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Las luchas del Chemo Nunca encontró una mujer acorde con sus necesidades
Mario Bellatín
En un principio el Chemo no supo que la pareja que atendía el bar eran marido y mujer. Le llamaba la atención la energía de ella. En oposición a lo abúlica como se le presentaba la vida de Santos. Durante algún tiempo creyó que Dorila se había casado con Santos por un sentimiento de compasión. Era un pensamiento curioso, pues jamás había creído en los sacrificios de los que pueden ser capaces las mujeres. El Chemo, tan fuerte, nunca encontró una mujer acorde con sus necesidades. Recordaba mujeres que habían estado junto a él, acompañándolo en ciertos momentos. Se acordaba de ellas pero no quería admitir que se hubiese enamorado. El Chemo decía que habían sido sus mujeres por lo que representaba. Por su apariencia, por su fama como luchador. En ese tiempo actuaba en el Coliseo Amauta y llegó, gracias a un acuerdo con los empresarios, a convertirse en el ganador del campeonato. Su triunfo fue una sorpresa, pues los pronósticos del público daban a Blue Demon como seguro campeón. En la gran final, luego de someter a su rival por medio de una doble nelson, Huracán Chemo se atrevió a realizar lo que nunca antes había hecho en público: se quitó la máscara delante de las cámaras de televisión. Esto le sirvió para ser reconocido por los muchachos de las esquinas por las que pasara. Entonces se sentía con la obligación de conversar con la gente y con el deber de hacer una demostración pública de sus principales llaves. Los improvisados espectadores lo alentaban y le pedían sus trucos, sus secretos. El Chemo contestaba que en las luchas no había truco. Que cada enfrentamiento era en serio y que los contrincantes se jugaban la vida. El campeonato que ganó fue el último de alta categoría que se realizó en la ciudad. El dinero que ganó en ese entonces lo gastó con una serie de mujeres que solían acompañar a los luchadores durante los campeonatos. Los más o menos poderosos empresarios que habían organizado el último festival, fueron reemplazados por otros que tenían aspiraciones más modestas. El trabajo como luchador consistió entonces en giras agotadoras por el interior del país de las que muchas veces regresaba con menos dinero que con el que partía. Finalmente, el Chemo se vio obligado a abandonar su carrera por culpa del Loco Cardenal. Eso ocurrió durante uno de los viajes a provincia. Esa gira fue por los pueblos de altura, así que había que luchar despacio, sin agitarse demasiado porque cualquier esfuerzo hacía caer rendidos a los contrincantes y con la cabeza a punto de estallar. Apenas se hacían unas cuantas fintas, algunas llaves sencillas y caía en el acto alguno de los dos luchadores. Esos trucos, a veces, según el pueblo en el que se presentaran, enfurecían al público, que se quedaba con ganas de ver una auténtica pelea. Una de las manifestaciones del público fue lo que exaltó al Loco Cardenal, uno de los pocos que tomaban en serio su trabajo. Entonces, a pesar de haberse puesto de acuerdo antes de la pelea el Loco Cardenal arremetió en el momento en que el público comenzaba a pifiar al Chemo. Fue tan brutal el puntapié que le estrelló contra la pierna, que el Chemo quedó desmayado unos instantes. Era la primera vez dentro de la compañía que uno de los luchadores recibía un verdadero golpe. Sacaron al herido arrastrando fuera del cuadrilátero. Nadie reparó en que tenía la pierna partida en dos. Sólo lo supieron cuando después de una hora el empresario vio que algo extraño ocurría con aquel luchador que se retorcía de dolor. El Chemo estaba acostado al lado de la cortina que servía de vestuario. En el pueblo no había médico. Unicamente se le pudo conseguir un par de analgésicos y sólo al mediodía siguiente pudieron trasladarlo a la ciudad más cercana. Luego de un viaje de más de diez horas en un destartalado autobús se le pudo internar en un hospital. Trataron de recomponerle la pierna, le colocaron un yeso que no habría de sacarse en los siguientes tres años. Lo mandaron a la calle luego de un internamiento de diez días. Cuando salió, la compañía de luchadores ya había partido. El empresario le había dejado el dinero justo para su pasaje de regreso. Tuvo entonces que ponerse de acuerdo con un médico y una enfermera para escapar del hospital sin pagar los gastos que demandó su recuperación. Cuando regresó a la ciudad capital no tuvo a quien recurrir. No quería saber nada del empresario ni tampoco de sus antiguos compañeros de lucha. Después de abandonar la estación de autobuses, empezó a andar sin saber adónde ir. En esa caminata se topó con la cantina de Don Santos. El Chemo sintió sed y entró. Dorila, la dueña del local, lo miró detenidamente y no le gustó aquel hombre con la pierna mal. Creyó que buscaba trabajo y quiso ser justa dándole la oportunidad como a cualquiera. Se le acercó y le dijo que lo probaría así no estuviese capacitado. El Chemo comprendió que la mujer necesitaba un empleado y se esmeró en cumplir con las pruebas que le fueron poniendo. Detrás del mostrador Santos miraba sin dar muestras ni de entusiasmo ni de desaprobación. Veía allí apostado cómo Dorila le daba una escoba y lo hacía barrer. Cómo le alcanzaba un balde para que aseara el baño. El Chemo se esforzaba, cojeando, dándose impulso con su pequeña muleta y reprimiendo con la boca apretada el dolor que le ocasionaba el esfuerzo. Dorila veía que del cuerpo de aquel hombre emanaba un aire de fidelidad y esto fue lo que la hizo decidirse. Luego de la demostración, que el Chemo cumplió con dignidad a pesar de lo disminuido como se encontraba, Dorila le hizo tres preguntas y luego lo contrató (continuará)
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