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Entrevista con Nabokov

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Annabel y Lolita
Una niña cerca del mar

Daniel Rodríguez Barrón

Imagine usted a un escritor joven y ligeramente engreído, pues conoce su poder con las palabras y lo ejerce; de buenas a primeras se exilia en un país que en la geografía política lo hace enemigo de su tierra de origen, nació en Rusia y se dirige a Estados Unidos, sin embargo ya ha pasado por Inglaterra y estudiado en esa nación. El joven escritor tiene planes para adoptar la lengua del país que lo ha recibido: gesto pendular que se mueve entre el homenaje y la apropiación. ¿Qué debe hacer para integrarse al medio literario de esa nación ajena pero, ante todo, cómo hacer para enraizar en el imaginario de ciudadanos cuyas costumbres apenas ha visto, pero cuya literatura conoce?

Descubre en sus paseos por la ciudad que el país donde se encuentra es una tierra extremadamente joven, apenas con algunos recuerdos y prácticamente sin raíces; es un país donde la inocencia y la juventud son veneradas de manera enfática y, por ello, sus habitantes se encuentran siempre al borde de la bobería y el escándalo: su juego favorito es asustarse a sí mismos con sus propias acciones. Nabokov, quizá ya sea hora de nombrar al escritor, viene de Rusia, donde la memoria pesa y la historia se encuentra en un perpetuo estado de transformación; en cambio, en Estados Unidos los cambios son tan veloces que apenas y se notan. En Rusia todo aparece con lentitud pero se imprime en las conciencias con la fuerza de una herida; eso es, sólo el dolor tiene ascendente sobre la memoria y Nabokov sabe que la inocencia de ese país necesita una herida, pero también sabe que no la va a consentir de un exiliado, por ello busca en la estrecha memoria literaria de ese país y encuentra a un escritor que ya ha fascinado a otros extranjeros, especialmente a los franceses que lo coronaron como creador de un nuevo romanticismo donde lo bizarro se convertía en elemento esencial para la comprensión de un nuevo medio ambiente como la ciudad y sus laberintos.

No obstante, Nabokov sabe que los franceses, recién salidos del sueño del simbolismo, buscaron -y encontraron para su beneficio- en Edgar Allan Poe al metafísico del horror, al agrimensor del universo como en Euréka -el ensayo de Valéry sobre este texto es ejemplar-, al de los versos pulidos y nerviosos que tradujo Mallarmé; acaso sólo Baudelaire se interesó por las aristas más desgarradoramente vistosas de Poe: le gustó que fuera alcohólico; le gustó que creyera en horrores demoniacos y, sobre todo, le fascinó que Poe construyera personajes patológicos que correspondían y daban legitimidad a los suyos, pero a decir verdad, todo eso estaba fuera de la verdad cotidiana, eran especulaciones hermosas dignas de ser citadas y comentadas en un salón parisino; sólo Nabokov puso atención en lo que fue muy probablemente lo último que escribió Poe: Annabel Lee.

Nabokov debió prestar gran atención al poema y a la vida de Poe, quien se casó con su sobrina que entonces contaba con sólo 13 años de edad, de hecho, se casó dos veces con ella, la primera en forma clandestina y la otra públicamente para que la comunidad intelectual neoyorquina los reconociera como marido y mujer. Es curioso que ningún crítico haya notado el extraordinario parecido entre Lolita y Annabel que comienza desde el primer capítulo; las asombrosas aliteraciones del primer párrafo en Nabokov abren el balcón hacia el campo abierto de una tierra inocente y lista para el rapto: Lolita, light of my life, fire of my loins. My sin, my soul. Lo-lee-ta: the tip of the tongue taking a trip of three steps dawn the palate to rap, at three, at teeth.

Y cuando el narrador se pregunta, a nombre del lector, si Lolita tuvo un precursor -Did she have a precursor?-, Humbert contesta con palabras de Poe que hace muchos años conoció a una niña en un principado cerca del mar -in a princedom by de sea- y se amaron con el amor más puro, tanto que los serafines les tuvieron envidia. ¿Y qué dice Poe?, Poe es más regio, para él el principado era un reino -in a Kingdom by the sea- y asegura que la amada era una niña y él también -She was a child and I was a child- y que los serafines del cielo los envidiaban, sólo que en Nabokov los serafines no sólo eran envidiosos sino también misinformed, simple and envied, es decir, desinformados, simplones y taimados.

Y cuando finalmente Humbert tiene que decir el nombre de la primera niña a la que amó, ya no esperamos otra cosa que el de Annabel, quien muere de tifo -lo cual desarrolla trastornos mentales- en Corfú, que no sólo es un simple reino junto al mar sino también fue un reino múltiple pues perteneció a Atenas, Roma, Turquía, Bizancio, Venecia, Inglaterra y Francia; de todas fue principado. La Annabel de Poe también muere en una isla, sólo que el poeta se queda junto a su tumba esperando su propia muerte, o el regreso de su amada; Humbert, menos romántico, se aleja a un nuevo país para encontrarse a una nueva Annabel, esta vez con el delicioso nombre de Dolores: Lo-lee-ta


Daniel Rodríguez Barrón es ensayista, publica en nexos, "El Semanario" del periódico Novedades y Viceversa, donde es editor.

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