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El maestro de la lectura
Elegir, preferir, regresar al texto

José Carlos Castañeda

Qué significa leer un libro? ¿Cuándo hemos leído un libro? ¿Cuándo se termina de leer un libro? Nadie lo sabe. Nadie tiene una certeza semejante. Leer es un acto interminable e intermitente. La lectura es encuentro con la soledad y un refugio contra la intemperie de la vida, también es una suerte de invocación de los muertos. Leer es una conversación con los difuntos, como quería Quevedo, cuando escribió: "Vivo en conversación con los difuntos/ y escucho con mis ojos a los muertos".

Leer es un acto bastante frecuente y casi nadie se detiene a pensar en las distintas formas de abordar un libro, en las diferentes maneras de leer. Más allá de la primera lectura, falta preguntarse si es necesario aprender a leer una novela. Como lectores, casi nunca nos preguntamos cómo podría leerse. Apenas comenzamos la trama nos atrapa y nos conduce. Simplemente, la leemos y ya. Uno –como dice Calvino– se sienta en un cómodo sofá, abre las pr l gran autor de una estupenda colección de novelas. Es un excepcional lector. Y durante muchos años fue profesor en Wellesley y en Cornell. El era lo que podría llamarse un maestro de lectura. En este quehacer cultural un compatriota suyo también aportó otra dinámica dedicada a recuperar el aliento de la poesía en las universidades estadounidenses. Joseph Brodsky creó y guió un taller de la memoria poética. El propósito era sencillo pero esencial. Se trataba de aprender de memoria algunos poemas. Repetir. Volver a memorizar versos como una forma de cultivar la poesía y educar la mente. Nabokov tenía otro estilo. Aunque buscaba lo mismo: una manera de aprender a leer literariamente, una forma de memoria literaria. Al comienzo de sus lecciones practicaba un examen diagnóstico. Pedía a sus alumnos, en una época sólo alumnas, que contestaran un breve cuestionario para reconocer: ¿cuáles eran las cualidades que definen al lector?, y quiénes eran aún lectores aficionados y quiénes apasionados de la lectura. Su consulta era como sigue:

"Selecciona cuatro respuestas a la pregunta:

¿Qué cualidades debe tener uno para ser un buen lector?

1. Debe pertenecer a un club de lectores.

2. Debe identificarse con el héroe o la heroína.

3. Debe concentrarse en el aspecto socioeconómico.

4. Debe preferir un relato con acción y diálogo a uno sin ellos.

5. Debe haber visto la novela en película.

6. Debe ser un autor embrionario.

7. Debe tener imaginación.

8. Debe tener memoria.

9. Debe tener un diccionario.

10. Debe tener cierto sentido artístico.

La respuesta al cuestionario debía incluir los puntos 7, 8, 9 y 10. Es decir, imaginación, memoria, diccionario y cierto sentido artístico. Según el maestro, esos elementos definían a un buen lector.

El escritor, creía Nabokov, sólo puede existir si primero ha sido un lector implacable. Sin embargo, la tarea de convertirse en lector no es tan simple como parece a la primera lectura. Un lector siempre es un reincidente. Regresa al texto como el culpable al lugar del crimen que lo apasiona y lo desborda. Nunca lo sabe todo, siempre está en busca de una pista que descubra un nuevo enigma, que a su vez restituya al libro el sentido de extrañeza y asombro. "Aunque parezca extraño, decía Nabokov en sus lecciones, los libros no se deben leer: se deben releer".

Leer también significa preferir. Elegir una lectura entre otras. La lectura ordena su propio canon. Harold Bloom ha convertido este dilema en problema radical de El canon occidental. La elección de un libro perfila el espíritu del canon. "El que lee debe elegir, puesto que literalmente no hay tiempo suficiente para leerlo todo, aun cuando uno no hiciera otra cosa todo el día. El magnífico verso de Mallarmé –‘la carne es triste, ay, y ya he leído todos los libros’– se ha convertido en una hipérbole". Leerlo todo es una pasión imposible. Para Nabokov el secreto está en el movimiento de la lectura, una continua reincidencia. Leer es un eterno retorno porque la lectura aspira a la relectura. Su conclusión pareciera despiadada: "Un buen lector, un lector de primera, un lector activo creador, es un relector".

En su concepción de la lectura sugiere una comparación con el espectador de una pintura. El lector nunca tiene la obra en su totalidad ante los ojos, el proceso de la lectura precisa el paso del tiempo. Entramos en el texto lentamente, y para reconocer ese pasaje debemos volver a él, y recrearlo como un todo pleno de sentido. El espectador de una pintura capta la obra en una sola mirada, no hay una dimensión temporal que te separe de la totalidad del cuadro. "Cuando leemos un libro por primera vez, la operación de mover laboriosamente los ojos de izquierda a derecha, línea tras línea, página tras página, actividad que supone un complicado trabajo físico con el libro, el proceso mismo de averiguar en el espacio y en el tiempo de qué se trata, todo esto se interpone entre nosotros y la apreciación artística. Cuando miramos un cuadro, no movemos los ojos de manera especial; ni siquiera cuando como en el caso del libro, el cuadro contiene ciertos elementos de profundidad y desarrollo. El factor tiempo no interviene realmente en un primer contacto con el cuadro. Al leer un libro, en cambio, necesitamos tiempo para familiarizarnos con él. No poseemos ningún órgano físico (como los ojos respecto a la pintura) que abarque el conjunto entero y pueda apreciar luego los detalles. Pero en una segunda, o tercera, o cuarta lectura, nos comportamos con respecto al libro, en cierto modo, de la misma manera que ante un cuadro".

Existen dos tipos de lector de novelas según la clásica distinción de Nabokov. Ambos se dividen según el grado de imaginación que quieren poner en juego. La primera clase contiene sobre todo notas emotivas. Se trata de un lector que concibe el valor de una novela según se siente identificado con la trama o los personajes. Para él, el sentido de la obra se dirime en su capacidad para reconocerse con la historia. El otro modelo de lector busca un distanciamiento de esa primera emoción subjetiva y procura desentrañar el entramado del laberinto narrativo. No se limita a la posición subjetiva del sentimiento y la identificación. Nabokov describe esta disyuntiva cuando compara el sentido de la lectura como un acto de distanciamiento y como ejemplo del lector emocional: "... hay al menos dos clases de imaginación en el caso del lector. Veamos, pues, cuál de las dos es la más idónea para leer un libro. En primer lugar está el tipo, bastante modesto por cierto, que busca apoyo en emociones sencillas y es de naturaleza netamente personal (hay diversas subespecies en este primer apartado de lectura emocional). Sentimos con gran intensidad la situación expuesta en el libro porque nos recuerda algo que nos ha sucedido a nosotros o a alguien a quien conocemos o hemos conocido. O el lector que aprecia el libro sobre todo porque evoca un país, un paisaje, un modo de vivir que él recuerda con nostalgia como parte de su propio pasado. O bien, esto es lo peor que puede hacer el lector, se identifica con uno de los personajes. No es este tipo modesto de imaginación el que yo quisiera que utilizasen los lectores... ¿Cuál es el auténtico instrumento que el lector debe emplear? La imaginación impersonal y la fruición artística. Tiene que establecerse, creo, un equilibrio armonioso y artístico entre la mente de los lectores y la del autor. Debemos mantenernos un poco distantes y gozar de este distanciamiento a la vez que gozamos intensamente –apasionadamente con lágrimas y estremecimientos– de la textura interna de una determinada obra maestra. Por supuesto, es imposible ser completamente objetivo en estas cuestiones. Todo lo que vale la pena es en cierto modo subjetivo... Lo que quiero decir es que el lector debe saber cuándo y dónde refrenar su imaginación; lo hará tratando de dilucidar el mundo específico que el autor pone a su disposición. Tenemos que ver cosas y oír cosas: visualizar las habitaciones, las ropas, los modales de los personajes de un autor"


José Carlos Castañeda es editor de nexos.

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