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el santo oficio
El Santo Oficio
José Antonio Gurrea C.
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Una cinta que seduce Salvador Quiauhtlazollin
El cine adolescente es un subgénero que en las dos últimas décadas ha mostrado un potencial económico y artístico que poquísimos estudios han dejado escapar. Extendiéndose de extremos tales como la obra maestra La vida en el abismo a la churrerísima Porky’s; de la violenta Clase 1984 a la estereotipada La venganza de los nerds, el cine sobre adolescentes destrampados representa un filón que aún no ha agotado todas sus vertientes. Para demostrarlo, el director Doug Liman se lanza a realizar Viviendo sin límites, cinta donde las tramas paralelas podrían haberse anudado con maestría para lograr un filme representativo de la hipervacía vida de la generación perdida de fin de milenio. El temor de su director a un público adocenado echa a perder esta expectativa. Es una noche festiva. Una guapa y simplona cajera de supermercado, forzada por la necesidad de cubrir un turno maratónico, pretende aprovechar las circunstancias para hacerse de una lana consiguiendo con un esmirriado narcotraficante 20 dosis de éxtasis que le ha pedido una pareja gay. A su vez, un cajero de ese mismo supermercado que sí es camello (pero muy torpe y conspicuo) se lanzará a un reventón a Las Vegas. Con una velocidad que sólo existe en las noches de parranda, el desabrido chico: a) fornicará con dos judías al mismo tiempo; b) causará un incendio; c) robará un auto último modelo; d) manoseará a una stripper y e) será perseguido por dos mafiosos de quinta hasta el corazón de Los Angeles. Por su parte, la pareja de gays vivirá una extraña noche en la que imaginarán que una pareja hetero pretende seducirlos, cuando en realidad quiere reclutarlos para que vendan productos Amway. Todo lo anterior sucede en una noche angelina donde el sexo, la droga, el faje y la adrenalina son ingredientes de fácil mezcla. A la manera de Quentin Tarantino, pero con menores resultados, Viviendo sin límites se constituye en un tour de force por una noche de reventón para cinco adolescentes que saben, sin mucho esfuerzo, que su vida es patética. De entrada la cinta nos seduce, nos excita, nos lleva muy lejos y al final nos niega el orgasmo; lo más grave es que éste ya estaba a punto y no necesitaba mayor esfuerzo que dejar que las historias finalizaran como en la realidad. Un poco menos de autocomplacencia y concesión, y Viviendo sin límites se hubiera constituido en una obra maestra
Salvador Quiauhtlazollin estudió Derecho, es periodista free-lance.
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