la tribu
Alvaro Enrigue
La violencia, el deseo, toda la familia
Hace poco un destacado conductor de televisión me preguntó, con preocupación sincera, si los libros que he escrito son para toda la familia. Naturalmente no supe qué responder. Dije: Supongo que sí. A los pocos días fui a Monterrey con otros narradores para participar en una mesa redonda sobre la violencia en la literatura. Cuando llegué a la salita de prensa que se había instalado en el hotel me encontré con los clippings sobre las ponencias que daríamos en la noche; la cabeza de la nota que se ocupaba de nosotros en el periódico más influyente de la región decía a la letra: "Vienen los violentos".
En México no es frecuente la etiquetación de productos culturales según su expediente escatológico; aun así, parecería que el malestar de la multitud frente a los horrores de una realidad cada día más incómoda se va expresando en una radicalización de las posturas morales que comienza a mezclarse peligrosamente con el trabajo creativo. Las dos historias del párrafo anterior son más que explícitas sobre el problema. Y es que existe una suerte de todo o nada moral que ya alcanza al mundo de las artes. Tal película, tal pieza o tal libro, podemos decir, contiene escenas de sexo o violencia explícitos: el mundo de los autores, artistas y promotores, como el de las streepers de hace unos años, se divide entre los que muestran y los que no, los que permiten mostrar y los que no. Tan asombroso me parece el candor del alcalde de provincia que desmontó personalmente una exposición de fotografía porque le pareció inmoral, como el regocijo en la obscenidad de no pocos de nuestros autores y artistas. Lo incómodo de estos hechos, cabe aclararlo desde ahora, es que entre la discusión sobre lo mostrado y lo mostrable se engrandece lo circunstancal del trabajo creativo hasta hacer perdedizo lo esencial en él: la invención de un mundo a partir de un lenguaje; lo demás es método en el mejor de los casos e ideología en el peor.
Hace algunos años dije acerca de American Psycho, la célebre novela —creo que por poco leída— de Breat Easton Ellis, que su defecto más notable —entre muchos más graves— consiste, simple y llanamente, en que es aburridísima: a nadie se le pueden recetar más de tres amputaciones sin que la lectura resulte mecánica. Hoy me doy cuenta de que tal efecto es precisamente lo que buscaba Ellis: conducir al lector a la normalización de la crueldad, eso sí, con fines desconocidos. La actitud de este novelista, como la del locutor preocupado por las posibles escenas de sexo explícito en un relato o la del periodista que confundió en Monterrey la reflexión sobre un fenómeno literario —la violencia como motor poético— con una afirmación vital, es la misma. Los tres suponen que un asalto en minitaxi podría tener algo que ver con los duelos del Cid Campeador.
En el terreno de la literatura, como en el del resto de las artes, la descripción explícita de escenas de violencia es necesaria de tan frecuente. Permítaseme citar tres frases tomadas al azar de La Ilíada, la obra literalmente fundadora de la tradición poética y narrativa de Occidente:
"… de un tajo en el hombro le cercenó el robusto brazo, que ensangrentado cayó al suelo."
"Fue a clavarle en la nuca la puntiaguda lanza, y el hierro cortó la lengua y asomó por los dientes."
"Cuando lo alcanzó, le hundió la pica en la nalga derecha; y la punta, pasando por debajo de hueso y cerca de la vejiga, salió al otro lado" (V, 59-76).
Las citas describen algunas de las muertes de los príncipes que defendían inútilmente a Troya de la rabia de los dioses despechados, manifiestos sobre el mundo en la rapacidad de los aqueos. En la primera pieza literaria significativa a nuestro lado del mundo, los dioses precipitan el horror y la miseria, pero también el amor y la hombría —entendida esta última en el mejor de sus sentidos— por medio de la exaltación en el combate.
Arriesgo una generalidad —seguramente miope como todas—: al vislumbrar lo bello estamos ante un forma de armonía extrema, un momento visual, auditivo, imaginal, que supera en perfección al orden frecuente de la naturaleza. De pronto sucede algo en un horizonte, en una plaza, en una sonata, en un libro, que le separa del resto del paisaje. La vulgaridad del mundo ha sido quebrantada.
Al inventar la literatura, al menos tal como la conocemos, Homero quebró una historia y la transformó en un universo completo, un mundo que sujeto a sus propias leyes es capaz de conmovernos a más o menos dos mil 700 años que fue trazado. Su gesto fue tan pleno, tan convencido de su propia validez, que ni siquiera necesitó de las partes elementales de una anécdota —planteamiento, nudo y desenlace—. La Ilíada comienza con la guerra ya avanzada y termina antes de su final. El genio altísimo del poeta simplemente seleccionó el momento que le pareció más patético y lo trazó en 34 rapsodias altamente eficientes.
Es curioso que Homero haya decidido erigir su poema sobre los 52 días más violentos de la guerra que describe: aquellos en que los ejércitos troyanos salieron por última vez de las murallas de la ciudad para enfrentar con su resto al enemigo indestructible. La acción en el poema comienza y termina con dos gestos de ira: la rabieta de Aquiles contra Agamenón porque le ha robado a la concubina que él mismo raptó, violó, y conservó para disfrutar mientras durara la guerra; y la exhibición del espíritu vengativo del mismo príncipe, que arrastra a caballo durante 13 días el cadáver de Héctor, el general enemigo, que por cierto fue siempre más noble y humano que él mismo. Estamos entonces ante una construcción verbal cimentada en la descripción de escenas de violencia atroz; nada como la cúspide de un pleito para permitir que aflore el monstruo sentimental que quisiéramos como habitante del alma humana.
Las consideraciones anteriores podrían aplicarse con pequeñas variaciones a la presencia de escenas de erotismo —digamos— duro en la tradición literaria universal: si El asno de oro de Apuleyo es una pieza fundamental para la más severa historia de la literatura, también puede ser leída —con éxito— por una imaginación calenturienta en busca de estimulación; en esta novela escrita en Roma hace más de dos mil años aparecen escenas que un descuidado podría suponer tomadas de un libro de la Hollander.
La violencia, como la descripción gráfica de escenas eróticas —o lo que al locutor de televisión le pareciera no apto para toda la familia y a mí se me escape— es un ingrediente fundamental del espíritu humano y todas sus producciones están permeadas por ella. La letra, por supuesto, no es una excepción. Elijo ejemplos al vuelo: las fenomenales golpizas que reciben El Quijote y Sancho cada dos o tres capítulos, las batallas ebrias de Gargantúa y Pantagruel, los baños de sangre en que culminan todas las tragedias de Shakespeare, los tormentos insoportables que padecen las almas condenadas al infierno por Dante. Seamos honestos: ¿qué quedaría de Los tres mosqueteros sin los romances de Portos y los memorables espadazos a que generalmente llevan?
Toda la literatura, como cualquier producto de la civilización, está fundamentada en la administración racional de la violencia y el deseo. Los seres humanos somos capaces de la más poética solidaridad, pero también de atrocidades sublimes. No hay nada que hacer y nada que agregar: la literatura, en la medida en que siga pretendiendo conmover la sensibilidad de quienes se acercan a ella, seguirá celebrando lo que tenemos de elemental, utilizándolo como catalizador de la virtud, vislumbrando en ello un universo sólido en el que todo tiene correspondencia: el que es presa de la violencia o el deseo —o las dos al mismo tiempo— sabe lo que quiere y sabe cómo conseguirlo. La tragedia es imposible sin ese principio.
Alvaro Enrigue es escritor, autor de Virtudes capitales, Joaquín Mortiz, 1998.
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