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La economía mundial Ricardo Becerra
En abril de este año, la alemana Deutsche Telekom creó un nuevo imperio en telecomunicaciones mundiales con su alianza estratégica: Telecom de Italia, que meses antes había sido comprada por Olivetti. Air France se fusionó con Delta-Airlines el pasado 23 de junio; el gigante manufacturero industrial Allied Singnall de Estados Unidos se unió con la empresa de sistemas electrónicos Honeywell. British Stell (de Inglaterra, obviamente) y su homóloga holandesa Hoogvenss, concretaron una gran alianza para la producción de acero. Mercedez Benz se fusionó con Chrysler; Rolls Royce está pasando al control de Volkswagen; Daimler Benz está en tratos para adquirir el área de camiones de Nissan. Las fusiones no ocurren sólo en el sector industrial: enormes corporaciones financieras como Citicorp o el BankAmerica estudian y procesan sus propios contratos de unificación; ¿qué está pasando en la economía mundial? La economía dominante no tiene respuestas, todo lo contrario. Para las doctrinas liberistas lo esencial es la competencia, la asistencia en el mercado del más variado número de agentes que ofrecen el mismo producto en beneficio del consumidor... pues bien, a escala planetaria está ocurriendo un fenómeno que apunta exactamente en la dirección contraria: enormes coaliciones financieras e industriales forman emporios empresariales que suman casi un millón de millones de dólares y unifican en una sola firma a casi medio millón de empleados en el más variado abanico de países. Una empresa alemana compra una firma inglesa; hombres de negocios italianos se alían con sus homólogos alemanes, japoneses y estadounidenses, holandeses, suizos, ingleses, tailandeses, incluso mexicanos o franceses: la necesidad asociacionista emerge con toda fuerza de la propia globalización. ¿Sus razones? "Un factor es inmenso: hay un excedente en la capacidad industrial mundial", dice Robert J. Eaton de Chrysler, "en el próximo siglo se reducirá a la mitad el número de empresas automotrices". Así que los próximos años serán el escenario de empresas gigantescas, las más grandes, poderosas y "mundializadas" de la historia del capitalismo: de mayor fuerza, incluso, que muchos Estados nacionales; la ganancia de una empresa por encima del interés que representa el gobierno de una nación. Varias de esas fusiones rebasan en dólares los productos nacionales de 105 países. De esa manera, la riqueza de una organización o de un oligopolio deviene un factor más importante que las políticas públicas, que las decisiones de congresos completos, de presidentes legítimos, en suma de las instituciones de la democracia. La realidad de fin de siglo está planteando una reconformación del poder y de las decisiones mundiales: conglomerados multinacionales que no encuentran agentes reguladores; que no tienen enfrente diques, leyes, poderes que puedan canalizar en favor del interés público las decisiones privadas de los gigantes empresariales. Por eso, las regionalizaciones políticas, más allá de Estados nacionales, como la Unión Europea, adquieren una significación todavía mayor: crear una organización política de una magnitud equivalente a las nuevas organizaciones económicas; un Estado de otra naturaleza para un nuevo tipo de mercado y de empresas mundiales. He aquí uno de los temas cruciales de la economía mundial finisecular
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