre otros monstruos liberales. Era una verdadera masonería: su resultado fue un ataque apasionado contra cualquier limitación al mercado por parte del Estado. Decía Hayek: "La socialdemocracia inglesa y el keynesianismo conducen al mismo desastre que el nazismo alemán: una servidumbre moderna". Tuvieron que pasar 30 años para que sus profecías fueran escuchadas y para que cobraran forma, ya no tanto en la filosofía como en la teoría económica. En los 70 el principal enemigo intelectual del Estado keynesiano, de los Estados socialistas y del Estado proteccionista latinoamericano ya no provenía de la izquierda sino de un grupo de economistas combativos herederos de Mont Pélerin: Harry Johnson (el padre de la escuela de Chicago), Bela Balassa, Bauer, Krueger, Lal, Little, T. Schultz y G. Becker. A finales de los años 70 las evidencias se acumulaban de su lado: una inflación galopante en todo el mundo, déficit públicos multiplicándose, los flujos de capital ya no fueron del centro desarrollado a la periferia sino al revés, y la deuda externa se hizo impagable. No sólo las evidencias se ponían del lado de los neoliberales: sus tesis ya no fueron defendidas con base en preceptos teóricos sino en estudios empíricos que demostraban con datos, series históricas y modelos econométricos la ineficacia del intervencionismo estatal. Poco a poco sus tesis fueron ganando terreno en la academia y en los organismos internacionales: detectaban mejor que nadie las fallas en las intervenciones y las políticas gubernamentales, y sus tesis se convirtieron en un arma poderosa del Banco Mundial y del FMI (entre otras cosas para mostrar el desperdicio que los gobiernos del Tercer Mundo hacían de sus préstamos). Al final de los años 70 el pensamiento económico había dado un viraje radical: y Margaret Thatcher fue elegida gobernante de Inglaterra, la primera del planeta que había sido electa propagando explícitamente un programa neoliberal: reducción del gasto, restricción monetaria, privatizaciones, etcétera. Y como en efecto dominó, luego vino Reagan en Estados Unidos (1980), Kohl en Alemania (1982), Schulter en Dinamarca (1983) y un largo etcétera. El neoliberalismo se hacía de las principales plazas de la política y la economía mundial, y acabaron contagiando y determinando a innumerables naciones del Tercer Mundo. Es un historia que lleva 20 años: ya no nos enfrentamos a hipótesis o supuestos teóricos, sino ante realidades y consecuencias prácticas que están a la vista. En muchos aspectos clave, ya vivimos en un mundo neoliberal, ¿es mejor que el mundo económico que sustituyó? Volveremos sobre ello en la próxima entrega
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