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La frontera conflictiva
No puede existir sino en función de la sociedad

Carlos Castillo Peraza

México tiene una herida en su frontera norte. De algún modo fue y sigue siendo ese un punto de referencia para delimitar las aspiraciones nuestras aunque, justamente, lleguen a ser la retórica nacionalista y el mito antiyanqui obstáculos importantes para mirar nuestra ineludible posición geográfica con inteligencia y creatividad y, así, establecer lazos que impulsen el desarrollo económico mexicano como ocurrió con la firma del Tratado de Libre Comercio.

 

Frontera" es palabra que nos remite a una línea. A una raya de la cual no se puede pasar. A un trazo que separa a quienes, con él de por medio, quedan "frente a frente", enfrentados, confrontados. A dos filas de tanques de guerra cuyos cañones casi se besan amenazantes: la frontera es "el frente". Así lo es en todas las lenguas latinas: frontiera, frontière, fronteira. También en la inglesa, para la cual border es sinónimo de frontier. En la alemana, grenzen no es lo mismo, pero para decir "ciudad fronteriza" se usa la expresión gegenüberliegend que incluye los términos "contra", "sobre" y "encontrarse", es decir, algo que tiene las características de estar encima y contra o frente a algo.

"Frontera" no es nada más la línea que separa a los que están frente a frente. Es asimismo, o puede ser también, una zona más o menos amplia de cada lado de esa raya. Vivir en la frontera no equivale a estar exactamente sobre la línea, sino en un área cercana a la línea. Ser del sur de Texas es ser fronterizo. Ser del norte de Chihuahua también. Para ser de frontera, en ambos casos, no hay que tener casa palafítica sobre el río Bravo. En este sentido, para los países iberoamericanos que no sé si todavía creen en Jesucristo pero que seguramente hablan español, México es la frontera con Estados Unidos. En cambio, para los mexicanos, fronterizos son los bajacalifornianos, los sonorenses, los coahuilenses, los chihuahuenses, los nuevoleoneses y los tamaulipecos. No todos, empero, sino los que habitan la parte más septentrional de los estados de Baja California Nuevo León y Tamaulipas.

¿Cómo se ve la frontera de uno y del otro lado del río Bravo? Del lado norte, si bien hoy ya no puede hablarse de voluntad política expansionista, la palabra "frontera" sirvió para declarar hasta dónde se había llegado y qué era lo que había que conquistar. El Far West de Estados Unidos fue "frontera" en ese sentido para los estadounidenses. También, durante varios siglos, la frontera con México fue para ellos la invitación a avanzar hacia el sur, como, de hecho, lo hicieron en detrimento de mi país, que perdió a mediados del siglo pasado casi la mitad de su territorio a manos de sus vecinos norteños. La ventaja, el consuelo o la salvación de México fue, como lo ha demostrado Alejandro Sobarzo,1 que un generoso diplomático estadounidense –Nicholas Philip Trist, esposo de una de las nietas de Thomas Jefferson–, impidió que después de la guerra de 1847 sus paisanos llegaran más lejos, a riesgo de su futuro político personal y con base en lo que llamó "la vergüenza que yo sentía como norteamericano". Trist hizo lo que pudo para que la frontera quedara donde está hoy, y no más al sur, como lo pretendía su gobierno y al parecer estaba dispuesto a aceptar el de México.

También fueron estadounidenses los legisladores que resistieron los intentos de soborno perpetrados por el yerno de Benito Juárez, con los que el gobierno de éste trató de lograr los votos necesarios para, a cambio de dinero, ceder a Estados Unidos el Istmo de Tehuantepec.2 Cabe señalar que esta vez no fue cosa de "vergüenza" ni de anorexia territorial, sino de los pleitos internos estadounidenses que precedieron a la guerra de secesión. Todavía en 1914, los marinos estadounidenses asaltaron el puerto de Veracruz.

Así que México tiene, en su frontera norte, una herida. Pero a los mexicanos poco o nada se nos enseña ni recuerda hasta qué punto intervinieron mexicanos para abrirla. De aquí que, desde el sur, la frontera sea vista como algo qué defender, aunque sea a gritos, porque de otro modo nunca se ha podido. Tener de vecino septentrional a quien tenemos (primera y casi única potencia mundial en los días que corren) es visto por nosotros –así se enseña en las escuelas y hasta en los murales– como una desgracia y como una amenaza. De algún modo, efectivamente lo fue y sigue siéndolo pero lo mitológico supera a lo real. Si para alguien fue escrita la frase del himno nacional acerca del "extraño enemigo" que puede "profanar con sus plantas tu suelo", fue para los estadounidenses. También para los franceses, pero no tanto. Y en nada para guatemaltecos ni para brasileños. Nuestro indigenismo es sobre todo antiespañol, no antiyanqui. Nuestro antiyanquismo no es indigenista. Frente a España nos hacen proclamar que somos indios puros, nación indígena, lo que es falso. Frente a Estados Unidos el personaje mexicano es "la nación" que no sólo es indígena, sino que incluye a mestizos y criollos. A todos.

Lo curioso es que el indigenismo oficial tenga como uno de sus paradigmas al "indio Juárez", precisamente quien hizo todo para entregarle una buena parte del territorio mexicano a Washington. De allí la esquizofrenia de nuestro antiyanquismo. Tiene fundamento in re, como dirían los escolásticos, pero no sólo in re noramericana. También in re mexicana. Ellos querían ampliar su frontera. Y mexicanos fueron quienes se lo habrían facilitado si no hubiera habido un Nicholas Philip Trist avergonzado en 1847 y un Congreso en conflicto en 1853.

Culturalmente, lo más probable es que el indigenismo antiespañol haya sido muy útil a Washington y al régimen mexicano: nos deja ver hasta qué punto nuestros indios más venerados y utilizados ad intra fueron sumisos a los diseños estadounidenses, y nos deja frente a Estados Unidos virtualmente en cueros, porque quien niega una de sus partes esenciales es nadie y, en la historia, lo único que puede hacer nadie frente a un vecino poderoso es nada. Si al sur de la frontera norte sólo hay indígenas e indigenismo, lo único que nos puede salvar es la compasión ruborizada de los Trist o el conflicto interno de los WASP (White, Anglosaxons, Protestants).

Fue un nada avergonzado embajador estadounidense quien ayudó a Victoriano Huerta a deponer a Francisco I. Madero. También fue de allí que vino el auxilio al abuelo del PRI –fundado por Plutarco Elías Calles, bajo la influencia de otro embajador estadounidense– para hacer abortar a fraude, sangre y fuego el esfuerzo democrático de José Vasconcelos en 1929. De aquí en adelante, la retórica nacionalista y antiyanqui de los gobiernos mexicanos sólo fue eso. Se entiende. Sólo con tal antiyanquismo verbal podían salvarse las apariencias, y conseguir un mayor margen de acción frente al coloso norteño.

Durante la "guerra fría", el gobierno mexicano accedió al privilegio –único en Iberoamérica– de estar bien con rusos y estadounidenses. Aquéllos lo protegieron mal que bien de clandestinidades armadas a cambio de garantizar a sus peones más meridionales, sur y centroamericanos (tupamaros, sandinistas, farabundos, etcétera) un santuario político. Los estadounidenses, con el patio en calma, ayudaron a mantener al régimen priista y a que éste consiguiera sus años de "desarrollo estabilizador", cada vez más estatista, populista, proteccionista y antidemocrático. No iba a ser Moscú el que diera aureola democrática y protección a los derechos humanos y políticos a los ciudadanos que el gobierno acosaba, perseguía o masacraba ni a los que les robaba las elecciones. Tampoco Washington. Y, ¿por qué no decirlo?, tampoco Europa: el gobierno del PRI había recibido generosamente a las víctimas del franquismo y a las de las dictaduras militares lo que –sumado a su participación del lado de las "democracias" en la Segunda Guerra Mundial– le garantizaba el beneplácito y la complicidad de todos los demócratas –de izquierda o de derecha– en el mundo entero. La lucha del Partido Acción Nacional, de 1939 a 1989, no tuvo eco en el ámbito internacional. El gobierno y su partido monopolizaban el espacio externo y permitían a la "izquierda" relacionarse con sus colegas extranjeros. Los panistas que intentaban romper este cerco casi siempre eran acusados de "traición a la patria".

El revolucionarismo que emanó de la entrada de Fidel Castro en La Habana (1959), casi un siglo después de Trist y de los enredos del Senado estadounidense, le dio el camuflaje ideal a las veleidades de nuestros héroes oficiales, tan sumisos a Washington tanto en la Reforma cuanto en la revolución mexicana. Fidel salvó a Juárez y al PRI: los puso del lado de "los buenos" y purificó el tan turbio cuan exacerbado nacionalismo que los niños mexicanos beben desde la primaria. Nos convertimos, en la historia y la literatura de Estado, en los heroicos defensores de una frontera que nuestros héroes hicieron bajar hacia el sur tanto como quisieron los apenados o ensimismados vecinos.

En la realidad, los mexicanos no oficiales sino comunes y corrientes, compaginamos la realidad y el mito del vecino amenazante con la realidad pura del vecino cuyo modo de vida queríamos para nosotros. También aprendimos a ver la frontera como la raya que había que cruzar para tener el trabajo inencontrable en la patria. Los que la cruzaron, además, encontraron allende ésta apellidos como los suyos, nombres de ciudades como las suyas, tradiciones como las suyas. Pero también escuelas mejores que las suyas, hospitales mejores que los suyos, tiendas mejores que las suyas, calles mejores que las suyas, empresas mejores que las suyas, salarios mejores que los suyos… La tierra odiada se volvía tierra de promisión y operaba –opera hasta la fecha– como el único seguro de desempleo para los mexicanos.

Terminado el "socialismo real", terminó también el sistema de la doble protección y comenzaron para el régimen mexicano los que ojalá no lleguen a ser cien años de soledad. El gobierno mexicano tuvo que empezar a aprender a vivir a la intemperie política y económica. No podía seguirse robando cínicamente las elecciones, porque ya no podía invocar la necesidad de controlar todo el poder para evitar el comunismo. Tampoco podía seguir imprimiendo billetes para controlar todo el poder ni cerrar las fronteras al comercio en nombre de nada. Fue entonces que llegó a la Presidencia de la República, en condiciones nada favorables de legitimidad democrática, Carlos Salinas de Gortari. Este abrió fronteras a productos –demasiado rápido y demasiado amplias– antes de firmar el Tratado de Libre Comercio. Después lo firmó. Su predecesor Miguel de la Madrid había comenzado a poner en orden y en mercado la economía mexicana, pero no se atrevió a abrir la política. Salinas abrió casi totalmente la economía e inició la apertura política. Hacia Estados Unidos, este Presidente dejó de lado la retórica nacionalista y decidió hablar de los problemas comunes: el de los mexicanos que cruzan la frontera y el de las mercancías, bienes y servicios que deberían cruzarla.

La apertura política, empero, suscitó la crítica a la apertura económica desde la perspectiva de las supuestas bondades de la vieja cerrazón económica. El "extraño enemigo" revivió bajo las especies del "neoliberalismo", la "pérdida de la soberanía", la "invasión cultural estadounidense" y otros demonios menores pero igualmente necesarios y convenientes para justificar el retorno al pasado. El TLC nos obligaba a tirar las máscaras que tan buenos servicios políticos y económicos prestaron al poder público y a sus socios en el ayer. Hoy crece la nostalgia por aquellos antifaces. Otra vez, con fundamento in re, pues la forma y ritmo en que se abrieron todas las fronteras al comercio –indiscriminada, abruptamente y sin mecanismos de compensación al menos semejantes a los europeos– deshicieron una buena parte de las pequeñas y medianas empresas, arrojaron al desempleo a millones de mexicanos y generaron caída de salarios y pobreza graves. Además, es casi una ley de la historia que, cuanto más se avanza hacia un bien, más insoportable se vuelve lo que falta por conseguir.

De allí la tendencia a hacer retroceder el reloj. Para el viejo PRI y para su versión más conocida –el PRD, pedestal de Cuauhtémoc Cárdenas, hijo del "revolucionario mexicano por excelencia", Lázaro– la edad de oro está en el pasado. De allí, asimismo, los eslógans para justificarla. Y la eficacia política de éstos. Son el leitmotiv de dinosaurios políticos de toda especie, de empresarios que temen a la competencia y suspiran por el proteccionismo, de "líderes" que bajo esas premisas reinaban sin trabas y de todos los que bajo el presidencialismo populista, estatista y de partido de Estado, o casi único y hegemónico –funcional en tiempos de guerra fría– hicieron su agosto de un lado de la frontera y su septiembre del otro. El regreso se anuncia ahora como avance, propiciando el olvido de las consecuencias del viejo régimen y prometiendo el oro y el moro a quienes de algún modo, por pobreza o depauperación, llegaron a escribir en las paredes: "Estamos cansados de realidades, exigimos una promesa". No debe olvidarse que con tales promesas ganaron sus elecciones en Venezuela Carlos Andrés Pérez, Rafael Caldera y Hugo Chávez, a pesar de que ninguno de los dos primeros pudo cumplirlas y, por el contrario, llevaron a Venezuela a situaciones cada vez más injustas y deterioradas. Las más recientes andanzas de Hugo Chávez no dan para optimismos en la materia.

Sin embargo, algunas de las cifras y los hechos mexicanos no son materia prima para justificar pesimismos ni impulsos al retroceso.

En lo que atañe a la "penetración cultural", yo tendría más miedo a ésta si fuera blanco, anglosajón y protestante en Estados Unidos. Es una realidad más que visible que a 200 kilómetros al norte de la frontera, pocas cosas puede hacer quien no hable esa lengua que en Iberoamérica conocemos como "español" y sólo en España llaman "castellano". Esto es cierto tanto en economía como en política. Contrario sensu, ningún político mexicano tiene que hablar inglés para ganar una elección. Y eso que a los estadounidenses les gustan más las lenguas indígenas que el español, pues preferirían vérselas con dos centenas de tribus dispersas dentro de su territorio –controlables localmente– que con un compacto electorado hispano.

El muralismo urbano es, en Estados Unidos, una expresión de la memoria, los símbolos y los mitos mexicanos. Es difícil encontrar en el centro histórico de Los Angeles un rubio angloparlante, una hamburguesa o un hot dog. Está lleno de chicanos, de "taquerías", de tiendas donde se venden "ropones de bautizo" o "vestidos para quince años". La empresa mexicana Maseca produce allá 52 millones de tortillas al día. Desde hace cinco años, la producción estadounidense de salsa picante es superior a la de catsup. La cerveza mexicana y el tequila son preferidos a sus análogos yanquis. La radio y la televisión están organizadas para transmitir programas y publicidad para latinos. Hay cientos de periódicos locales en español. Televisa compite con CNN. Si no estoy mal informado, entre 65 y 75 de cada 100 jóvenes que se preparan para el sacerdocio o para la vida religiosa católicos tienen apellido español. El deporte estadounidense por excelencia –el base ball– cuenta con hispanos entre sus mejores exponentes. El rock tiene hoy expresiones famosas en nuestra lengua. No hay templo católico estadounidense, en la frontera entendida como zona e incluso más allá, en Chicago, Washington o Nueva York, sin imagen de la virgen de Guadalupe, y es bajo estandartes con esa imagen que desfilan frente al Capitolio los manifestantes contra la legalización del aborto o en favor de los indocumentados.

La apertura comercial y financiera, a pesar de lo que puede y debe criticársele fundamentalmente a los negociadores mexicanos del TLC, ha permitido el crecimiento y la expansión de un grupo cada vez más numeroso y exitoso de empresas mexicanas el acceso al globo. Cementos Mexicanos es hoy propietaria de La Valenciana y de casi todas las mayores cementeras de Indonesia y Filipinas. Pulsar provee más de 30% de la demanda mundial de semillas. La Cervecería Modelo exporta a todo el mundo. Televisa vende programas a 108 países. Bimbo es la mayor empresa iberoamericana en el ramo alimenticio.

Hoy, las exportaciones mexicanas no petroleras son significativamente mayores que las de crudo, lo que ha convertido al monopolio estatal Pemex en algo muy curioso: cada vez que baja el precio internacional del petróleo, sube en México el de las gasolinas, lo que prueba que esta paraestatal compensa contra los mexicanos lo que pierde en el exterior y que se trata de una especie de caja fuerte del Estado y no de una empresa de beneficio social.

De todos modos, puede afirmarse que "la vulnerabilidad estratégica final de México es su vulnerabilidad más vieja: la desigualdad. El telón de fondo de buena parte de nuestros errores y de nuestras crisis es el de los niveles excesivos e inmanejables de desigualdad que arrastra y reproduce el país".3 A este respecto, empero, bien puede asegurarse que "las reformas modernizadoras de la economía no sólo están en el rumbo correcto, en el rumbo del cambio mundial, sino que además han encontrado su nicho práctico, una alianza estratégica con el TLC. No es sólo un tratado de comercio, es también un paraguas de alianza económica estratégica". Además, "los enganches fundamentales están dados con las oportunidades comerciales y tecnológicas de América del Norte. Una red de protección que usamos mal pero que llegó antes del desastre total, por ejemplo, en la crisis financiera del 95 y el rescate sin precedentes de Clinton. Hay una red de protección". Finalmente, "el vigor de la economía exportadora, la reforma comercial y la apertura de la economía" se muestra con las cifras siguientes: el valor de las exportaciones pasó, entre 1987 y 1995, de 27 mil millones a 96 mil millones y, durante 1998, México exportó 117 mil 500 millones de dólares. Esta cantidad es mayor de la que lograron, juntos, Argentina, Chile y Brasil. Así, "hay un claro dinamismo de la zona triunfadora y modernizadora de la economía, no sólo la exportadora. Una red de competidores de primer mundo con un horizonte de posibilidades extraordinario".4

En este ámbito, "no es de significación menor el hecho de que, a pesar de las crisis (petrolera, asiática, rusa y brasileña), los datos de la economía mexicana son alentadores o cuando menos no son lo catastróficos que se supuso serían. Comparando los efectos de la crisis de 1986 –que fue petrolera, pero no asiática ni rusa ni brasileña, y que dejó los precios del crudo más arriba de lo que ahora quedaron– tenemos los siguientes datos: en el 86 el PIB descendió por abajo de cero, a -3.1%, en tanto que en 1998 el PIB logró mantenerse en positivo: 4.9%; la inversión privada que en 1986 se desplomó a -10.3%, en 98 alcanzó un crecimiento de 17.2%; la inflación que se empinó en 86 hasta 105.7%, en 98 fue contenida en 18.6% y así sucesivamente. Ningún cliente de banco se topó –como en Indonesia– con que su dinero ya no existía. No hubo violencia callejera. Parece que, en materia de clandestinidad armada, la seducción inicial de los alzados de Chiapas ha ido perdiendo impacto y aura. Los cauces de la acción social y política, así como los del recurso a las instituciones de justicia, son cada día más y mejor transitados. La lógica moderna de la participación organizada parece imponerse sobre la vieja lógica del movimiento agresivo, transgresor de la ley, que encontraba en la impunidad la palanca de sus éxitos y el engrane principal de sus mecanismos de control político. La sociedad es cada día más consciente de que la corrupción y el crimen organizado no deben apoderarse de ella ni del Estado.

"Todo lo anterior permite asegurar, aunque sea con cautela, que, si bien no estamos en el cielo del desarrollo y de la justicia, sí hay con qué afrontar las tormentas económicas exteriores e internas. Ni al más pesimista de los mexicanos se le ocurriría decir que el país está petrolizado. Quizá lo estén las finanzas públicas pero no la economía en su conjunto… Se pueden corregir errores o deficiencias de lo hecho, pero lo realizado ya está rindiendo frutos: en 1986 la crisis produjo la pérdida de 163 mil empleos; en 1998, con todo y crisis, nacieron 942 mil puestos de trabajo. Quedan sin duda no pocas deudas sociales por pagar, pero lo importante es que comienza a haber condiciones para generar los recursos que permitan ir cubriendo ese importante, cruel y corrosivo quebranto."5

El director del Centro de Investigación para el Desarrollo, Luis Rubio,6 afirma que en tanto que México es un país sumamente rico en sus "fortalezas naturales, es particularmente pobre en el desarrollo de fortalezas artificiales". Luego explica así lo que llama "una de las paradojas" del momento actual de México, en relación con el TLC, la apertura mexicana y la frontera con el norte:

"… (Quizá) la mayor fortaleza con que cuenta la economía mexicana reside en el Tratado de Libre Comercio… Se trata de una creación humana, no de una ventaja natural que resume las debilidades que el país enfrenta: el tratado crea un marco institucional, desarrolla instrumentos legales para la inversión y el comercio y genera certidumbre. No es casualidad que la abrumadora mayoría de lo que funciona bien en el país esté vinculado con el tratado. El éxito rotundo de este instrumento evidencia que la capacidad de crecimento de la economía mexicana es literalmente infinita; lo que la limita es la ausencia de condiciones apropiadas para atraer y hace prosperar la inversión y el ahorro.

"La economía mexicana muestra un desempeño sumamente contrastante. Algunas empresas, regiones y sectores han logrado avances notables, pero otros han sufrido gravemente. Lo importante es menos el balance de lo anterior que reconocer que la capacidad de transformación de la planta productiva es verdaderamente extraordinario. La parte que se ha modernizado lo ha hecho porque cuenta con condiciones propicias para hacerlo. Quizá la mayor de nuestras debilidades reside en la incapacidad colectiva de comprender esta lección tan singular."7

El TLC ha modificado la frontera conflictiva. Esa que en efecto lo ha sido y lo es porque sobre ella tratan de saltar las víctimas de las debilidades mexicanas, es también la que, convertida en otra cosa por el TLC –Vitoria enseñó que entre el fuerte y el débil lo que libera es la ley–, abre nuevos y promisorios caminos para México. Un país que tiene cómo y por qué dejar atrás el pasado y todas sus horribles máscaras de las que tanto escribiera Octavio Paz. Una de éstas es, sin duda, la que oculta o trata de ocultar que esa realidad bárbara y poco humana que es el globo –el de la técnica, la información, los flujos financieros, el narcotráfico y otros males que circulan devastadoramente porque no están sujetos al derecho–, puede, con esfuerzo humano jurídico y político, convertirse en mundo, es decir, globo de y para los hombres, como lo intuyeron y pensaron los grandes teóricos españoles del derecho internacional en la Salamanca del siglo XVI, donde Vitoria enseñó: totus orbis quo aliquodo modo est una republica.8 Los acuerdos, los tratados, las leyes, entre los países, globalizan la política, humanizan al globo, hacen justa la globalización. El TLC no es perfecto –le faltan, entre otros elementos, los relativos al tránsito de trabajadores y a las redes de protección social para éstos– pero es menos malo que una frontera en la que manda el más fuerte y en la que la suerte del débil queda a la merced de la avergonzada piedad –como la de Trist, en 1847– o a la de los conflictos internos –como los del Senado, en 1853– del más poderoso. El TLC vigente es un buen paso, pero no puede ser el único ni debe ser el último


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Notas

1 Véase el estupendo libro de este político y diplomático mexicano titulado Deber y conciencia: Nicolás Trist, el negociador norteamericano en la guerra del 47, México, Diana, 1990.
2 José Fuentes Mares, Juárez, los Estados Unidos y Europa, México, Grijalbo, 1983.
3 Héctor Aguilar Camín, "El México vulnerable", nexos, núm. 255, marzo de 1999. En el número que se cita de esta revista se publican textos de este autor, así como de Luis Rubio y Carlos Castillo Peraza bajo el título general "¿Por dónde se puede desgajar México?". Se trata de las intervenciones de los tres en un panel que reunió a empresarios y ejecutivos mexicanos y extranjeros en la ciudad de México.
4 Ibid.
5 Carlos Castillo Peraza, "Fortalezas internas y externas", nexos, núm. 225, marzo de 1999.
6 "La economía vulnerable y sus opciones", nexos, núm. 225, marzo de 1999.
7 Ibid.
8 De potestate civili, 21.

 

Carlos Castillo Peraza es periodista.

Ponencia presentada por el autor en el seminario "Las fronteras conflictivas de la hispanidad", efectuado en Madrid, España, el 12 de abril de 1999, bajo el patrocinio de la Fundación para el Análisis y los Estudios Sociales (FAES).

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