el país el mundo dinero águila y sol
medios ciberia gente mañana
tianguis libros cultura espectáculos
columnas
embarcadero

 

por los caminos de sancho
Cargadas
Renward García Medrano

textos
¿"Acuerdo en lo fundamental"?
Antonella Attili

bahías
Pliego interminable
Rafael Cordera Campos

el revés de la trama
La inútil batalla
Edgardo Bermejo Mora

conversación
Inconsistencias de la OTAN
Alexander Rose/Henry Kissinger

freakziones
Desventuras sin pañales
Patricia Peñaloza

la tribu
A oscuras
Verónica Murguía

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Arbitrariedad
Actuar contra la ley

Pedro Salazar Ugarte

Entrados en el juego democrático, los mexicanos no terminamos de adaptarnos y de aceptar las consecuencias del pilar de la democracia: el imperio de la ley. Sumergidos en la ola de la transformación, confundimos al mundo de las leyes con el planeta de las convicciones y de los clamores populares. El riesgo es grande: cuando la justicia se construye por consenso se nubla el Estado de derecho y emerge la silueta de la arbitrariedad que sostiene al autoritarismo. Un cura que denuncia a la luz de sus certezas morales, que apela al veredicto de la opinión pública y que piensa que sus convicciones están por encima de las pruebas es el rostro inquisidor que contradice al discurso democrático. Un partido que fustiga todo lo que no le favorece actúa bajo el resorte de la arbitrariedad. La certeza jurídica es un asidero que no debe mezclarse con las pretensiones personales, es casi lo único que no debe ponerse a votación. Frente a los fundamentalismos, la retórica y las estrategias de individuos y facciones, los verdaderos Estados democráticos sólo cuentan con un dique de contención: las normas jurídicas ciertas, generales y obligatorias.

Son muchos los casos en los que, a la luz del discurso justiciero, la aplicación del derecho parece una medida tímida o, en sentido inverso, reaccionaria. Cuando se sanciona a un grupo de estudiantes por realizar actos vandálicos, el Estado aparece como un monstruo autoritario que se prepara para el banquete de la represión; cuando se libera a un delincuente porque fue consignado de manera deficiente, la juez es el prototipo de la complicidad. No ha terminado de arraigar entre nosotros la idea, fundamental para la democracia, de que el derecho no es un mecanismo para satisfacer los deseos individuales sino un instrumento para garantizar la convivencia pacífica y ordenada. En términos formales la justicia no necesariamente se desprende del contenido de las normas sino de su existencia y de la garantía de que serán aplicadas con toda imparcialidad. La seguridad jurídica no está en el resultado de las controversias sino en la legalidad y objetividad con que son resueltas.

Las declaraciones de Cabal Peniche sobre un supuesto donativo multimillonario para financiar las campañas del PRI en 1994 son ideales para ilustrar esta situación. El personaje tiene una fama pública deplorable, aparece en todos los escándalos financieros del sexenio y está siendo procesado por la presunta comisión de múltiples delitos. Todo lo que provenga de él es, a los ojos de un pueblo indignado, sucio de toda suciedad. Una vez sentada la premisa, la condena popular es inmediata: más allá de lo que establezca la ley y de lo que resuelvan las autoridades, Zedillo y su partido son culpables. La sociedad civil merece una sentencia que los condene y aquella autoridad que diga lo contrario es el taparrabos de lo inmundo, la artífice de la impunidad. Es un razonamiento simplón, aparentemente contundente y popular. No importan la certeza y seguridad jurídicas, lo único que cuenta es el sentimiento colectivo, la desconfianza histórica, la conjetura de los puros.

Nada más peligroso para la democracia. Si queremos un Estado de derecho tenemos que empezar por aceptar sus consecuencias. La PGR ya recibió una denuncia sobre estos hechos (presentada por el PRD) y aún no emite su fallo, pero lo cierto es que el actor principal de la novela, Cabal Peniche, está detenido y en vías de extradición a petición del gobierno encabezado por el partido al que apoyó: ¿dónde está la impunidad? Por su parte, el IFE recibió, atendió, analizó y resolvió una queja interpuesta por el propio PRD sobre los mismos hechos. Su veredicto es impopular pero contundente: no hay elementos que prueben la existencia de irregularidades de naturaleza electoral. Lejos de una autoridad electoral sumisa, demostró ser una institución confiable que argumenta jurídicamente, en la que caben posicionamientos e interpretaciones diversas y que hace oídos sordos a los gritos amenazantes de acusadores y acusados. La vocación democrática del IFE no dependía del sentido de su fallo sino del respeto al principio de legalidad. Además su polémica resolución está siendo revisada por el Tribunal Electoral: ¿dónde encaja la falaz acusación del PRD que denuncia pérdida de confianza y credibilidad?, ¿no es éste el mismo partido que hace algunas semanas acusaba al PRI de emprender una campaña de desprestigio contra las instancias electorales federales?

Pero además de la vía penal y de la electoral existe un tercer camino jurídicamente abierto para analizar el caso. A propuesta del PAN (que indiscutiblemente es el partido con mayor visión del derecho) en la Ley de Protección al Ahorro Bancario se estableció un transitorio específico para estos casos: "Si de las auditorías realizadas aparecen operaciones de mutuo o préstamo otorgados por las instituciones auditadas (Grupo Financiero Cremi-Unión entre ellas), cuyos recursos se hayan donado o aportado por los acreditados, directamente o por interpósita persona (supuesto que denuncia el PRD) a entidades de interés público que reciban financiamiento público (partidos políticos) y que por tal motivo hayan generado quebrantos financieros a las instituciones acreditantes, dichas entidades devolverán el monto de las aportaciones de crédito involucradas...". Si los donativos de Cabal encuadran en este supuesto habrá que probarlo y, si es el caso, el PRI tendrá que devolver el dinero. Lo importante es que la declaración de culpabilidad o de inocencia se encuentren fundadas en derecho y sea emitida por la instancia competente. Crear fiscalías especiales y procedimientos ad hoc es una aberración legal.

Lejos de teorías conspirativas, de convicciones personales, de intuiciones colectivas o de intereses políticos debe entenderse que lo que cuenta es el derecho. Acusar a la ligera, pedir castigos sin prueba o sancionar por intuición son actitudes que aterrizan en terreno autoritario por más que se disfracen de ropaje democrático. La fortaleza de nuestras instituciones dependerá de su capacidad para ignorar presiones, para alejarse de las modas y, por supuesto, también para darle la espalda a la corrupción y la complicidad. Esto sólo se logra con la coraza del derecho


Pedro Salazar Ugarte, licenciado en Derecho, es coautor del libro La reforma electoral de 1996 (FCE).

volver a columnas

columnas | sociedad y poder | sic | visitas | correo
publicidad | suscripciones | anteriores | búsquedas | principal