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Labastida: ¿Cuál de todos?

Julián Andrade Jardí

Colocado en un lugar de privilegio, donde se controlan las riendas del poder político en México, Francisco Labastida, tiene que pagar un precio inusual en su carrera a la Presidencia de la República.

Labastida juega con la fortuna, siempre azarosa, de su vida pública. En los años 80 construyó una imagen pública envidiable, desde la Secretaría de Energía, en un gabinete teñido por el gris de Hacienda y por los tonos opacos que apenas surgían de Programación y Presupuesto. La vida quiso, empujada por la voluntad presidencial, que el sinaloense se fuera a gobernar su estado. Ahí fue de los primeros en saber del poder del narco, de sus amenazas cumplidas y de la dificultad de gobernar territorios marcados por la violencia.

La suerte parecía estar de su lado, en los 90, hasta que las ansias democratizadoras del PRI lo pusieron en una zona pantanosa, luchando contra la inseguridad pública, mientras otros precandidatos tuvieron manos libres para iniciar precampañas. La fuerza de Gobernación, hoy queda claro, puede convertirse en una pesada carga.

El ex secretario de Gobernación tiene que lidiar contra la frescura despreocupada de Vicente Fox, o la campaña permanente e incontestable de Cuauhtémoc Cárdenas pero, por si eso fuera poco, tiene enfrente a Roberto Madrazo y Manuel Bartlett, ajenos, ambos, a los pareceres y decisiones presidenciales. Habría que destacar el toque de entrenador de futbol que tiene Labastida. Su delantera, después de todo, no podría ser más peligrosa: Larios Rojas, Silvia Hernández y Beatriz Paredes se pueden convertir en una maquinaria infernal para la defensa enemiga.

Pero Labastida, como todo entrenador, sabe que lo difícil está en los llanos, en las canchas lodosas, en el terreno irregular. Ahí las grandes alineaciones se las ven negras ante el empuje de los que no tienen nada que perder. En esos territorios el triunfo siempre es incierto y la derrota puede ser sólo un asunto pasajero


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