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Mitología erótica mexicana Alburear es dar cauce a nuestro deseo infinito
Patricia Córdova Abundis
La función del mito en los grupos humanos es eminentemente cohesiva; podríamos decir que compartir mitos es tanto como compartir formas de actuar y de creer. Por medio del mito, los seres humanos damos una respuesta no racional a aquellos misterios o asuntos que no pueden explicarse. De ahí que podamos aceptar que, bajo los símbolos de que se vale el mito, encontramos emociones, pulsiones y pasiones sublimadas. La realidad pasional de los seres humanos, en la medida que no encuentra acomodo en las instituciones o en el llamado sentido común, aparece entonces respirable y soportable en y con los mitos. Lejos de lo que digan las apariencias, los mitos no son exclusivos de las comunidades primitivas o de la antigüedad. Por más que el hombre contemporáneo se jacte de tener un control casi pleno sobre la naturaleza de su entorno y sobre la naturaleza de sí mismo, el individuo sigue siendo un continente saturado de razones y sinrazones. En nuestro tiempo, a la sinrazón se le intenta "encorsetar" constantemente. En la era de la tecnología y el cientificismo, con no poco peligro, se afirma que los mitos son mentira y, por lo tanto, desterrables. Renuentes a permitir el flujo pasional, se pretende que éste se sujete a una educación estructurada y estructurante que se legitima en el gabinete psicológico, en el confesionario, o en la entrega enfermiza y exclusiva al trabajo. Ya Jorge Luis Borges (Obra poética, Argentina, 1977) advirtió que la triste mitología de nuestro tiempo reducía nuestros misterios y magia a la noción de consciente e inconsciente. Y Mircea Eliade (Mito y realidad, Colombia, 1994), por su parte, ha señalado que el mito esencial de la modernidad es la búsqueda irrefrenable del éxito económico. Con el mito, los individuos intentamos trascender, tocar el infinito que racionalmente no soportamos. La mitología erótica mexicana cumple, pues, con un doble sentido: dar cauce a un deseo infinito y ordenar mediante palabras y símbolos la constante pulsión erótica. La existencia del albur como figura retórica recurrente en el habla mexicana permite constatar la manifestación de símbolos y palabras que funcionan como engranes en una mitología erótica singular. Martín Alonso define la palabra albur, en su sentido figurado, como "contingencia o riesgo de que depende el resultado en una empresa" (Enciclopedia del idioma, México, 1988). Así, podemos decir que el mexicano, o la mexicana, alburea ante la posibilidad de que algo suceda. Con el albur, el sujeto manifiesta su deseo inagotado y disparado hacia diversos cuerpos. Como figura retórica, el albur se vale de la metáfora; múltiples planos evocados responden a un solo plano real: la sexualidad. Los planos evocados suelen ser diversos: se utilizan múltiples verbos con doble sentido para alburear: "pásamela", "métela", "tómala", etcétera. Y a partir de agregar otras palabras acompañando al verbo, el albur enfatiza su función ya no tan sugestiva: "Tómala cuando quieras", podría decirse albureando. Sin embargo, más allá de este juego de doble sentido en ciertos entornos del lenguaje cotidiano mexicano, existe un plano evocado que cobra especial relieve: el de la cocina. Y cuando decimos cocina, nos referimos principalmente a los alimentos que se conocen, pelan, maceran, cuecen y comen ahí, en la cocina. Las mujeres mexicanas sabemos muy bien que el albur en el que se enlazan cuerpo y cocina son utilizados cotidianamente. Tanto el mercado como la calle son los contextos públicos en donde –me atrevo a decir– no hay mujer que no haya sido albureada. Si Guadalupe Loaeza nos ha mostrado –no muy profundamente, por cierto– la dinámica entre estereotipos femeninos de distintos grupos –entre éstos, el de las Marías y el de las reinas de Polanco–, en la mitología erótica mexicana podemos encontrar otro tipo de presencia femenina en mercados y calles. En el mercado, por ejemplo, puede ser tan arriesgado como divertido –depende del recato y del sentido del humor– llegar a un puesto y preguntar: "Tiene chile poblano" o "a cómo el huevo". Mientras que muy en su albureo, los vendedores suelen lanzar albures al aire para exaltar las virtudes de las compradoras (aunque también puede tratarse de compradores): "¡Qué buenas guayabas traje ora!" o "¡tengo los mejores plátanos de la redonda!". Pero el albureo no es un ejercicio simbólico limitado a las clases socioculturalmente bajas. Las reuniones, fiestas, partidos deportivos, suelen ser espacios donde, sin importar capacidad económica o pertenencia sociocultural, se alburea. De hecho, Octavio Paz, en su multileído El laberinto de la soledad (México, 1959) hizo notar que, curiosamente, el albureo se da mucho entre hombres y el desdoblamiento del albur señala hacia deseos homosexuales. Por otra parte, la tradicional cocina mexicana, rica en diversidad y combinación de ingredientes, ha estado ligada a los secretos femeninos mejor guardados, a las pasiones escondidas y a la sublimación de un placer prohibido que se entrega al hombre. La mujer mexicana deleitaba al hombre con la comida porque no podía, o no debía deleitarlo con el cuerpo. De ahí que cargados de asociaciones secretas, manzanas, chiles, toronjas, piñas, aguacates, ciruelas, plátanos, naranjas, chocolate, hongos, chicharrones, cueritos, machitos, chalupitas, conchitas, mechudas, elotes, atole, etcétera, han podido aparecer como símbolos de un placer infinito –o prohibido– que es imposible y, por ello, se mitifica. Alburear es dar un cauce ordenado a nuestro deseo infinito, a la imposibilidad de vivir todas las formas del placer erótico. La sinrazón cobra acomodo entre intrascendentes juegos de palabras. Lo más que podemos recibir cuando albureamos es una bofetada o un sí, que convertiría el deseo infinito en deseo concreto y realizable, situación que ya no tendría que ver con la mitología erótica, sino antes bien con la dulce vida
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