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A contracorriente
Necesidad del debate

Rafael Cordera Campos

Para fines prácticos, el proceso electoral del año próximo ya está situado plenamente. Por supuesto que no se puede ignorar que lo principal, la definición de las candidaturas presidenciales, todavía está por verse. Sin embargo, no se puede ignorar que en los ámbitos de la opinión pública y de quienes están interesados en el desarrollo político nacional, el tema atrae cada vez más la atención.

No es de menor importancia que los partidos políticos lleguen a resolver quiénes van a ser sus candidatos para el cargo más importante que estará en juego. En un caso, hay cuatro aspirantes y, en otros, aunque es más o menos claro quiénes serían en el supuesto de que fueran a dicha competencia por la vía individual, ahora está en curso la posibilidad de una alianza entre varias fuerzas.

Próximamente, las organizaciones políticas dirán y harán sus definiciones correspondientes y, hasta entonces, podremos pensar y analizar el cuadro completo. Pero ello no obsta para adelantar que, independientemente de las candidaturas, los partidos políticos no pueden olvidar sus compromisos respecto de los programas con los cuales pretenden ganar el voto ciudadano. La oferta programática que aquéllos hagan pública no será simple y sencillamente para cubrir la obligación jurídica de registrarla ante la autoridad electoral.

Si a los partidos políticos se les olvida –o simplemente no son capaces de reconocer algunas características que distinguen a los ciudadanos de nuestro tiempo– entonces, y a menos que las cosas cambien radicalmente, también deberán estar preparados para ser despreciados por franjas sociales importantes y significativas a la hora de depositar y contar los votos.

Aunque en el contexto actual ya han aparecido voces y proposiciones de carácter programático, por ello no se puede decir que una parte importante de las precampañas y campañas se vaya a dedicar de manera especial al debate de ideas, programas y proposiciones. No solamente porque ese tipo de debates no forma parte de nuestra tradición cultural y política, sino también porque hasta ahora ha predominado en nuestras relaciones, particularmente aquellas que se establecen entre las organizaciones políticas, el discurso que subraya las acusaciones (muchas de ellas sin prueba), los reclamos, los señalamientos fáciles y las calificaciones, antes que las propuestas claras y realmente convocatorias para resolver problemas reales y definir políticas sustantivas.

Aun así, a "contracorriente", hay que seguir insistiendo en la importancia y lo trascendente que para nuestro país resulta la elaboración y el debate programáticos. En la medida que se avance en ese sentido, la política resultará cada vez más atractiva para la sociedad y, además, ayudará a diseñar las perspectivas del desarrollo futuro.

No es un tema secundario aquel que pretende atender e imaginar el futuro, mucho menos si además intenta incidir en la construcción de una cultura democrática que, si bien ya está en curso, en México requiere de mayores impulsos y consistencia. Si bien es cierto que los llamados modelos de desarrollo no se pueden inventar de la nada ni tampoco se pueden cambiar cada año o en la medida de las ocurrencias de algunos, ello no evita, ni puede hacerlo, la posición crítica.

En nuestro país hay suficientes problemas que pueden ser documentados y algunos, como el de la pobreza y sus consecuencias, no se deben ocultar, reducir o dejar de reconocer. Los miramos y los sentimos y sufrimos todos los días. El conformismo ante ellos no resuelve nada; más aún, no puede más que ser mayor estímulo para la desesperación social y, sobre todo, para quienes sólo han decidido cambiar modelos de desarrollo, entorpecer decididamente el avance democrático.

De esto último sobran ejemplos, particularmente desde 1994. "El tiempo, como se dice, no está para bollos" y más valdría que nuestros partidos políticos y sus dirigentes asumieran esta parte de nuestras necesidades. Si no se avanza en la propuesta programática, poco habrá en beneficio de la democracia


Rafael Cordera Campos es profesor en la Facultad de Economía de la UNAM.

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