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Mutilación genital Millones de mujeres, víctimas de una práctica abominable María Esther Espinosa C.
Sintió que el mundo ahí había terminado, a sus escasos cinco años no entendía por qué estaba sufriendo tanto. La madre le tomaba de las manos y "cariñosamente" le decía que si se movía le iba a doler más. Waris Dirie corrió con suerte después de su circuncisión, no así sus primas y su hermana, quienes pasaron a formar parte de las estadísticas de muertes por la práctica de este método milenario de tortura en países asiáticos y africanos. Quien la ve con esa seguridad con que porta los modelos de los diseñadores más famosos del mundo, no podría imaginar lo dura que fue su vida. El delito de Waris fue, simplemente, ser mujer y haber nacido en un país africano. "Jamás olvidaré a la vieja que esgrimió el cuchillo oxidado, mientras mi madre me abrazaba, rogándome que me quedara quieta para que doliera menos", recuerda la modelo. Así como ella, miles de niñas de países asiáticos y africanos siguen siendo objeto de este tipo de violencia. Se calcula que actualmente hay en el mundo entre 85 y 114 millones de mujeres a quienes se les ha practicado la mutilación genital. A los pocos años de que Waris sufrió en carne propia una de las peores torturas: "La mutilación de sus órganos genitales", sus padres la obligaron a casarse con un sexagenario, cuando ella contaba sólo con 13 años de edad. Después de eso huyó a Londres, en donde por su estatura, belleza y cuerpo escultural llamó la atención de los más exigentes diseñadores. La circuncisión femenina está destinada, principalmente, a impedir que la mujer sienta placer y evitar que se convierta en una mujer "ligera". La escritora estadounidense Susan Sontag, entrevistada por la revista Paula, declaró que "mientras queden mujeres en el mundo a las que se les extirpe el clítoris, no me digan que el feminismo es un movimiento superado". Al igual que sucedía con el cinturón de castidad, el nombre más familiar de la circuncisión femenina ha ocultado la verdadera naturaleza de esta práctica, explica Rosalind Miles, en La mujer en la historia del mundo. La mutilación de las mujeres, que supone la amputación de todos los órganos femeninos externos, no tiene comparación con la extirpación del prepucio de los hombres. "La operación que se efectuaba en los genitales femeninos y que después del Islam se extendió ampliamente por todo Medio Oriente y Africa. Donde todavía existe, es tan espantosa que el hecho de que todavía sobreviva sólo puede explicarse por una completa y total ignorancia".1 La autora del libro explica detalladamente cómo es el procedimiento para llevar a cabo la mutilación: "… En una ceremonia privada en la que sólo participan mujeres, la practicante o circuncisora, canta ‘Ala es grande y Mahoma es un profeta: que Ala aleje a todos los demonios’, opera a una niña cuya edad puede oscilar entre los cinco y ocho años con una afilada piedra, una cuchilla de hierro o un trozo de vidrio. En la primera fase se extirpan por completo todo el clítoris y la vaina. A continuación se extirpan los labia minora y la mayor parte de la carne que forma los labia majora. Los colgajos de piel que quedan se unen y sujetan con espinas, eliminando así la abertura vaginal, a excepción de una pequeña hendidura que se deja abierta con una diminuta tablilla de madera y/o lengüeta para permitir el paso de la orina y flujo menstrual."2 El ritual continúa con la colaboración de la madre y las invitadas, quienes introducen los dedos en las heridas para "verificar el trabajo", después van metiendo tierra y ceniza para parar la sangre. Al concluir con la operación a la circundada se le atan "las piernas, desde las caderas hasta los tobillos, durante cuarenta días a fin de asegurar que la piel cosida cicatrice correctamente y no se abra de nuevo. Mientras dura todo esto, sus parientas la sujetan y ella está completamente consciente".3 Aunque, tristemente, para algunas pasa el peligro; para otras, por desgracia, después de la verificación vienen las consecuencias. En primer lugar, este procedimiento es realizado en muchas ocasiones, "por una vieja mujer con vista defectuosa y manos temblorosas sobre el suelo de una tienda o choza de fango mal iluminada".4 Las consecuencias de esta "operación" son fáciles de adivinar: hemorragias, infecciones de la pelvis, cortes en la uretra, la vejiga y ano, formación de abscesos en la vulva, incontinencia y retención urinaria, dolores, septicemias, esterilidad y tétano. Estas mutilaciones pueden también acarrear graves perturbaciones psicológicas, dolores intensos durante el acto sexual, la ausencia de orgasmos y, en muchos casos, desencadenan la muerte. La intervención médica sólo se permite en los casos cuando la cicatriz formada en la vulva es tan grave que impide caminar. Para Rosalind Miles la amputación femenina era y sigue siendo una práctica grave aunque lícita y culturalmente aceptada en ciertas regiones. Sin estar limitada a un solo lugar o periodo ha significado el uso de la máxima violencia sexual. Millones de mujeres
Layinka Koso-Thomas, médico de Freetown (Sierra Leona), en ocasión del XIII Congreso Internacional sobre Esterilidad y Fertilidad, aseguró que sólo en Africa más de 80 millones de mujeres han sido circuncidadas. La mutilación y las complicaciones que llevan consigo este tipo de intervenciones son la principal causa de esterilidad en los 28 países africanos donde se practica. Entre 15 y 20% de las niñas que pasan por las manos de las comadronas se convierten luego en mujeres estériles. En Africa hay tres formas de mutilación femenina, las cuales se realizan entre los primeros días de vida de una niña y sus 18 años: la clitoridoctomía (la extirpación del clítoris). Es realizada principalmente en los países musulmanes y afecta de diez a 20 millones de mujeres. La excisión se realiza en casi toda Africa, tanto por musulmanes, cristianos o animistas, consiste en cortar no sólo el clítoris sino también los pequeños labios que bordean la vagina; 35 millones de mujeres la padecen. Finalmente está la infibulación, después de cortar el clítoris –labios grandes y pequeños– se sutura con un hilo los bordes de la vulva. Con esta "operación" se obstruye casi en su totalidad la vagina, sólo se deja libre, en teoría, un pequeño orificio para permitir que la sangre de las menstruaciones y la orina se evacúen. Esa mutilación se realiza en la parte norte del Africa negra y afecta a más de 30 millones de mujeres. Koso-Thomas, quien ha investigado durante años este tipo de tortura, explica que en Sudán, Malí y Somalia, casi la totalidad de las mujeres están infibuladas. Si uno de los objetivos para llevar a cabo este tipo de salvajadas es que la mujer sea siempre fiel no se consigue. Según Koso-Thomas, "la mujer insatisfecha debido a estas mutilaciones, va de compañero en compañero, en la búsqueda de un eventual placer sexual, multiplicando las aventuras". Muchas lo aceptan
Lo más curioso e increíble es que esta práctica recomendada e incluso impuesta por los hombres, es ampliamente aceptada por las mujeres. Las madres llevan o acompañan a sus hijas. Ellas pasaron por lo mismo, pero pareciera que no hay memoria. Están al lado de sus hijas "brindándoles su apoyo". Quienes realizan la amputación son mujeres que adquieren mayor estatus y reconocimiento social. Además de su edad, que les hace imponer respeto, ellas son, en efecto, poseedoras de recetas tradicionales que les permiten curar una herida o contrarrestar los efectos del veneno de una serpiente, por ejemplo. A pesar de las campañas internacionales para erradicar esta práctica y pese a las recomendaciones de la Organización Mundial de la Salud que, en nombre del respeto de los derechos humanos, prohíbe a los médicos participar de una u otra forma en esta actividad, se sigue practicando en Africa, en donde ningún país le ha declarado abiertamente la guerra. Es más fácil derrumbar estructuras sociales que mentales. Un caso entre miles
Para Adelaine Abankwah, la vida tampoco ha sido fácil: tras huir de Ghana, su país natal, para salvarse de la mutilación genital, en marzo de 1977 llegó a Estados Unidos sólo para ser encerrada. Adelaine es una entre miles de mujeres que emigran de su país hacia Estados Unidos cada año por persecuciones de este tipo: violación masiva, mutilación genital, ser forzadas al aborto o al matrimonio. Pero aquí hay otra injusticia. Esperando ser protegidas por un Estado que se dice democrático, sólo encuentran las rejas en cuanto llegan. Su historia no es diferente a la de otras chicas; Adelaine la describe así: "Mi madre era la reina de nuestra tribu. Había estado enferma, pero era fuerte y yo no esperaba que ella muriera. Pensaban que seguramente me casaría con mi novio. Sin embargo, ella murió y, por tradición, su hija primogénita se convertiría en reina. Para subir al trono debes ser vir gen y mi abuela planeó un matrimonio para mí. Yo le dije que tenía novio y que en cuanto me revisaran antes del matrimonio se darían cuenta que no era virgen. Ellos intentaron castigarme cortándome los genitales".5 A diferencia de otras comunidades africanas que tienen este tipo de métodos hacia las mujeres, la tribu de Adelaine no es musulmana, pero utilizan la mutilación genital femenina como castigo. Por eso ella escapó hacia Estados Unidos. Kassindja llegó al vecino país del norte cuando tenía 17 años, procedente de Togo escapando de que la operaran, pero al llegar pasó dos años tras las rejas, hasta que organizaciones feministas la apoyaron y logró salir libre. Es increíble que se continúe con este tipo de tortura en los albores del siglo XXI. Pero es bien cierto que los humanos carecemos de memoria histórica, para muestra basta un botón: Kosovo. Mientras existan mujeres como la modelo Waris, la lucha no está perdida y ojalá algún día esta práctica tan aberrante llegue a erradicarse en el mundo entero
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1 Rosalind Miles, Historia de la mujer en el mundo, p. 116.
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