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"De pronto se me ocurren ideas"
Entrevista inédita con Adolfo Bioy Casares

Alfredo Ortega Trillo

Hacía un domingo espléndido. Bajé del colectivo y crucé un parque de arces por entre cuyas ramas me pareció ver la figura de un hombre en una ventana del quinto piso. Apreté el botón de la calle y me presenté a la voz del interfón. Entonces se oyó un timbre y empujé la reja. Subí los cinco pisos por una escalera junto a los estacionamientos, seguí un pasillo y al fondo me detuve frente a la puerta que a ese tiempo se abrió. El mayordomo me vio de arriba a abajo con mi trípode y demás equipo de video y fotografía, y muy serio y callado me pidió que lo siguiera. Cruzamos una estancia amplia muy bien iluminada por un ventanal junto al cual había un piano negro de cola y anaqueles blancos con libros y fotografías. El piso es de madera pulida. Los anaqueles y los libros nos siguieron por el corredor hasta una habitación que ya conocía por las fotografías de las entrevistas que había revisado, y donde se me pidió que esperara. Era el recibidor, una especie de estudio o biblioteca muy agradable. Empotrada a la pared había una chimenea con una moldura clásica de mármol blanco. En la pared opuesta había más anaqueles con más libros y fotografías de Marta, la hija del escritor muerta en un accidente el año anterior, igual que su mujer, la poetisa Silvina Ocampo, también fallecida ese año.

Oí pasitos y el toque de un bastón que se acercaban. Me volví hacia la puerta y vi aparecer una figura frágil, más que sostenida por el bastón, diría que por una especie de estética de la dignidad que me hizo ponerme de pie al momento. Había un dejo de elegancia y porte en mi entrevistado que percibí al instante. Bastón y zapatos negros, traje gris y corbata negra, el cabello ralo, blanco y una sonrisa que se me antojó como su batalla mejor librada contra el cansancio de los años. Me tendió la mano.

Siéntese por favor.

Déjeme acomodar primero la cámara.

(La puse encima del tripié y me asomé por el visor. Vi al escritor sentado, los codos apoyados en los brazos de la silla, las manos recogidas con los dedos cruzados sobre su vientre mirándome con sus ojos de un azul desteñido. Tenía una mirada cándida que parecía de niño.)

¿Usted ahora qué edad tiene?

Tengo ochenta años –se mira las manos y exclama por lo bajo–, ¡qué espanto!

¡¿Ochenta años?!

Sí –se vuelve a mí, confidente–, ¿qué impresionante no?

El tiempo vuela. Bueno, y si usted volviera a nacer, ¿qué recomendaciones se haría para no volver a ser Adolfo Bioy Casares?

Que no malgastara tanto tiempo como lo malgasté, porque la vida es tan corta y no habría que aburrirse nunca. Es un pecado que no tiene perdón.

Tal vez la mayoría de sus lectores no opinaría lo mismo en cuanto a que haya desperdiciado su vida.

(Separa sus manos por los dedos gordos.)

Bueno, claro. Ellos me ven de afuera, y yo sé que pude aprovecharla más –hace una pequeña pausa–. Que viva más intensamente.

Si Dios existe o no existe es otra cuestión pero, ¿le gustaría a usted que existiera?

Sí, sí me gustaría que existiera, y que fuera realmente bondadoso con nosotros. La vida me parece un entretenimiento frívolo con final terrible. Sería bueno que nos evitara ese final terrible que es la muerte.

Con rivales tan fuertes como los medios de comunicación y toda esa batahola de multimedia para llegar al público, ¿en qué va a quedar la lectura y el futuro del libro?

Mire, yo creo que leer siempre ha dado trabajo. Es agarrar un libro, buscar un lugar con luz, tal vez perder la vista, alejarse de las conversaciones, y el libro ha seguido su carrera y ha tenido fortuna. Yo creo que el libro seguirá existiendo.

¿Qué piensa usted del hibridismo tradición-modernidad en el contexto latinoamericano? Quiero decir, somos pueblos de tradición, pero no despreciamos la tecnología. ¿No ve usted una lucha entre una tendencia y la otra?

Puede ser aparentemente una lucha, pero puede ser también una síntesis favorable al desarrollo de los hombres y de la inteligencia.

Un cuento, ¿cómo empieza?

¡Ah! Es como una especie de milagro. Uno de pronto está pensando algo que no tiene ninguna importancia y de pronto sale el cuento. Muy difícil llegar a explicar por qué pasa eso, pero sucede, y uno sabe que tiene un cuento, sabe que tiene una novela, y se pone a pensarlo. Se lo cuenta a sí mismo, y si uno tiene suerte, en un almuerzo con una amiga o con un amigo le cuenta ese cuento y así lo va perfeccionando y después lo escribe.

¿Quiere decir que no va saliendo de la pluma?

No, no, para nada. Lo sé todo, ya conozco todo el cuento cuando lo escribo.

¿Sigue alguna especie de ritual para estimular el proceso creativo, llamar la musa, pues?

Nada de eso. Yo escribo en la mañana, por la tarde, cuando sea. Escribo y escribo.

Al escribir, ¿qué orden de importancia le da usted al sonido de las palabras, a la lógica de las ideas, a la belleza de las imágenes?

Creo que a los dos primeros son a los que les doy más importancia. Trato de que entre una frase y otra, entre un pensamiento y otro, no se sienta un sobresalto, sino que fluya el cuento.

¿Qué lo estimula más a escribir, la lectura de otros libros o la experiencia?

La imaginación. De pronto se me ocurren ideas acá –se lleva una mano a la frente–, y no sé por qué.

¿No hay algún estímulo externo que le incite la imaginación?

Ha de haber, pero no lo he advertido.

Hay quienes creen que el escritor es producto de su medio.

Puede ser, pero yo creo que de todos modos escribir es un acto en que uno se recoge sobre sí mismo, y acaso por eso ocurra que algunos escritores tengan demasiada influencia sobre sí mismos, se parezcan demasiado a ellos y aburran a sus lectores.

La narrativa mexicana ¿qué le parece?

Rulfo me gusta mucho. Hoy me enteré que había sido fotógrafo también.

Usted también era fotógrafo.

Sí, sí. Bueno, caramba, qué suerte tener algo parecido a Rulfo.

El hijo dice que siempre mientras escribió fotografió. Yo no puedo decir lo mismo. Yo fotografié durante unos diez años y después ya no.

¿Alguien más de los mexicanos?

Bueno, sí, claro. Reyes era muy amigo de casa. En la hora del almuerzo…

¿Alfonso Reyes? ¿Conoció a Alfonso Reyes?

Sí, cómo no, muchísimo. Era muy amigo de mi padre.

¿Qué impresión le causó?

Bueno, que era tan chiquito, tan suave y tan inteligente –hace una pausa, pensativo–. A mí López Velarde me gusta mucho. La suave patria es un poema que me gusta mucho –entonces Bioy, en el mismo hilo de voz recita: "Yo que siempre canté de la exquisita partitura del íntimo decoro…".

Y bueno, Juan José Arreola, más contemporáneo.

Y amigo mío. Lo quiero mucho a Arreola. Es una gran persona con quien me entiendo muy bien, y lo considero un gran escritor y un gran cuentista. La cultura mexicana ha estado muy cerca de mi vida siempre. Pienso que a México y a Argentina nos ha sido dada la literatura.

Pensando en etiquetas y en lo que se escribe actualmente en América Latina, ¿reconoce alguna corriente, iniciación o movimiento que tome la estafeta de nuestra literatura para el futuro?

Yo no creo que la historia de la literatura sea una cosa importante para un escritor. La historia, el cuento que tiene entre manos es lo único que existe; no la historia de la literatura, eso es para profesores de literatura.

¿Usted no cree que exista una especie de evolución lineal de la historia en la que se van acomodando los escritores conforme van surgiendo en el tiempo?

Puede ser que sea así, pero déjeles a cada uno de ellos la ilusión de que lo que ellos hacen es un proceso personal.

Entrando a su narrativa, me llama la atención la poca inclusión que hace de América Latina en ella. Muchos de sus cuentos se desarrollan en escenarios europeos con protagonistas europeos.

Somos países distintos. Este era un país vacío. Ustedes tienen tradición, nosotros no. Nosotros somos un país al que han venido los europeos y lo poblaron.

Le hice algunas fotografías mirando por la ventana de su quinto piso, otra sentado con su bastón y alguna otra que nos hicimos poniendo las sillas juntas. Mientras guardaba mis cámaras me llamó la atención porque olvidaba cubrir el lente. El mismo puso la tapa. "El lente es lo más delicado de la cámara, hay que cuidarlo siempre para que no se raye", dijo


Alfredo Ortega Trillo es autor del ensayo Norte y Sur: reflexiones frente a un tomate, ganador del concurso literario regional del noroeste "Abigael Bohorquez 1".

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