espejos
Patricia Peñaloza  

La playa

 

Por su sonrisa lo supe todo
y nada de lo que supe ha sido mentira.

Vi desde entonces el palmar en sus cabellos hechos racimos;
vi que de noche estaba hecha su joven
piel terracota; vi lo finito
de la arena en lo frágil de
sus años cortos,
pero también vi la mar
que fluía entre nosotros.

A mitad de nuestros desiertos
encontramos un oasis estrellado.
Fríos los huesos míos
y tibios los suyos,
su sed de recién nacido
desbordó mis pechos en vez de vaciarlos
para darle más días a mis ojos
y destetar a mi asombro
cuando a sus brazos no cesaron de brotarle
mañanas frescas
y ansias poco estrenadas
y vertidas
desde su alumbramiento.
Reconocí en sus labios niños
los besos que nunca me dieron
cuando mi cuerpo crecía.
No me habló de barcas ni de luceras.
Tan sólo me mojó con su sonrisa
sonrisa
de luces generosa
de semivirgen y cristalina saliva.
Nada fue sino la brisa de la duda
y el maremoto del deseo
adolescente postfechado.

 

Mas corto fue
el cielo durante el cual
Selene creció las mareas
entre sus juegos y mi tristeza,
su inconciencia y mi cautela,
su esperanza y mis derrotas,
hasta ese minuto
uno solo
en que por fin profirió palabra
para contarme de su enemigo el viento
cuando se lleva las láminas del techo
de su casa; del tesoro que tras las puertas
de su rincón guardaba:
"Es una playa vasta y soleada, para mí solito,
hecha de algas,
de sal y soles y estrellas de agua.
Es mi secreto y es mi playa".
Lo dijo cuando encallaba
en la almohada
de mis árboles de fruta
dadivosos y atentos
a las coplas hechas medusa
que suelen tender sus miradas:
"Presiento algo
contigo hermoso
que no se acaba".

Pero pronta fue la noche en que acabó
lo que su voz cortada
horas antes prometía,
naturaleza cambiante de los del mar nacidos;
noche que desde el día en que leí su nombre
adivin‚ por entre la espuma y sus sargazos
sin que me fuera entonces
de pez espada la fisura.
Lloví con mi sal
a las horas
bajo su puerto de láminas
para que amaneciera y la brisa
todo se lo llevara,
hasta que un manto de luz y esmog benditos
puso ante mi vista
una hermosa azotea de tabicones, tres plantas en maceta
y ralas camisetas de algodón colgadas: las velas de un barco
que para ese instante
había ya zarpado con la luna.
El niño silvestre, perteneciente a los litorales y sus declives,
se evaporó al medio día
dejando un halo a suavizante de ropa
y a carcajadas de vecinos, perros y gallinas,
entre aullidos jamaiquinos a lo Marley.

En su playa secreta, espejismo de sus anhelos,
me bañó con los oleajes de su abandono,
y fue hasta que
me sumergí
en su agua abismada
que lo supe agua
de mis corrientes fluviales,
justo cuando acababa él
de lanzarse
por una
de sus quebradas.

Lo vi reir mientras se hundía
entre el humo de sus jardines costeros
y por esos dientes volví a verlo todo:
el palmar de sus cabellos,
su piel terracota,
la arena de sus años cortos.
Recordé que desde el día en que nos reflejamos
me había ya percatado
de la mar que fluía entre nosotros,
océano que ese día sólo
se abrió para unirnos
para siempre para nunca,
israelíes urbanos
y a la vez egipcios guerreros
ahogados
por la soledad y la tristeza
de la música que expelen
estas dulces calles de mierda.

 

Patricia Peñaloza es responsable de la sección "El laberinto radioactivo" de El laberinto urbano.

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