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Niños con voz

Ernesto Soto Páez

Están por toda la ciudad, como si los hubieran regado uniformemente. Son producto de amores inconscientes, de violaciones, de la extrema miseria y, de acuerdo a como se les ve, son excrecencias de la sociedad que, por un lado, los produce y, por otro, los desprecia y quiere ignorar. Son los niños de la calle, vergüenza social.

Se les encuentra en los cruceros, en las principales avenidas, en las centrales camioneras, en el Metro y hasta en las coladeras, pero ellos prefieren la calle al hogar; les gusta compartir sus penas, hambre y sueños con otros niños y no con sus padres, porque huyeron de sus casas por el desprecio, la violencia y el desamor de sus progenitores. Y aunque es bien conocida la historia de sus dramas, los automovilistas los corren con ira y desprecio, y en otros sitios públicos la gente los elude con asco.

Y, para colmo, las autoridades, las instituciones de asistencia social y las clases acomodadas, ni los protegen ni se han abocado a solucionar su problemática. Según "datos oficiales", los niños de la calle van de los 14 mil a los 16 mil; pero en realidad son más de 30 mil, asegura Manuel Capellín, director de Casa Alianza, A. C.

Estas inquietantes cifras, así como los testimonios de los niños de la calle, están contenidos en el libro Vidas callejeras: vidas sin rumbo, de Antolina Ortiz, bajo el sello editorial de Promexa.

"Salí porque tuve un ‘problema’ con mi papá de chamaquita y mamá se fue de la casa; no ha regresado. Mis hermanos... yo me peleaba con mis hermanos... es por eso que estoy aquí y quiero regresar allí... con mi familia, pero tengo mucho miedo... que me den una paliza allá, que mi abuelita, su mamá de mi mamá, no me quiere allá, por eso, desde los siete años me salí de mi casa. Tengo tres años aquí en la calle... y este, la verdad, quiero regresar con mi familia y que regrese mi mamá conmigo..." (Karina J., 15 años, 1994).

La autora expone el drama de estos niños que "se olvidan de ellos mismos, pero que se han olvidado previamente de un mundo, el de sus padres, el mundo de los adultos".

Asevera Antolina Ortiz: "El niño de la calle siempre sobra en su casa, jamás hace falta. Por eso son golpeados, explotados y hasta violados". Es decir, este texto proviene de una ardua investigación entre niños de la calle, quienes le revelaron sus penas, sus sueños infantiles; el mundo de la droga, de la violencia y todo lo relativo a su presencia en la calle.

La autora señala que cada mes muere un niño de la calle en la ciudad de México y en el texto relata el drama personal de ellos, su infierno y sus decepciones. Después de la lectura, queda una gran desesperanza flotando en el ambiente, porque falta mucho para sensibilizar a una sociedad que los desprecia, pero que a la vez los crea con sus actitudes neuróticas.

"Con la familia no hallamos la confianza que hallamos aquí en la calle. O sea que aquí hallamos la confianza que con nuestros padres, o sea nuestros hermanos y nuestros familiares, no nos lo dan y con nuestros amigos sí... y aunque no te la den, pero por lo menos te desahogas con ellos..." (Marina R., 14 años, 1994)


Antolina Ortiz, Vidas callejeras: pasos sin rumbo, México, Promexa, 1999, 157 pp.

Ernesto Soto Páez es periodista.

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