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1 UNAM, desbaratarla

Raúl Trejo Delarbre

Le tundieron, política y propagandísticamente, a Alberto Fernández Garza por sus declaraciones sobre el conflicto universitario. No era para menos. El tono drástico y maniqueo y sobre todo la exigencia para que la UNAM sea clausurada al menos durante un par de años, convocó un rechazo prácticamente unánime, desde los más diversos emplazamientos de la vida pública mexicana.

Aunque luego se retractó parcialmente, la propuesta del presidente de la Confederación Patronal de la República Mexicana era casi provocadora. Dijo –el viernes 2 de julio– en relación con la huelga que ha mantenido secuestrada a la universidad:

"Vamos a desbaratar la crisis, a sacarle a los estudiantes a la UNAM, vamos a becarlos en instituciones privadas y públicas y vamos a desbaratar la UNAM y luego la volvemos a reconstruir cuando ya no tengan ellos (los huelguistas) ninguna fuerza. La propuesta de cerrar la UNAM por espacio de dos años la hago en tono oficial y como una solución seria al conflicto". Esa declaración de Fernández, quien en marzo tomó posesión como presidente del sindicato patronal, ocasionó numerosos comentarios críticos, incluso del Presidente de la República.

2 Drástica Coparmex

El 6 de julio, en una ceremonia con el Colegio Nacional de Ciencias Políticas y Administración, Ernesto Zedillo advirtió: "Hoy, además, el daño que se está infligiendo a la UNAM empieza injustamente a ser pretexto para que terceros cuestionen la calidad de sus labores, la necesidad de sus tareas, el servicio que presta a la nación, incluso su permanencia".

El día anterior, la Coparmex dijo en un comunicado que las declaraciones de Fernández pretendían "hacer notar todo lo que se pierde si no se da pronta solución al conflicto, sentándose las partes a dialogar, cediendo de uno y otro lado".

Esa parcial rectificación no cancelaba la propuesta del presidente de la central patronal pero además involucró en su crítica no sólo a los huelguistas sino también a las autoridades de la UNAM. Si la exhortación era para ambas partes, entonces se podía entender que según la Coparmex, la huelga se ha prolongado por intransigencia tanto de los estudiantes paristas como de la rectoría.

Esa apreciación es injusta, pues si algo se ha advertido en los ya casi tres meses de conflicto ha sido la flexibilidad, incluso con aquiescencias discutibles, del rector Barnés. A ese cuestionamiento se añadió la divulgación de un lamentable documento de la Coparmex sobre el litigio universitario.

En ese texto, del cual informó la prensa el 7 de julio, se criticaba "la impericia política del rector" y se pretendía demostrar que la huelga universitaria está relacionada con el proceso de sucesión presidencial. Con un método que buscaba implicaciones políticas a partir del pasado o la circunstancia personal de algunos funcionarios, ese documento hacía una mezcolanza analítica que derivaba en conclusiones muy pobres.

3 Simplismo

Aquel documento manifestaba la pobreza del diagnóstico político que orienta las decisiones de la Coparmex pero, también, las limitaciones con que en distintos sectores de la sociedad se suele mirar a la situación de la UNAM. La propuesta de Fernández Garza ya había sido expresada. El dirigente empresarial nunca se desdijo de ella. Antes de él otras voces en la prensa, tanto en artículos como en inserciones pagadas y cartas, ofrecieron pretendidas soluciones del mismo corte: para remediar los males de la universidad, hay que cerrarla. El dinero que se invierte en ella más vale gastarlo para que los jóvenes estudien en otros sitios, se repite cada vez con mayor frecuencia.

Tales posturas suponen que el problema se encuentra en la esencia misma de la universidad y no en el enredo de un conflicto circunstancial. Así que más que atender el problema específico que ahora significa la huelga, los promotores de la clausura de la UNAM sostienen que hay que erradicar a la universidad misma.

4 Clima adverso

La simpleza de esa solución resulta analíticamente grosera, políticamente engañosa y, en términos académicos, podría resultar suicida para el país. No hace falta enumerar los muchos méritos de la universidad no sólo en la formación de profesionistas, sino en la investigación y la propagación del conocimiento.

Pero delante de posiciones como las del líder patronal, sería pertinente no reaccionar sólo reivindicando la camiseta de los Pumas y entonando elegías a la universidad. De ese corte han sido casi todas las respuestas a la iniciativa de Fernández Garza.

Lo realmente grave, no son las consecuencias posibles de una sugerencia como esa, sino el hecho de que se formule. La huelga ha intensificado el desprestigio público de la Universidad Nacional que ahora, incluso, recomiendan que el mejor remedio es "desbaratarla".

A muchos universitarios esas sugerencias les parecen tan vulgares que simplemente se burlan de ellas. Algunos las consideran como una tosquedad más de la derecha patronal y otros, entre ellos las autoridades de la UNAM, simplemente han decidido ignorarlas.

Sin embargo, vale la pena que los universitarios y junto con ellos quienes defienden a la universidad, se pregunten cómo es que dirigentes sociales de relevancia nacional llegan a suponer que la clausura de la UNAM es un mal menor, delante de las dificultades que, a su juicio, significa su funcionamiento.

5 Advertencias

La UNAM hace tiempo comenzó a perder la credibilidad y el respeto de una sociedad que cada vez la mira más como fuente de conflictos que como el recinto de la inteligencia y la autoridad moral. En la apreciación de al menos un sector significativo de los mexicanos, a la universidad ya no la distinguen sus virtudes, tanto como sus defectos. La huelga no ha hecho más que profundizar esa falta de confianza.

A mucha gente le queda claro que el grupo que mantiene el paro es abusivo y daña a la universidad. Pero además, advierte que la UNAM no ha sabido defenderse de su propia descomposición.

En ese clima se expresan sugerencias como la del presidente de la Coparmex. Más que satanizarla y repudiarla como si de esa manera se le borrase de la discusión pública, los universitarios tendrían que hacer un esfuerzo de reflexión para entenderla y aquilatarla.

Cualquiera que sea el desenlace de la huelga, la universidad habrá salido dañada. Si los universitarios pretenden que todo siga igual después de este conflicto, estarán ahondando el deterioro que la huelga ha manifestado. Expresiones como las de Fernández Garza tendrían que ser entendidas como parte de un desacuerdo ante el cual la UNAM no ha querido ni ha podido reaccionar


Raúl Trejo Delarbre es director del semanario etcétera

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