Carlos E. Arias Corres
Cuando el aullido pasó de ser la mera expresión del individuo animal a la muy nebulosa pero, por eso mismo, poderosísima invocación de la deidad interior del invocante; ese aullido genitor –seguramente una imprecación catártica– inmerso en esa sopa primigenia que es la música, engendró de golpe a la poesía. La elaboración del mito es necesariamente posterior a esa musicada imprecación catártica que engendra a la poesía gracias a un acto invocatorio, individual. Y aquí permítanme hacer una aclaración: uso la palabra catarsis en su acepción griega que significa purificación; dejo de lado, por el momento, la fuerte carga semántica implícita de expiación. El mito nace con la evocación de esa primera invocación, convirtiéndola en una convocación, una comunión evocadora. Nada puede ser evocado sin haber sido previamente invocado. Vivir es invocar porque solamente nos suceden las cosas, las personas y las circunstancias que, de una u otra forma, hemos llamado. En la lógica estricta de lo considerado generalmente insondable, los extremos se funden gracias a la pura y simple fuerza del deseo. El odio y el amor, la generosidad y la avaricia poseen toda la fuerza de aquel que los invoca, o de aquellos con la firme disposición a convocarlos. La causa y el efecto tienen la misma contundencia en la física que en la metafísica, porque ambas están contenidas en el conjunto universal. En la edición de 1976 del Webster’ Third International Dictionary, bajo el apartado mito, pude encontrar lo siguiente: del griego mythos: cuento, discurso, mito; tal vez relacionado al gótico maudjan, recordar; en el irlandés antiguo smuainim, yo pienso; en el eslavo antiguo mysli, pensamiento; en el lituano maüsti, desear ardientemente. Una historia que usualmente es de origen desconocido y que, parcialmente al menos es tradicional, que relata ostensiblemente eventos históricos usualmente de tal tenor que sirven para explicar alguna práctica, creencia, institución o fenómeno natural y es asociada especialmente a los ritos religiosos y las creencias. El artículo sugiere compararlo con euhemerismo... de Euhemero, filósofo griego del siglo V antes de Cristo, que sostenía que los mitos eran consecuencia de la deificación de hechos y personajes que alguna vez fueron históricos. Hilvanando la etimología tenemos: un cuento que el pensamiento desea candentemente recordar. Ese poeta y gran estudioso de la historia comparada del mito poético que fue Robert Graves, se refiere a la mitología como "el estudio de cualquier leyenda heroica o religiosa ajena a la experiencia del estudiante y que éste no considere cierta. Por lo que el adjetivo inglés ‘mítico’ significa ‘increíble’, de ahí la omisión en las mitologías europeas convencionales, tal y como son, de todas las narraciones bíblicas incluso cuando muestran una cercanía hasta el paralelismo a los mitos de Persia, Babilonia, Egipto y Grecia". Para Graves, quien sigue hasta cierto punto la escuela del eumerismo, "la segunda función del mito es justificar un sistema social existente y explicar los ritos tradicionales y las costumbres... La gente primitiva remoldeaba los viejos mitos para conformarlos a los cambios producidos por las revoluciones, o las invasiones y, como regla, disfrazaba amablemente su violencia; por lo que un usurpador tramposo figuraría como el heredero a un trono, que se había perdido, mató a un dragón destructor, o cualquier otro monstruo y, tras casarse con la hija del rey, oscuramente lo sucede en el trono". La tarea emprendida por Robert Graves para escribir su libro La diosa blanca, una historia comparada del mito poético, resulta verdaderamente titánica pues como él mismo dice: "Un adecuado estudio del mito demanda un gran acervo de abstruso conocimiento geográfico, histórico y antropológico; así como la familiaridad con las propiedades de las plantas, los árboles y los hábitos de las bestias y pájaros salvajes"; y es que en ese viaje de regreso a la prehistoria humana emprendido por Graves para desentrañar la herencia mitológica de Occidente, el papel del sacerdote, del poeta y del guerrero se van fundiendo en uno solo a medida que se retrocede en el tiempo. Hasta llegar a ese periodo oscuramente registrado en las piedras que Graves inequívocamente asocia con la estructuración social de la humanidad bajo el misterio de la concepción, que mantuvo en el poder político durante muchos siglos al matriarcado. De este periodo humano estructurado en torno al sedentarismo agrícola, y la adoración de su triple diosa madre, niña-mujer-anciana, representaciones de las tres fases de la luna, que rige sobre el agua, los líquidos y las emociones; todavía puede encontrarse en nuestros días vestigios actuantes en ciertos calendarios regidos por los meses lunares de 28 días y los años conformados por los 13 meses lunares. La astrología china se basa en esta cuenta de los días y del año, este es un zodiaco lunar ajustado al ciclo del retorno de Júpiter cada 12 años. Por lo mismo, no resulta extraño que el animal con que comienza ese zodiaco sea la rata, el más pernicioso de todos para las cosechas, y sea el búfalo o el buey el que lo sucede, el animal más importante para el trabajo del agricultor. En contraparte, la astrología occidental es nuestra herencia patriarcal, histórica, de los pastores nómadas y guerreros, con sus 12 meses solares, su preeminencia de dioses sobre diosas y el primer animal de su zodiaco es el carnero, el macho de los primeros animales seguramente domesticados en rebaños para explotar su lana y su carne. Resulta, pues, que la relación del poeta con el mito es una relación de conciencia, porque la conciencia también puede ser inductiva, intuitiva. Un satori, un shamadi o una epifanía es una cuestión de conciencia, tal vez un tanto diferente a lo que, como occidentales mecanicistas y tristemente amnésicos de nuestra gran tradición mística, estamos acostumbrados a llamar conciencia haciendo referencia a una secuencia deductiva, a la concatenación matemática de las premisas para llegar a un corolario. Sucede, sin embargo, que la sensación que acostumbramos llamar conciencia –como la felicidad– solamente nos visita unos instantes, y ésta es una bendición temporal debida a nuestra condición animal. ¿Quién tiene la fuerza para cargar una conciencia absoluta, permanente, omnisciente y omnipresente; cuando menos para asumir todos sus actos, pensamientos y palabras?, ¿quién soportaría ponerse las pantuflas de Dios? Este es el acto instantáneo de la poesía que se manifiesta gracias al "tocado", el poeta, el tocado por el dedo de Dios. El papel del poeta es el del "come pecados social", el del "chivo expiatorio", y cuando hablo del poeta me refiero genéricamente a esa categoría de humanos encadenados, como Prometeo, a la periódica visita del buitre de la creatividad. La elaboración del mito coincidió con el despertar de la conciencia intuitiva en el hombre. La semilla de lo numinoso dormida en el homínido, al germinar empieza el crecimiento de la plántula que luego sería el árbol frágil y enfermizo de la evolución espiritual humana. Esa transformación de la bestia sometida al terror, al hambre, a las inclemencias exigentes de la pura y llana existencia animal lo conducen desde la simple liberación del mero aullido hasta la génesis purificadora, de la imprecación a la poesía. Pero, ¿por qué ha de nacer la poesía de una imprecación catártica?, porque la conciencia de nuestra condición finita, mortal, necesariamente nace de la fuerza inmensa de la frustración y la rebeldía contra lo inevitable; que no generan resignación sino tras un largo proceso de elaboración sublimadora que culmina con la súplica. Esta, una de las últimas acepciones latinas de la palabra imprecor, que también significa desear, desear un mal e invocar. Encuentro así la conexión inevitable del origen catártico, purificador y, ahora sí, expiatorio de la poesía, que nace de un acto de rebeldía contra la individualización, contra la sensación de haber sido exiliado de lo eterno; pero que, gracias a su transitar hasta la súplica, purifica la rebeldía primigenia transformándola en una alabanza nostálgica por la fusión del individuo con el todo. Esta es una de las atribuciones astrológicas de Neptuno y de la casa 12, regida por Piscis, a la cual se encuentra asociada no solamente la poesía sino la música, la locura, las adicciones, las reclusiones, el mar y las visiones. Todo esto está muy bien, pero cómo pudo el ser humano, esa criatura tan frágil y terrible parir olimpos, dar a luz mictlanes, vislumbrar nirvanas; cómo pudo ser la génesis de los dioses. Sin esta infinita diversidad que manifiesta abiertamente la dualidad unificada de la vida y la muerte, la noche y el día, el yin y el yang, no llevaría dentro de sí misma la particular sustancia... si no existiera consustancialidad entre el ala del ángel y la carne del hombre, entre la materia y la energía, lo humano y lo divino; sin esta mutua participación, compenetración, relación biunívoca, correspondiente, concomitante... ninguna de las dos entidades podría manifestarse plenamente; ni en el acto divino de la creación ni en la acción humana de la creatividad
Intervención en el ciclo Poesía y Lenguaje, que se llevó a cabo en el Museo
de la Ciudad de México, el 7 de septiembre de 1998.
Carlos E. Arias Corres es escritor y periodista.