José Luis Durán King
Como los instrumentos musicales, un encendedor Zippo mejora su funcionamiento conforme lo templan las manos de sus dueños y transcurre el tiempo. Los Zippo son algo más que encendedores; son, junto con las motocicletas Harley-Davidson, un orgullo nacionalista de Estados Unidos, pueblo que muestra más reverencia por los mitos de su cultura pop que por su panteón de héroes. Sin embargo, a diferencia de la compañía Harley-Davidson –cuyas máquinas transportan robustos adultos oligofrénicos huyendo a toda velocidad de cualquier responsabilidad adulta– los encendedores metálicos elaborados por la Zippo Manufacturing Co., en Bradford, Pennsylvania, tienen la historia de su lado. Y no sólo eso: hoy, cuando la masculinidad corre el riesgo de convertirse en una pieza de museo, cuando ya no existe diferencia entre las actividades de los hombres y las mujeres, cuando unos y otros son intercambiables en los lugares de trabajo, el Zippo permanece como uno de los últimos elementos de masculinidad en el mundo. Su flama ha alumbrado las soledades de los hombres duros estadounidenses que languidecen en trincheras de guerra… cenagosas. ¿Quién no recuerda a John Wayne haciendo click a su encendedor en la película Boinas verdes o a Martin Sheen en esa tan sorprendente como impactante cinta de culto Apocalypse Now? Pero haciendo a un lado el espectáculo, lo cierto es que los Zippo han formado parte de los pertrechos militares de las tropas estadounidenses en sus guerras más recientes. Esas cajitas metálicas rectangulares, cuyo cierre produce un chasquido peculiar e inconfundible, han acompañado a los combatientes desde la Segunda Guerra Mundial y, en miles de casos, han caído junto con sus dueños. Tal experiencia de guerra –librada anteriormente en naciones desconocidas y hoy en los terrenos urbanos, que también poseen su propia beligerancia– es quizá la que los hombres inconscientemente adquieren al momento de comprar su Zippo. Por ello es difícil que un varón se deshaga de su encendedor metálico así porque sí. Un encendedor plástico, independientemente de cuál sea su marca, modelo o diseño, está condenado a una vida tan fugaz como la cantidad de combustible que alberga en su pequeño tanque. Un Zippo se tutea con la eternidad, es un bien modesto pero heredable al fin y al cabo; su mecanismo es tan sencillo y primitivo que remite, quiérase o no, a los cacharros inaugurales que colocaron a la humanidad en plena revolución industrial. Hace algunos meses, en las páginas de este semanario, escribí acerca de la importancia que han tenido para los soldados las paredes planas de los encendedores Zippo; las inscripciones hechas en ellas por manos temerosas y agobiadas actualmente son parte de una obra épica aún no escrita. Las guerras desafortunadamente no han cesado –ayer fue la Segunda Guerra Mundial y la guerra de Corea, y hoy la Tormenta del Desierto y el bombardeo a Kosovo–, pues al parecer son parte inherente del espíritu egoísta de los hombres. En aquella colaboración, quizá obnubilado por los datos cronológicos que demanda la columna guía de perplejos, olvidé hablar de las características afables y gentiles de los Zippo. Craso error, lo acepto, porque uno de esos artefactos, en mi caso, ha jugado a la perfección el papel de chistera de la que han surgido toda suerte de noches maravillosas y risueñas, en las que cigarros y velas se han consumido a la par de las pasiones. Cuando los editores de etcétera me pidieron que escribiera un panegírico en torno al tema, no lo dudé ni por un instante. ¿Por qué no? Desde que una mujer me regaló su afecto en forma de caja plateada, con mi nombre rotulado en ella, nunca olvido guardar el Zippo, junto con mi porvenir, en el bolsillo derecho de mi pantalón
José Luis Durán King es autor del libro de cuentos Tabula Rasa.