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el navegante
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Espías Naief Yehya
No es sorpresa para nadie que todos nuestros pasos en el espacio virtual pueden ser fácilmente rastreados por nuestro proveedor de servicios de Internet o por diversas agencias policiacas, tanto en la www, como en Usenet o en casi cualquier otra área de Internet; asimismo pueden espiar nuestro correo electrónico y conocer toda transacción que llevemos a cabo en línea. Por otra parte, la proliferación y abaratamiento de las cámaras de video digitales ha dado lugar a la fiebre de los webcam, un singular fenómeno de vigilancia en donde los objetos observados son en general menos interesantes que el acto de observarlos. Los webcam pueden mostrar una cafetera mugrosa en una oficina; pueden registrar la vida cotidiana de un grupo de estudiantes universitarios (como aquel sitio que cobra 20 dólares al mes por el privilegio de espiar a un grupo de muchachas exhibicionistas); pueden apuntar a un torniquete del Metro de Nueva York o a la ventana de un vecino indeseable. Para añadir un poderoso elemento a nuestra paranoia basta considerar que numerosas compañías pronto tendrán cientos de cámaras en satélites desde donde podrán tomar fotografías de casi cualquier ciudad, propiedad y construcción sobre la superficie terrestre para venderlas a cualquier interesado. Los satélites espías que aparecieron en 1960 servían únicamente a las organizaciones de inteligencia de ciertos gobiernos, pero recientemente han abierto su mercado para atender al público en general. Esto se debe a la aprobación de una directiva firmada por Bill Clinton en 1994. En principio esto puede ser muy positivo, pues aparte del ejército y la policía, organizaciones ecologistas, de planeación urbana, de administración de recursos naturales, de exploración, de bienes raíces y cualquiera que requiera que algo sea "medido, mapeado o monitoreado desde el espacio" (como anuncia spaceimaging.com, cuyo lanzamiento en abril del Ikonos I fue un fracaso pero Ikonos II despegará en diciembre), podrá tener un acceso sin precedente a datos y a conocimiento del terreno por lo que en teoría podrán tomar mejores decisiones. Space Imaging, así como Orbital Sciences (orbimage.com, lanzarán su Orb View 3 este año y también ha adquirido los derechos del RadarSat II canadiense, capaz de fotografiar a través de nubes y en pésimo clima debido a su uso de sensores de radar), digital-globe.com (parte de la corporación EarthWatch que lanzará el Quickbird el año entrante) y otras empresas privadas (en total 12 han obtenido licencias para vigilar desde las alturas) están en proceso de poner en órbita nuevos satélites de alta resolución y prometen que antes de que termine el año estarán vendiendo fotos detalladas de la Tierra. La resolución de estas imágenes es semejante a la de las cámaras espías militares estándar, es decir, .82 metros (un pixel representa esa área). Por lo tanto, estos satélites comerciales no pueden reconocer a una persona y apenas pueden diferenciar entre un auto y una camioneta. Se rumora que los nuevos satélites militares supersecretos pueden leer hasta placas de coches (como en la entretenida película paranoica Enemigo del Estado), pero hasta ahora su resolución es un asunto clasificado. La propuesta es atractiva, un cibernauta puede visitar la página de alguno de estos servicios, elegir las coordenadas del lugar que desea fotografiar, en algunos casos podrá escoger la hora y el día en que quiere que se tomen las imágenes, y el costo inicial de una foto será de alrededor de 30 dólares por milla cuadrada. La triste realidad es que para los individuos y la mayoría de los gobiernos no existe protección contra estos espías espaciales y de no contar con un poderoso misil tierra-aire no hay manera de impedir que un satélite tome todas las fotos que quiera de un lugar en particular
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