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OMC, al borde del abismo
María Cristina Rosas

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La cuestión kurda

Ma. de Lourdes Sierra K.

La sentencia de muerte dictada por el Tribunal de Seguridad del Estado turco contra el líder del Partido de los Trabajadores del Kurdistán (PKK), Abdalá Ocalan, luego de su captura y reclusión en una cárcel de máxima seguridad en una isla del mar de Mármara, pone nuevamente en el centro de la atención internacional uno de los problemas más añejos y aún no resueltos en el Medio Oriente, el de la minoría kurda, un grupo étnico de aproximadamente 30 millones de personas que, a lo largo de su historia, han tratado de buscar su autonomía o bien, crear su propio Estado, no obstante las políticas de asimilación emprendidas por los diferentes gobiernos de la región para debilitar su identidad nacional.

A diferencia de los árabes y de los turcos que habitan en la región del Medio Oriente, los kurdos son un grupo de origen indoeuropeo que penetró en esta región hace cerca de cuatro mil años, cuya lengua –el kurdo– y sus tres dialectos principales y subdialectos, tienen gran similitud con el persa y otras lenguas indoeuropeas, siendo mayoritariamente musulmanes sunitas, aunque en Irán, la mayoría de los kurdos se adhiere a la rama chiíta del Islam.

La mayoría de los kurdos vive en la región del Kurdistán –la tierra de los kurdos–, territorio que ocupa una vasta zona montañosa de cerca de 530 mil kilómetros cuadrados, que se extiende actualmente a lo largo de cuatro países del Medio Oriente: Turquía, Irán, Iraq y Siria, con enclaves importantes en Armenia y Azerbaiján, distribuidos de la siguiente manera: cinco millones en Iraq, siete millones en Irán y 15 millones en Turquía, además de los kurdos de Siria, que suman un millón, y los de la antigua Unión Soviética (350 mil). Esta es una zona rica en recursos naturales y quizá una de las regiones mejor dotadas del Medio Oriente, pues cuenta con importantes recursos minerales y agrícolas pero principalmente petroleros.

Siendo esencialmente un pueblo de nómadas y pastores, los kurdos mantuvieron cierta independencia a lo largo de su historia, bajo el liderazgo de sus propios jefes tribales, no obstante su incorporación a los diferentes imperios que surgieron en la región. Sin embargo, esto cambió a partir del siglo XIX, con la decadencia de los imperios otomano y persa, y la creciente injerencia de las potencias europeas en los asuntos del Medio Oriente, lo cual llevó a un reforzamiento del poder central sobre sus distintas provincias, estimulando el deseo de los kurdos, junto con otras minorías nacionales, a obtener su independencia y crear un Estado propio. La acción concertada de los otomanos y los persas echó por tierra el deseo de los kurdos a una independencia plena.

Con el inicio del siglo XX nace una intelligentsia kurda que comienza a organizarse creando un movimiento nacional kurdo sobre bases modernas, aunque con escasa influencia entre sus correligionarios. Sin embargo, dos acontecimientos importantes harían avanzar la causa nacionalista kurda, aunque con resultados fallidos. El primero de ellos fue el Tratado de Sevres de 1920, impuesto al imperio otomano tras su derrota en la Primera Guerra Mundial, el cual preveía la creación de un Estado kurdo independiente en el norte de Kurdistán (Turquía) y, segundo, el establecimiento, al término de la Segunda Guerra Mundial, de una república kurda respaldada por la URSS, en la ciudad de Mahabad, al norte de Irán.

El Tratado de Sevres, sin embargo, sería letra muerta, pues a raíz de la lucha emprendida por Kemal Ataturk al término de la guerra, aquél fue sustituido por el Tratado de Lausana de 1923, en donde ni siquiera se menciona el problema kurdo.

Por otra parte, las grandes potencias, interesadas en la repartición y aprovechamiento de los recursos, sobre todo petroleros, de la región, optaron por la división del territorio kurdo, lo cual obligó a éstos no solamente a luchar por sus derechos nacionales sino por su reunificación. Respecto a la República de Mahabad, esta experiencia no duraría más de un año, debido en gran parte a lo limitado de la ayuda material soviética y a las contradicciones existentes en el seno del liderazgo kurdo, lo que permitió la intervención del ejército persa y el enjuiciamiento de sus principales líderes.

El fracaso de los kurdos para establecer un Estado independiente los dejó en una posición negociadora débil frente a los nuevos Estados que surgieron en la región, obligándolos a iniciar una serie de revueltas, todas ellas fallidas, debido a la acción concertada de los nuevos Estados, la intervención de las grandes potencias y las divisiones dentro de la comunidad kurda. Así, por ejemplo, en Turquía, bajo el régimen militar y ultranacionalista de Kemal Ataturk, los kurdos se enfrentaron a una política de asimilación que se expresó en la prohibición del uso de su lengua y la negación de sus derechos nacionales sufriendo, además, una política de deportaciones y masacres. Su revuelta –reprimida a sangre y fuego por la nueva república turca– culmina con el levantamiento de Dersim de 1938. Tras su derrota, los diferentes regímenes turcos emprendieron una serie de políticas tendientes a asimilar a la población kurda a través de la prohibición de toda expresión política, lingüística y cultural. Esto llevó en 1977 a la creación de una organización de orientación marxista: el Partido de los Trabajadores del Kurdistán (PKK) que, ante las severas medidas emprendidas por el gobierno turco, inició la lucha armada en 1984.

Otros ejemplos son Iraq e Irán, donde el irredentismo kurdo será sometido por la fuerza, primero por las monarquías iraquí e iraní y, más adelante, por los regímenes revolucionarios que derrocaron a ambas monarquías, no obstante que Iraq, por más paradójico que resulte, sea el único país que hasta ahora ha garantizado a los kurdos una serie de concesiones, como son sus derechos culturales y su autonomía. Los kurdos de Irán, por su parte, no obtuvieron derechos políticos y han sido víctimas de una severa represión.

Como consecuencia del levantamiento de los kurdos de Iraq, luego de la guerra del Golfo, Saddam Hussein ordenó el bombardeo masivo de la población civil, lo que obligó a las potencias aliadas a establecer una zona de exclusión aérea en el norte del país para proteger a la población kurda, la cual huyó aterrorizada hacia Irán y Turquía. Ello provocó un vacío de poder que sería aprovechado por el PKK para reforzar sus bases guerrilleras en el norte iraquí y aumentar su presión sobre Turquía. Esta acción representa un obstáculo para el acuerdo de paz concluido en septiembre de 1998 entre las dos principales organizaciones kurdas de Iraq1 y llevado a cabo bajo la égida de Estados Unidos. Debido a ello, Turquía sigue practicando una política represiva, denunciada por múltiples organizaciones internacionales defensoras de los derechos humanos. A pesar de ello, Turquía ha defendido su posición en términos de la defensa de la integridad territorial de su Estado, y ha reivindicado el apoyo de sus aliados de la OTAN haciendo valer su importante situación estratégica, sirviéndose para ello del material proporcionado por esta organización en su lucha por reprimir las actividades de la guerrilla kurda.2

Hasta ahora, el costo de la guerra es muy alto, y Turquía ha sido incapaz de doblegar el irredentismo kurdo, a pesar de los métodos adoptados y de la guerra sucia emprendida por las fuerzas del orden en el sureste del país y en el norte de Iraq. El PKK tampoco ha podido traducir sus éxitos militares sobre el plano social y político, a pesar del abandono de sus métodos violentos y su ofensiva diplomática tendiente a acentuar el aislamiento de Turquía.

Con la captura de Abdalá Ocalan y su posible ajusticiamiento, Ankara busca poner fin a un conflicto que ha cobrado más de 30 mil vidas, y absorbido una parte importante del presupuesto del país, lo cual complica sus relaciones -con la Unión Europea. Sin embargo, contrariamente a la política seguida por la OTAN en la antigua Yugoslavia, los kurdos siguen estando hasta ahora, no obstante su importancia numérica, sin un estatuto aceptable similar al que la OTAN trata de imponer a Serbia para los albaneses de Kosovo.

A pesar de ello, Turquía se encuentra atrapada entre la presión internacional en favor de una mayor apertura que facilitaría tal vez su camino al anhelado ingreso a la Unión Europea y su temor a la presencia masiva de una población desesperada que cuenta con numerosos simpatizantes

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Notas

1 El Partido Democrático del Kurdistán, dirigido por Massoud Barzani, el cual controla gran parte del norte de Iraq, y la Unión Patriótica del Kurdistán, presidido por Jalal Talabani, quien controla una pequeña parte al sur del norte de Iraq y apoyado por Irán.
2 Para Estados Unidos, que buscan una nueva estrategia contra el régimen iraquí, la cooperación de Turquía es esencial, ya que ella le permite seguir utilizando la base de Incerlik.


Ma. de Lourdes Sierra Kobeh, profesora en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM, es doctora en Relaciones Internacionales.

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