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Exiliado en Siberia

Fedro Carlos Guillén

En los gloriosos tiempos de la guerra fría, cuando uno podía saber sin temor a equivocarse quiénes eran los buenos y quiénes los malos, los rusos generaron un método de tratamiento para la disidencia que consistía de manera elemental en convertirlos a ellos y a sus familias en una especie de parias sociales para luego mandarlos a una especie de carajo geográfico llamado Siberia que, como se sabe, no es precisamente el jardín del edén (los gringos eran más modernos; promovían golpes de Estado). Esta zona del planeta por la que no pasó la mano del creador se distingue por sus yacimientos de petróleo, porque en su tundra habitan unos tigres capaces de darnos un sustazo y por el hecho de mantener una temperatura constantemente helada desde hace miles de años. Esta última condición permitió que en fechas recientes se encontraran los restos de un organismo que murió en la zona no por sus ideas políticas, sino debido al muy poco razonable hecho de que vivía ahí... un mamut perfectamente conservado de 23 mil años de edad.

La tentación natural sería extraerlo de inmediato, sin embargo el hombre, de vez en vez, aprende de sus errores y sabe que esto implicaría su descomposición inmediata. Es por ello que se ha decidido cortar la capa de hielo que lo rodea, la cual pesa aproximadamente 33 toneladas, y llevar este hielote por medio de un helicóptero ruso a una cueva cercana en la que se acondiciona un laboratorio especial que mantendrá la temperatura a niveles muy bajos. Con ello –declara el explorador francés Bernard Buigues– se podrán preservar los tejidos blandos y el pelo e, inclusive, se podría recuperar el ADN (la molécula responsable de la transmisión de caracteres hereditarios) del gran cadáver siberiano.

El mamut pertenece a una de las seis especies conocidas a la fecha y el hecho de poder recuperar su material genético abre la posibilidad de llevar al terreno de los hechos lo que en Parque Jurásico (¿se acuerda de los dinosaurios?) parecía fantasía, ya que podría utilizarse una especie moderna –como una hembra de elefante asiático– para intentar el proceso de clonación y traer de nuevo a este mundo ligeramente diferente a un ejemplar de esos paquidermos.

Nadie sabe por qué se extinguieron los mamuts; se ha sugerido que la voracidad humana (retratada en los libros con una lámina en donde seis enanitos clavan lanzas en un elefante enorme con colmillos chuecos y lleno de pelo) los sacó de la jugada evolutiva. Sin embargo, no hay una prueba concluyente de ello y el hecho de que se puedan encontrar restos de alimentos en los órganos digestivos del mamut de Jarkov (que así se llama) podría arrojar pistas para saber si las plantas de las que se alimentaban desaparecieron y ello constituyó una presión irremediable que no pudieron superar.

La excavación de seis semanas está prevista para septiembre y será patrocinada por (but of course) el Discovery Channel, que la presentará al público en marzo del año entrante. ¿Quién pensaría que este ejemplar de 47 años, muerto cuando el mundo no era mundo, sería rescatado en el momento en que la mitad de los habitantes del planeta viven en un núcleo urbano, cuando estamos festejando 30 años de la llegada a la Luna y en el instante postmoderno en que los antiguos habitantes de Siberia viven en Palm Springs, tienen horno de microondas y recuerdan, sin ninguna nostalgia, una zona en donde él reposó durante más de 20 mil años? Yo no


Fedro Carlos Guillén es biólogo, con doctorado en Ciencias por la UNAM.

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