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memoria
1 PRD Raúl Trejo Delarbre
Más allá del Fobaproa Eduardo Torreblanca
Irma Serrano Jaimeduardo García
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Perredismo, sectarismo Pablo Hiriart
Cuauhtémoc Cárdenas se quedó con todas las canicas. Ese es el resultado concreto de las elecciones internas en el PRD. Esta vez no hubo un fraude de la magnitud y ribetes del ocurrido en marzo último, cuando absolutamente todos los contendientes acusaron a sus adversarios de realizar prácticas ilegales para volcar los resultados en su favor. La alternativa que encontró el PRD para evitar que la confrontación interna derivara en una dirigencia y en un partido sin legitimidad, no es nueva. Al contrario, aplicaron la más antigua y sabia receta de Plutarco Elías Calles que permitió al PRI gobernar sin sobresaltos durante 60 años. Todos los grupos antagónicos con poder real y ascendencia significativa en las bases del partido fueron aglutinados en una gran coalición denominada "planilla de unidad", que repartió posiciones para todos. Los aspirantes que se lanzaron en planillas sin posibilidades reales de ganar quedaron aislados y girando en torno al astro mayor del sistema solar perredista. Así funcionó el PRI, y así salvó el PRD su integridad al evitar que las poderosas corrientes en su interior se desgajaran en nueva lucha que los hubiera llevado a su liquidación como alternativa de gobierno en el país. La elección de Amalia García como nueva presidenta del PRD fue muy parecida a una elección de "candidato de unidad", como se estila en el priismo. En ella iban todos los contendientes de peso de la elección de marzo, con la excepción de Jesús Ortega, quien se disciplinó y se abstuvo de competir. Le dejó la vía libre a Amalia García. Sin embargo, hay un par de peros que deberían influir para que los jerarcas perredistas tomaran con menos euforia sus elecciones internas. El primero es que la fórmula de la "planilla de unidad", con Amalia García, Mario Saucedo y Rosalbina Garavito al frente, no fue capaz de atraer a los militantes a las urnas. Entre una elección con resultados predeterminados y los antecedentes de la suciedad de los comicios de marzo, provocaron que los perredistas realizaran las elecciones con mayor índice de abstencionismo de que se tenga memoria en los tiempos recientes. Con un padrón de dos y medio millones de afiliados, el PRD sólo contó con el voto de 500 mil personas. Esto significa que sólo 20% de los militantes del PRD se interesaron por votar en las elecciones del partido al cual un día acudieron a registrarse. De hecho, en las elecciones perredistas celebradas en marzo votaron 650 mil personas, lo que contrasta con las 500 mil que sufragaron el domingo. De un plumazo, en sólo tres meses 150 mil personas cambiaron de opinión y ya no fueron a votar. El dato no es menor, y el PRD no podrá subestimarlo: algo les salió mal, muy mal. El otro pero es el relativo a la disputa entre las dos figuras históricas del perredismo: Cuauhtémoc Cárdenas y Porfirio Muñoz Ledo. La elección del domingo, en lugar de distender democráticamente las relaciones tensas entre ambos, acrecentó las diferencias e hizo explosiva la pugna. Ifigenia Martínez, de la corriente de Muñoz Ledo, fue vapuleada en las urnas por la escasa concurrencia, pero el aplastamiento del adversario en el interior de un partido no es buen tónico para los males ni mucho menos un acicate para la unidad. A Muñoz Ledo y a Ifigenia Martínez se les cerraron todos los caminos en el partido que fundaron, y sólo el sectarismo que prevalece en las corrientes triunfantes del perredismo puede festejar como un éxito ese aniquilamiento. En política no hay muertos. Cárdenas lo sabe y lo ha vivido, para beneficio propio, el PRD. Pero, ojo, lo que funcionó para Cárdenas también le puede funcionar a Porfirio, en detrimento del PRD
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