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Carlos Castillo López
Anna Pi i Murugó
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Magdaleno, épico y costumbrista Luis Ramón Bustos
En 1949 Mauricio Magdaleno publicó dos novelas: Tierra grande y Cabello de elote; en ellas volcó su postrer impulso narrativo, marcado a fuego por años de oficio y de traducir la propia vida en páginas de sobria imaginación. La primera, según la crítica, es uno de sus dos mejores trabajos (el otro es El resplandor, 1937), aunque no se trata de una obra sino medianamente buena. Respecto a Cabello de elote, en general sólo se han expresado críticas severas oninguneos. Pero son conocidos los juicios sumarios de nuestras "autoridades" literarias, por lo que vale la pena acercarse otra vez a estas novelas con ánimo indagador y ganas de refocilarse –sin prejuicios– en sus páginas. Mauricio Magdaleno nació en Tabasco, Zacatecas, el 13 de mayo de 1906. Para su biografía creativa es de suma importancia recordar que su infancia y adolescencia transcurrieron en la ciudad de Aguascalientes, donde estudió la primaria y cursó estudios en el instituto que dirigía el doctor Pedro de Alba. En varios de sus cuentos y novelas, la memoria de aquellos años resuma imágenes cargadas de nostálgica ironía. Años después llegó a la ciudad de México (1920) e ingresó a la Escuela Nacional Preparatoria. Su espíritu trashumante le impulsó posteriormente a escapar de la Escuela Nacional de Jurisprudencia; así, abandona toda relación con el aprendizaje académico. De ahí en adelante se alimentó de una amplia gama de experiencias, viajes y relaciones personales que dieron pábulo a sus obras narrativas. Parte principalísima en este trasiego vivencial es su actividad como periodista y agente, pues trabajó para el periódico El Demócrata. Hacia mediados de los años 30 el fermento socializante que impulsó el cardenismo comenzaba a tomar forma y en esa atmósfera se dio de manera muy natural una nueva generación de escritores abocados al rescate de la temática social y revolucionaria. Tomando como base y como meta la obra de Mariano Azuela, esta segunda época del ciclo de la novela de la revolución pretendió dejar de lado el memorialismo facilón y el esquematismo que caracterizaron a la primera época (excepción hecha de Azuela). Sin duda, dentro de esa segunda generación Mauricio Magdaleno fue uno de los más aventajados alumnos, tanto por su refinamiento lingüístico y formal como por su inmersión cabal en la compleja realidad social e histórica que buscó expresar con su pluma. Precisamente el año de 1935 se estrenó como novelista con Campo Celis, historia que por falta de oficio y por superficialidad en el tratamiento temático resultó fallida. A partir de entonces, se fue forjando la que sería su principal virtud: una excepcional capacidad artística para sintetizar (en murales de vasta y ambiciosa reconstrucción histórica) la inmensidad del país y la cotidianidad de su gente. Tierra grande debe ser considerada como el mayor logro narrativo de Mauricio Magdaleno. Escrita a finales de los 40, revela lo que el oficio había ido añadiendo a su creatividad, lo que los años habían ido sedimentando en su perspectiva vivencial. La adecuación entre historia social e individual adquiere aquí hondura literaria, porque la voz de los protagonistas no es colectiva (como en El resplandor, donde la intención épica resulta ampulosa), sino auténticamente personal; por ejemplo, los terratenientes tlaxcaltecas son retratados en toda su verdad humana, son hombres de carne y hueso, con sus terribles verdades y sus risibles flaquezas. La fuerza expresiva y la calidad literaria de Tierra grande nacen, de esa singularidad: sus protagonistas reflejan una estatura humana propia de los personajes surgidos de los clásicos decimonónicos, sólo que matizados por la preocupación psicológica y estética que es propia del siglo XX. Son seres que reflejan miseria moral y grandeza de carácter, ricos en matices, siempre cambiantes y terriblemente fieles a sí mismos, a su linaje familiar. Aproximarse a Tierra grande implica gran esfuerzo para el lector, sólo que ese esfuerzo se ve retribuido ampliamente por la riqueza del texto, donde nuestro autor resume todas sus fuerzas creativas y las moldea en una estructura acabada, plena de expresividad y de intenciones estéticas. Asaz distinta resulta Cabello de elote, aunque no demasiado inferior en méritos. Técnicamente es una de las novelas más sencillas de Magdaleno, pues el tema así lo requería y quizá también porque ya buscaba dar otra dirección a sus intereses creativos (recordemos que a partir de 1942 se dedicó al cine, escribiendo muchos de los guiones que dirigieron Juan Bustillo Oro y "El Indio" Fernández). En esta novela, ambientada en la tierra caliente de Michoacán, la óptica se reduce a las circunstancias particulares de un pueblo pequeño y a un lapso de tiempo breve. Un provincianismo asfixiante es detonado, de pronto, por la actitud desafiante de Cabello de elote (una mestiza de italiano e india que decide romper abruptamente con los dictados de su protector y del pueblo entero). La vida de provincia emerge aquí con todo su costumbrismo y su grisor cotidiano; por lo mismo se presta para darle un toque de humor, y Magdaleno lo usa con buen tino, dando un brochazo diferente a su narrativa, mostrando lo mucho que gana una historia cuando se le tamiza con cierta dosis de ironía. La virtud cardinal de la historia no nace de su temática, en sí ya bastante explorada sino de la conformación del ritmo narrativo que nos va dejando penetrar soñolientamente en la claustrofóbica vida de los pueblos pequeños. No todos los días aparece en nuestra literatura una novela de la talla de Tierra grande. Con ella, el autor logró su momento más alto después de años de pergeñar teatro, ensayo, novela, cuento y argumentos cinematográficos. En sus páginas, arte y compromiso social son entreverados con sapiente equilibrio. Arte de las palabras, de la estructura, que nacido de la necesidad de contar hace compendio de la historia colectiva e individual de varias décadas de México. Todavía más: el sentido crítico que destilan esas páginas no tienen parangón entre los narradores del ciclo, pues su visión de ese movimiento social resulta descarnada y pesimista. Magdaleno fue un extraño caso de novelista a la vez épico y costumbrista. Lo suyo fue explorar, indagar la totalidad del bosque y la hoja más pequeña de un árbol. Fue un testigo crítico de su época, un creador que buscó reconciliarse con su desgarrado país
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