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Cárdenas y el PT
Alzan la mano de quien los acusó de oportunistas

Pedro Salazar Ugarte

El pragmático no tiene memoria, ideología que lo limite o causa que lo oriente. Se guía por el olfato de la codicia, por el brillo deslumbrante de la ambición. No hay enemigo o adversario eterno, tampoco hay amistades que superen toda pretensión. Todo, absolutamente todo, es susceptible de mudanza. El discurso es masa suave que se amolda a las circunstancias y los pactos se tejen en todas direcciones. El pudor ante la contradicción es sinónimo de miopía y la coherencia es moneda de cambio por el éxito. El pragmático es un cajón sin contenido, un molusco que vive de la indefinición y se nutre de la inconsistencia. Un rostro para cada coyuntura, un compromiso para cada auditorio, una posición según la ocasión. El único proyecto que parece respetarse es el que está plasmado en la agenda personal. No es maquiavelismo, es una mala imitación que carece de ciencia y arte; en castellano se llama oportunismo.

Ante la estrepitosa caída en las preferencias electorales, el surgimiento de nuevas opciones partidarias (se espera que en los próximos días obtengan su registro seis flamantes partidos) y la ausencia de un verdadero trabajo político que justifique su presencia en el mundo partidista, el PT ha recurrido a una alianza que sólo se explica bajo el argumento pragmático. Postular a Cárdenas como su candidato es un acto de incongruencia y desmemoria que no tiene parangón. Las carretadas de lodo que, durante años, les dejó caer encima el líder perredista han sido olvidadas por los dirigentes del Partido del Trabajo, en aras de la supervivencia. Narro y Anaya alzan las manos del hombre que los acusó de salinistas, de corruptos y, paradójicamente, de oportunistas. Venden el alma a cambio de salvar el cuerpo y, para colmo, al hacerlo traicionan los proyectos de una supuesta alianza opositora que, si bien no parecía tener futuro, era fruto de un pacto del que los dirigentes petistas eran promotores protagónicos. Olvidan el pasado y, de paso, sablean de la mano del ingeniero un acuerdo al que le apostaron partidos, grupos y personajes de oposición. Una dosis de traición y otra de amnesia: puro pragmatismo.

Pero el pragmático mayor es el personaje que aparece en el centro de la historia. Cárdenas madruga a Muñoz Ledo, evidencia la inviabilidad de la supuesta alianza opositora y se burla de las instancias de decisión de su partido. Todo de la mano de los que, según sus propios dichos, eran criaturas del "hermano incómodo". Olvida, absuelve y golpea. El PRD todavía no ha definido a su nueva dirigencia y el ingeniero ya tejió una alianza con el Partido del Trabajo. Si algún ingenuo llegó a pensar que en ese partido cabía la competencia, el señor Cárdenas se encargó de desmentirlo. No sólo aseguró una postulación para el 2000 sino que sentó las bases para una coalición total con el PT. Dado que no existe la posibilidad de presentar "candidaturas comunes", el partido del sol azteca, a juzgar por la movida del ingeniero, compartirá con la estructura del Partido del Trabajo los 500 candidatos a diputados y todas las fórmulas de aspirantes al Senado. Por si fuera poco, los viejos enemigos presentarán los mismos estatutos, programa de acción y declaración de principios. Ahora resulta que el PRD y PT persiguen lo mismo, proponen lo mismo y son lo mismo.

Es ofensivo para los simpatizantes del PRD el descaro con el cual el jefe de gobierno de la capital orienta las decisiones de su partido. Según la ley y los estatutos del propio partido una coalición como la que se anuncia debe ser aprobada por los órganos de dirección de dicho instituto político. Sin embargo, lo que hace Cárdenas supone una línea de decisión preconcebida. A los dirigentes del PRD sólo les quedará avalar los compromisos que adquirió su líder moral. No hay hoja que se mueva sin la venia cardenista ni acción que se ejecute sin su consentimiento. Con esta estrategia el único que gana es el ingeniero y, por supuesto, los líderes petistas. Cárdenas saca de la jugada a Muñoz Ledo y termina de enterrar la retórica propuesta, que él mismo puso sobre la mesa, de las primarias opositoras. El PT asegura unos cuantos diputados, dos o tres senadurías y, lo más importante, el registro que le garantizará prerrogativas. El PRD, en esta jugada, no figura: es el pasivo paquidermo que espera ser montado por su dueño.

Paradojas de la vida: mientras el PRI se corre hacia el discurso democrático, el PRD se apura en adoptar la disciplina vertical que tanto criticaron al priismo. La necesidad hizo cambiar al PRI, mientras el mesianismo termina de definir al PRD. Como están las cosas, el único partido que pondrá en juego la candidatura presidencial es el que representaba la historia del autoritarismo. En el PAN, que cuenta con procedimientos democráticos indudables, parece que estrenarán la figura del "candidato de unidad"; en el PRD (con el aliento y el respaldo petista) repetirán el ritual, el discurso y al candidato, mientras que en el PRI optarán por la elección abierta. En río revuelto, ganancia de pescadores: como en un cuadro surrealista, el PRI se presentará como el estereotipo de la modernidad y de la democracia.

La política es acción, adaptación y habilidad, lo que no debe confundirse con el mero oportunismo. La alianza Cárdenas-PT se aleja de lo primero y se inserta en el centro de lo segundo. Madrugar a los de tu propio equipo como lo hizo Cárdenas, desconociendo procedimientos, instancias y plazos es, por decir lo menos, desaseado. Formarte detrás del que te ha acusado de tramposo es, por decir lo menos, indigno. Creo que ni los militantes del PRD ni los escasos simpatizantes del PT merecen el desprecio que ambas actitudes suponen


Pedro Salazar Ugarte, licenciado en Derecho, es coautor del libro La reforma electoral de 1996 (FCE).

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