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Gironella: traductor de lo invisible Miriam Mabel Martínez
Alberto Gironella aprendió el mundo a través de la palabra y lo tradujo a imágenes. Antes que pintor fue poeta. Antes que creador de metáforas visuales fue lector. Su obra es la convergencia de la letra y el color. Sus cuadros son una especie de diario plástico lleno de notas al pie de lecturas y de vida, retículas de textos e ideas. Obtuvo de la pintura lo que se le escapó en el ejercicio de la literatura, nunca sabremos qué fue ese "algo" que no encontró en la escritura y que supo explotar en las artes visuales; pero todo esto son especulaciones. Antes de dedicarse por entero a la pintura, Gironella pretendía ser escritor. A principios de los años 50 se encontraba enfrascado en la redacción de una novela: Tiburcio Esquirla. Inmerso en el estudio de la filosofía y en la literatura de este siglo se formó plásticamente de manera autodidacta. Junto con otros pintores jóvenes de la década de los 50 deseaba romper con las tradiciones, rechazaba la idea del arte como propaganda política y la representación de temas indigenistas como única vía expresiva del arte mexicano. Fue entonces que abrió la Galería Prisse; junto con Vlady, Enrique Echeverría, Héctor Xavier y el pintor español Bartolí, discutían acerca de la gestación de una nueva época en las artes visuales mexicanas, teniendo como punto de partida el mundo interior, con la carga de subjetividad necesaria que pudiera contener las preocupaciones y las visiones propias sin necesidad de atender a dictámenes externos. Gironella fue amigo personal de Luis Buñuel y de varios de los surrealistas tardíos. Este encuentro influyó en su obra realista, que se inclinó hacia un neosurrealismo simbólico como el de los europeos Enrique Baj y Asger Jorn, y marcó en México un estilo personal: expresión aislada dentro del arte nacional. En 1960 obtuvo un premio en la Bienal de Jóvenes de París, donde conoció a Eduardo Jager, con quien integró el grupo Phases; aprendió formas de ensamblaje que tradujo en montajes, instalaciones y objetos que combinan la pintura con piezas escogidas ex profeso para dotar las composiciones de determinado sentido. Su veneración por el Siglo de Oro español y en especial por Velázquez (La reina Mariana) le inspiró la realización la serie de las reinas muertas; también realizó "transposiciones" de obras de Goya y de Picasso siempre con un afán revisionista. La muerte, el amor, el manejo del tiempo, eran los temas preferidos de Gironella. Las composiciones de línea y color cargadas de sensualidad subrayaban su eterna preocupación por lo erótico, siempre presente aunque se tratara de un cuadro sobre toros (la serie de Tauromaquias que realizó junto con Pierre Alechinsky) o con carga política (El enterramiento de Zapata y otros enterramientos) o de temas barrocos (El sueño del caballero). Realizó el diseño de escenografías de La ópera del orden, de Alejandro Jodorovsky e ilustró libros como Terra Nostra, de Carlos Fuentes; Tirano Banderas, de Valle-Inclán, y Bajo el volcán, de Malcom Lowry. Su obra es un constante homenaje a lo visible y a lo aprendido a través de lecturas. Dejó una exposición pendiente para el año 2000 dedicada a Nietzsche, también preparaba Potlatch, homenaje a Octavio Paz, que se expondrá en la Casa Lamm y en la Fundación Círculo de Lectores de Barcelona. Una de las virtudes de Alberto Gironella fue su capacidad de "ser contemporáneo de sus contemporáneos" sin sacrificar su identidad como persona y como artista; dejó que sus autores favoritos como Ramón Gómez de la Serna y Valle-Inclán aparecieran en su trabajo. Conoció a Breton y a Joyce y en 1994 dedicó una serie a la actriz y cantante Madonna. Alberto Gironella, nacido en 1929 en la ciudad de México, murió el 2 de agosto de 1999 y en una trampa del destino pareciera pagar fidelidad a lo que en su juventud escribió: "Quiero morir con todos los trastos con que mueren los grandes. Once frases frustradas llevo; espero que la última sea la mejor" (fragmento de la novela Tiburcio Esquirla)
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