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Una saga de horror gótico Littleton, el fundamentalismo de las armas José Luis Durán King
Hace más de 30 años, la portada de la revista estadounidense Time –con una imagen memorable del artista pop Roy Lichtenstein– estuvo dedicada a "Las armas en Estados Unidos". Fue en 1968, pocos días después del asesinato de Robert Kennedy y un poco antes del de Martin Luther King Jr., cuando el orificio de salida se convirtió en un problema estándar en la política estadounidense. De acuerdo con los analistas, el baño de sangre de aquellos años tuvo muchas causas, una de ellas fue con toda seguridad el eterno romance de Estados Unidos con las armas, mismo que se expresa en la abundancia de las mismas y en la facilidad con la cual cambian de mano hasta llegar a las personas equivocadas. Sin embargo, esa secuencia de asesinatos también produjo una repulsa nacional, breve pero efectiva, contra la violencia con armas. Antes de que ese año terminara, el Congreso estadounidense aprobó el Acta de Control de Armas, un hito legal que prohibió la mayoría de las ventas interestatales, licenció gran parte de los vendedores de armas e impidió que los felones, menores de edad y enfermos mentales accedieran a las armas. Treinta y un años después de aquel número de colección, las cosas han empeorado. Las armas de fuego irrumpieron en los terrenos de la niñez y el ala militante de la adolescencia las ha llevado consigo a los hogares. Las estadísticas recientes sugieren que anualmente uno de cada 12 escolares es amenazado o herido con arma. Y mientras la criminalidad juvenil ha descendido –incluso tan dramáticamente que ya está por debajo de la criminalidad en los adultos–, el número de jóvenes asesinados por armas de fuego se incrementó 153% de 1985 a 1995. Sin embargo, a diferencia de 1968, en este momento existen pocas esperanzas de que se den cambios ostensibles en la legislación del control de armas en la Unión Americana. Millones de ciudadanos estadounidenses creen apasionadamente que su libertad y su seguridad, o ambas, dependen de la accesibilidad amplia de armas. Oscuro ritual de primavera
Hace muchos años las escuelas eran lugares de estudio. Hoy son terrenos minados por donde se mueven metódicamente jóvenes enmascarados de uniformes extraños, disparando sus armas semiautomáticas contra estudiantes y maestros que encuentran a su paso. Como si obedecieran a una regulación de la naturaleza, las masacres escolares en Estados Unidos se han convertido en un grotesco ritual de primavera. Con excepción de que en octubre de 1997 un joven de 16 años, en Pearl, Mississippi, primero asesinó a su madre y después se dirigió a su escuela, donde acabó con la vida de dos estudiantes e hirió a siete más, y que en diciembre de ese mismo año un joven de 14 años fue a su escuela de West Paducah, Kentucky, a asesinar a tres estudiantes y herir a cinco más, el resto de las tragedias ha ocurrido en la temporada primaveral: en marzo de 1998, dos jóvenes, de 11 y 13 años de edad, asesinaron a cuatro muchachas y a una maestra a las afueras de su escuela en Jonesboro, Arkansas; al mes siguiente, un maestro de ciencia fue abatido a tiros en una escuela de Edinboro, Pennsylvania, presuntamente por un joven de 14 años de edad; en mayo de 1997, en Fayetteville, Tennessee, un estudiante de 18 años disparó contra uno de sus compañeros en el estacionamiento de una escuela; dos días después, en Springfield, Oregon, un adolescente de 15 años abrió fuego en su high school, asesinando a dos jóvenes e hiriendo a más de 20 (más tarde la policía encontró que también había ultimado a sus propios padres). El pasado 20 de abril tocó turno a la Columbine High School, en Littleton, Colorado, donde los adolescentes Eric Harris y Dylan Klebold –de 18 y 17 años, respectivamente– asesinaron a 12 estudiantes y un maestro, para ulteriormente suicidarse, en una misión de furia a la que la revista Newsweek denominó "la masacre escolar más letal en la historia de Estados Unidos". Littleton, misión suicida
La información emanada desde una zona rural de Estados Unidos no pudo ser más cruenta. Daba fe de los cuerpos jóvenes que yacían muertos en la biblioteca escolar; de asesinos adolescentes instalando bombas de las llamadas de cañería y trampas bobas; de padres angustiados a la espera de que la policía terminara sus labores en el área; de estudiantes envueltos en lágrimas. Una vez más, cuando la televisión nacional se trasladó abruptamente de Kosovo a la Columbine High School de Littleton, los estadounidenses miraron el lado barbárico de su cultura. Los gatilleros de Littleton formaban parte de un grupo pequeño autodenominado la "Mafia de las gabardinas". Vestían gabardinas negras y largas, no importando cuál fuera el clima. Eran afectos a la moda gótica y colocaban svásticas en su ropa; hablaban constantemente de muerte y destrucción e, incluso, una vez mostraron en la escuela un video de todo su arsenal. La mayoría de los estudiantes no los tomaba en serio. El 20 de abril pasado –en el 110 aniversario del nacimiento de Hitler– demostraron que hablaban en serio. Buscando a los jóvenes atléticos que a menudo se burlaban de los asesinos, así como a los estudiantes negros, Eric Harris y Dylan Klebold iniciaron una masacre fríamente calculada que en unos cuantos minutos arrojó como saldo un maestro y 12 estudiantes muertos, además de varios heridos. No mostraron compasión. Cuando una estudiante rogó por su vida, uno de los asesinos rió y disparó. Momentos después amarraron explosivos a sus propios cuerpos y se suicidaron. Haciendo a un lado las estadísticas alegres que señalan que la tasa de crímenes ha descendido ostensiblemente en Estados Unidos en los últimos cinco años, lo cierto es que anualmente más de dos mil estadounidenses, en edades de 14 a 17 años, utilizan un arma de fuego para matar a alguien. De acuerdo con Sarah Brady (una activista en pro del control de armas, cuyo esposo murió de un balazo en la cabeza mientras trabajaba como secretario de prensa para Ronald Reagan), "diariamente 14 niños mueren en circunstancias en las que intervienen las armas de fuego, ya sea homicidios, suicidios o disparos no intencionales, lo que representa un salón completo de clases cada dos días". Para cuando Harris y Klebold colocaron las dos últimas balas en sus cabezas, ya habían hecho aproximadamente 900 disparos. Y, cuando el humo se disipó, la policía descubrió más de 30 artefactos explosivos: varias bombas de cañería en el interior de la escuela y otras más en algunos carros en el área de estacionamiento. Durante la conferencia de prensa en torno a los hechos ocurridos en Littleton, el Presidente estadounidense regañó a un reportero cuando éste utilizó el "término" epidemia para calificar lo ocurrido en la Columbine High School, al tiempo que evitó ofrecer cualquier hipótesis: "Aún no sabemos todos los cómo y por qué de la tragedia. Quizá nunca los entenderemos por completo". Lo más inquietante de las palabras de Clinton es que evidencian que la verdadera epidemia que hoy azota a varias naciones del globo es la de los presidentes "que no entienden por completo" lo que sucede a dos metros de sus escritorios. Quizá por la cifra tan alta de muertos alcanzada en Littleton la respuesta de la sociedad estadounidense fue más contundente que en el episodio de Jonesboro, alzando la voz contra la decadencia moral y la violencia en los medios. Y, al igual que lo hiciera el año pasado, Bill Clinton ha prometido que se hará hasta lo imposible para prevenir la violencia en los patios escolares. Sin embargo, por sus características particulares, Estados Unidos es un país distinto. Es casi un denominador común que los jóvenes de cualquier parte del mundo, al igual que las personas mayores, tengan fantasías violentas. Enseñar a los adolescentes a controlar su ira es un desafío para los padres que habitan nuestro planeta. Y si Estados Unidos está en un proceso de decadencia moral, entonces también lo está el resto del globo, donde se consumen ávidamente películas y videos violentos. La gente mentalmente perturbada en ocasiones resulta una amenaza social. Y todas las escuelas, no sólo las de Estados Unidos, siguen siendo vulnerables para quien reclama víctimas inocentes. Pero, de todas las naciones desarrolladas, sólo Estados Unidos hace posible que un par de adolescentes inadaptados pueda tener a la mano un arsenal espantoso de armas. Después de que un enloquecido instructor de boy scouts asesinara en 1996 a 16 niños de guardería y una maestra en Dunblane, Gran Bretaña prohibió todas las armas de mano. Del mismo modo, tras el baño de sangre que causó el "Monstruo de Tasmania", al asesinar a 35 personas, un mes después de los sucesos de Dunblane, Australia ajustó drásticamente sus leyes en torno a las armas. Pero la respuesta al tema en Estados Unidos es inconcebible. Años de encarnizados debates sobre el control de armas son apenas perceptibles en la legislación correspondiente. La violencia con armas de fuego –que ha descendido en otros países– y los repetidos asesinatos masivos han tenido en la Unión Americana un efecto casi imperceptible. El agresivo y bien financiado lobby de la National Rifle Association (nra), así como otros grupos pro armamento, han desestimado cualquier esfuerzo que se traduzca en restricciones. De hecho, en su respuesta a la masacre de Littleton, el señor Clinton casi olvidó mencionar el tema del control de armas. El veredicto de Brooklyn
La controversia se ha centrado durante décadas alrededor del control de las armas en Estados Unidos, pero los fabricantes han sido invulnerables a las críticas –y a los demandantes–, aduciendo que ellos no son culpables cuando las armas son utilizadas para cometer crímenes. Las tendencias recientes, sin embargo, plantean un desafío no sólo para la forma como la industria de las armas hace sus negocios sino también para su subsistencia. En un caso vinculado al monolitismo de la industria de las armas estadounidense, un jurado federal en Brooklyn, Nueva York, encontró culpable de negligencia en su forma de venta y prácticas de distribución a 15 de las fábricas más grandes de armas de mano de la Unión Americana. En el pasado, las compañías fabricantes de armas salieron con el brazo en alto de los procesos, argumentando que dichas empresas fabricaban armas para detectives u objetos que eran inherentemente peligrosos. No obstante, el veredicto de Brooklyn fue el primero en tomar una perspectiva amplia y acusar de negligencia a la industria armamentista por la forma como vende sus productos. Las ciudades de Nueva Orleáns, Chicago, Atlanta, Bridgeport y Miami-Dade también han demandado a los fabricantes de armas y a los grupos industriales, y un buen número de ciudades –Los Angeles, Boston, Filadelfia, San Luis y San Francisco, entre otras– espera hacer lo mismo. El alcalde de Filadelfia, Edward G. Rendell, ha propuesto que las más de 100 demandas sean interpuestas el mismo día para presionar a la industria de las armas. Por su parte, el fiscal de Chicago, Richard M. Daley, advirtió en diciembre pasado que eso "era sólo el inicio". El caso Brooklyn fue visto como una prueba –exitosa– por las ciudades que intentan demandar a la industria armamentista. Algunos predicen que el veredicto podría impulsar un "libérense todos" en el que la industria sería forzada a pagar una suma enorme por daños en todo el país. También podría conducir a restricciones en la venta, así como en la producción. "Gracias a Dios ganamos absolutamente", dijo la demandante principal, Freddie Hamilton, cuyo hijo, Njuzi, fue asesinado en 1993. Hamilton pronosticó que el veredicto traería consigo una "fase nueva" de litigación contra la industria de las armas de fuego. Las familias de seis víctimas de homicidio, así como un hombre herido , iniciaron un proceso civil contra 25 fábricas de armas, buscando millones de dólares por indemnización. En uno de los casos, donde la víctima de un tiroteo sobrevivió, el jurado aseguró cuatro millones de dólares por daños. El 11 de febrero pasado, el veredicto determinó que diez de las 25 manufactureras serían incorporadas en las demandas por negligencia. Los demandantes del caso de Brooklyn arguyeron que los fabricantes de armas "sobreabastecieron" los mercados de armas de protección, principalmente en el sur, contemplando que el exceso fluiría hacia manos criminales a través del mercado negro en Nueva York y otros estados que poseen leyes estrictas antiarmas. Así, pese a que los esfuerzos por endurecer las leyes a nivel nacional y estatal han sido frustrados por los hombres poderosos del lobby armamentista, la nueva tendencia es resolver en la corte lo que ha fallado en las curules. A diferencia de los individuos, las ciudades cuentan con los recursos para contratar abogados poderosos y entablar una batalla contra la industria armamentista. Los crímenes violentos que involucran armas cuestan millones de dólares en gastos de policía, ambulancias y hospitales. Por ejemplo, Chicago está solicitando 433 millones de dólares en su demanda por costos incurridos sólo a partir de 1994. Fábrica de sueños
Casi un mes después de los sucesos de Littleton, los estudiantes de la Columbine High School regresaron a terminar sus cursos correspondientes en una escuela secundaria vecina de Chatfield, tras haber vivido no sólo la experiencia de un tiroteo digno de cualquier trinchera sino de ver su localidad convertida en una enorme capilla de pompas fúnebres. En esa ocasión, además de la planilla regular de maestros, hubo en cada aula un experto en salud mental para colaborar con los alumnos que aún no hubieran dejado atrás su estela de pesadillas. Finalmente, en lo que asemeja una cucharada de jarabe para la tos contra un cáncer de garganta, el presidente Bill Clinton ha iniciado con pasos tímidos su compromiso contra la violencia juvenil. Para ello invitó a los dos sectores que presuntamente tienen mayor corresponsabilidad con el problema: los productores de Hollywood y los representantes de la Asociación Nacional del Rifle. Nuevamente, sin salirse del guión de sus propias declaraciones, Clinton dijo que "hay que reconocer la simple verdad de que no hay respuestas simples", descartando de antemano culpar a un solo grupo de la ola de atentados ocurridos en los últimos meses en los patios escolares de EU. Es predecible que la nra no acuda a la invitación formulada por Clinton. En una conferencia previa, el actor Charlton Heston, líder de la nra, defendió a ultranza los intereses de la asociación que preside al señalar: "La culpa de lo que sucedió en Denver no es nuestra sino del abismo cultural en el cual cayó este país". Se espera una mayor disposición por parte de los productores de Hollywood, quienes ya se han mostrado participativos en las campañas de defensa de lo políticamente correcto como, por ejemplo, impedir que los actores fumen en las películas o que promuevan la promiscuidad sexual en épocas en que la comunidad mundial se ve azotada por la pandemia del Sida. Sin embargo, para que no haya dudas de que en la sociedad estadounidense las balas viajan más rápido que cualquier campaña bien intencionada, un mes después de que Eric Harris y Dylan Klebold sembraran de cadáveres los patios de la Columbine High School, un joven de 16 años de edad, del que no se dio a conocer su nombre, abrió fuego contra sus compañeros en un liceo de Conyers, Atlanta. Gracias a la mala puntería del adolescente, en esta ocasión la travesura escolar no culminó en tragedia. La resonancia de los impactos se ha escuchado en todos los rincones del mundo. No así en EU, donde la cultura de la muerte se encapsula en notas informativas. La campaña del presidente Clinton para controlar la venta de armas se ha visto obstaculizada no sólo por la Asociación Nacional del Rifle y los barones de Hollywood, también las acciones bélicas en Kosovo, avaladas tan alegremente por el mandatario de nuestro vecino del norte, contribuyen a dejar en claro que las armas para los estadounidenses son como el perro: el mejor amigo del hombre
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