el país el mundo dinero águila y sol
medios ciberia gente mañana
tianguis libros cultura espectáculos
dinero

cuentas claras

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Malas buenas noticias

Ricardo Becerra

Es un consenso entre los economistas: los últimos meses de 1998 y hasta mayo de 1999, muestran ya a una economía mexicana "desacelerada", es decir, una economía que no deja de crecer, pero lo hace a ritmos sensiblemente menores que en el periodo previo, ¿es esto una mala noticia?

Una primera respuesta es sí, porque un menor crecimiento, evidentemente, significa casi siempre menor inversión, menor generación de riqueza y de empleos. Durante todo 1997 crecimos 6.8% (una cifra espectacular y envidiable para cualquier país del mundo en este tiempo) pero en 1998 crecimos sólo a 4.8% (dejamos de crecer casi una tercera parte del año previo). ¿La razón?, aumento drástico en las tasas de interés, decisión gubernamental de "enfriar" la economía, miedo, menor gasto público y un adverso escenario internacional.

Pero resulta que el crecimiento de la economía mexicana de los dos últimos años estaba desplegándose a costa de una gran hinchazón: estaba generando un déficit muy pronunciado en la cuenta corriente. En otras palabras: el crecimiento estaba desafiando a la estabilidad de una variable clave.

Es uno de los problemas típicos y crónicos de la economía nacional: debe demasiado, compra demasiado del exterior, porque muchos de los productos y recursos que consume no los encuentra en el mercado interno. Así que mientras más crecemos, también crece nuestra necesidad de dólares; más recurrimos a los mercados externos, compramos más de lo que vendemos; y eso, típicamente, crea un déficit en cuenta corriente. Es una de las explicaciones esenciales de la crisis de 1994-1995: casi 30 mil millones de dólares de déficit externo.

Fue una de las fallas cruciales del "modelo" salinista: dijeron que un déficit en cuenta corriente era deseable, que era expresión de una economía sana, creciente, que lo verdaderamente importante era el equilibrio en las cuentas del Estado. Como se suponía que el gobierno llevaba a cabo las políticas adecuadas, inspiraba confianza y atraía inversión extranjera, es decir, atraía los dólares necesarios para sostener el déficit. Pero no: la teoría del "déficit benigno" se derrumbó estrepitosamente en 1994: a pesar de la disciplina en las finanzas públicas, a pesar de la reputación del gobierno de Salinas, el tamaño del déficit (6% del PIB) fue suficiente para engendrar nerviosismo: los capitales no estuvieron dispuestos a seguir en una economía con esa tremenda hinchazón macroeconómica.

Así que la administración de Zedillo ha puesto amarres adicionales a este problema. Con todo, en 1998 la cosa ya era de llamar la atención: llegó a 15.8 mil millones de dólares. Era un déficit que duplicaba al de 1997. Si el crecimiento seguía con el mismo ritmo, volvería a colocar nuestra economía en el precipicio cíclico de la crisis sexenal. Por eso la "desaceleración" tiene su lado positivo: en 1999 creceremos a un ritmo de 2%, como una receta que desinflama la tremenda deformación en la cuenta corriente.

Si usted tomara las decisiones económicas, ¿apostaría por un déficit mayor a cambio de seguir un elevado crecimiento?, ¿haría lo mismo que Salinas y Aspe? He ahí otro de los dilemas claves de nuestra economía política


Ricardo Becerra estudió Economía en la UNAM.

columnas | sociedad y poder | sic | visitas | correo
publicidad | suscripciones | anteriores | búsquedas | principal