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María Cristina Rosas
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Cumbre sin agenda Gloria Abella
Más allá de la conocida retórica acerca de los temas recurrentes en cualquiera de los foros que convocan los presidentes latinoamericanos y dejando para el anecdotario las siempre célebres frases de Carlos Menem o el protagonismo de Hugo Chávez, los resultados de la XIII Cumbre del Grupo de Río, celebrada en la ciudad de México, deben leerse entre líneas. Sin agenda de discusión, sin declaraciones finales y sin pronunciamientos espectaculares, podría pensarse que este mecanismo de concertación política está en plena decadencia. Si a ello se agrega la ausencia de cinco de los 14 jefes de Estado y de gobierno que en la actualidad son miembros de este grupo, las perspectivas serían aún más pesimistas. Los discursos de Ernesto Zedillo y Julio María Sanguinetti ubicaron correctamente el contexto en el cual nació el Grupo de Río. Hace 13 años la guerra en Centroamérica amenazaba con convertirse en un conflicto internacionalizado en la región. Paralelamente, la llamada década perdida se caracterizaba por la recesión, los procesos hiperinflacionarios, la deuda externa y su impacto en las condiciones sociales de las poblaciones latinoamericanas. Las dictaduras escribían con sangre las páginas de una historia plagada de intolerancia y persecución aberrantes. Nadie puede negar que ese panorama ha cambiado ni tampoco afirmar que los problemas sustantivos han sido resueltos. La llamada deuda social continúa presionando no sólo a las buenas o malas conciencias sino también a las posibilidades de consolidar economías de libre mercado funcionales. Sería, por otra parte, una insensatez afirmar que los procesos de democratización en la región se han consolidado. El caso de Paraguay lo demuestra al igual que el fenómeno del voto orientado hacia las salidas autoritarias o mesiánicas en Venezuela, Bolivia o Perú. Nada nuevo al respecto pudieron decir los presidentes latinoamericanos. Sin sorpresas, lo único que se podía esperar es justamente lo que afirmaron una vez más: su preocupación por la pobreza, por la inestabilidad financiera internacional, la necesidad de impulsar la integración económica, etcétera. El tema central de esta reunión, sin embargo, fue –y lo será en los próximos años– de enorme relevancia para el futuro de la región latinoamericana: las posibilidades de una mayor presencia de los países miembros de la Unión Europea (UE) en una América Latina tradicionalmente considerada como zona hegemónica de Estados Unidos. Al mismo tiempo que el Acuerdo de Libre Comercio para las Américas (ALCA) impulsado por Washington enfrenta serios problemas (el más obvio es la negativa del Congreso estadounidense a otorgar al Ejecutivo la facultad de negociar acuerdos por la conocida vía rápida), la presencia comercial de la UE en la región latinoamericana se va consolidando: entre 1990 y 1996, las exportaciones de la UE a la región crecieron 129%, ubicándose como el segundo socio comercial de la zona. Aún más relevante es que el primer socio comercial de la UE en América Latina es el Mercado Común del Sur (Mercosur). El objetivo de los europeos es claro: incrementar sus vínculos con países como Brasil y Chile que en el mediano plazo pueden constituir un contrapeso a la presencia unilateral de Estados Unidos. Debe añadirse que para la UE el intercambio comercial juega un papel relevante pero su estrategia incluye promover un libre comercio que garantice la cohesión social, el estrechamiento de los vínculos políticos, la democratización y el respeto a los derechos humanos. En esta perspectiva, son obvias las diferencias de concepciones entre algunos países latinoamericanos, como Brasil y México. El primero mantiene una posición de relativa distancia frente a EU en tanto que el gobierno mexicano se inclina claramente por los intereses estadounidenses en América Latina. Aun cuando en esta XIII reunión del Grupo de Río los mandatarios se pronunciaron por demandar a la UE "libertad comercial integral en un diálogo entre iguales", las diferencias entre ellos subsisten y con toda seguridad se manifestarán, tácita o expresamente, en la Cumbre presidencial UE-América Latina que se celebrará a finales de junio en Río de Janeiro, precisamente en este año en el que la Doctrina Monroe cumple 175 años de su proclamación
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