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Yuri Herrera  

Notas sobre una clonación

El PRD no es el nuevo PRI

I. Historia, ¿para qué?

A partir de la reciente emigración de priístas de oscuro prestigio hacia el PRD se ha puesto de moda la afirmación de Carlos Castillo Peraza de que este partido es, en realidad, la refundación del PRI. En efecto, el PRD tiene graves problemas que le impiden constituirse a cabalidad como una opción de gobierno, y algunos de estos problemas son atribuibles a las inercias de grupos de ex priístas que no terminan de renovar sus prácticas, o a la pretensión de otros de trasladarse hacia la oposición con todo y su nostalgia por una época en la cual el patrimonialismo garantizaba el orden y chamba para todos; las presiones de estos grupos y las concesiones de los fundadores originales del Partido de la Revolución Democrática no deben ser minimizadas, pero ayuda poco al debate repetir sin más frases propias de un panfleto político, entendibles en la boca y la pluma de un político tratando de llevar agua a su molino, así se trate de uno que a todas luces podría realizar un análisis más serio, como Castillo Peraza.

La teoría del "nuevo PRI" es insostenible, para empezar, porque ignora el contexto histórico en el cual se originaron el Revolucionario Institucional y sus antecesores, así como de sus rasgos más característicos: el PRI no nació como un partido dispuesto a luchar por el poder, nació en el poder y toda su vida interna se sometió a los caprichos de los hombres del poder; más que un partido político era otra dependencia del Ejecutivo, a través de la cual regulaba el ascenso burocrático.

Cualquier comparación con un partido inmerso en un sistema competitivo —por más incipiente que sea— es absurda. La afiliación forzosa como un proceso dirigido desde el Estado, y la organización de la militancia en sectores, un tanto al estilo soviético, son también elementos fundamentales del PRI, que hoy no se ven en el PRD ni en ningún otro partido. Si bien me parece imposible obviar en cualquier análisis digno de tomarse en cuenta los puntos mencionados, entiendo que la teoría del "nuevo PRI" se apoya en la composición de la dirigencia perredista, así como en el origen de las personas que se trata de llevar al poder. Aún así la afirmación es, por lo menos, inexacta. Veamos punto por punto.

 

II. ¿Demasiados rojillos?

Es innegable que el hecho de que todos los presidentes nacionales que ha tenido el PRD sean ex priístas indica un gran peso de ese grupo en el rumbo del perredismo. Si ese fuera el único criterio, sin duda el panorama sería muy triste para quienes vienen de otros partidos o para los ciudadanos que han decidido votar por el PRD. Pero un vistazo a la composición de sus órganos de dirección nos muestra otra cosa.

El Comité Ejecutivo Nacional perredista está compuesto por 21 miembros contando a los dos coordinadores de su fracción en el Senado y la Cámara baja. De esos 21, sólo tres son de extracción priísta: Porfirio Muñoz Ledo, Andrés Manuel López Obrador y Oscar Rosado, quien nunca tuvo cargos relevantes en el PRI. Dicho de otro modo, 86% de los integrantes del CEN perredista provienen de organizaciones opositoras al PRI.

Es difícil hacer la misma valoración respecto al Consejo Nacional del PRD, pues sus más de 200 miembros lo componen, además de los electos por planilla, los senadores y diputados federales, y los dirigentes de los estados, cuya antigua filiación no tengo a la mano. Pero ni el presidente del consejo ni el vicepresidente son de extracción priísta: Mario Saucedo tiene sus raíces en la ACNR y Eloi Vázquez en el PSUM. Hay otro indicador: ninguna de las cuatro mesas de trabajo del cuarto congreso perredista, celebrado en Oaxtepec del 18 al 22 de marzo, estuvo presidida por ex priístas.

Así pues, para ser la refundación del PRI parece haber demasiados comunistas y ex miembros de organizaciones de izquierda en el PRD. Pero, es cierto, aún no terminamos.

 

III. El día que extrañamos
a Marco Rascón

Un lector legítimamente escéptico bien podría decir, llegados a este punto: "Ajá, sí, supongamos que de verdad los priístas no se adueñan del partido, pero eso no quita que parece que lo ponen a trabajar a su servicio… ¡las mejores candidaturas son para ellos!". Tal razonamiento no es del todo infundado. A últimas fechas las candidaturas para gobernador, especialmente, se han decidido más en función del daño que se le pueda hacer al PRI postulando a uno de sus defectores, que de un programa de gobierno propio o del rejuego interno en el PRD.

Antes de continuar quisiera subrayar algo que señalé en una entrega anterior (etcétera, núm. 266): que ex priístas se incorporen a otros partidos es un proceso natural tras muchos años en que la política estuvo prácticamente circunscrita al PRI y ante el crecimiento de otras organizaciones políticas. Estas migraciones pueden darse tras perder el miedo, o por la evolución propia de algunos cuadros. Lo pernicioso es cuando sucede exclusivamente en aras de conservar los espacios de poder perdidos en su propia casa. Y eso es lo que ha pasado en varias ocasiones: Veracruz, Campeche, Zacatecas, Durango, son ejemplos de súbito convencimiento democrático por parte de políticos priístas, casualmente después de que se les negó la oportunidad en su partido.

En Veracruz la alianza concertada con Convergencia Democrática, la agrupación de Dante Delgado, le reportó al PRD varias victorias en las últimas elecciones municipales, pero al cabo de los meses es evidente la fragilidad de ese acuerdo; Convergencia Democrática ya anunció su intención de apoyar la candidatura de Miguel Alemán.

En los casos de Campeche y Zacatecas la primera impresión es que ambas deserciones podrían servir tanto al PRD como a la competencia democrática, pues la incorporación al perredismo de Layda Sansores y Ricardo Monreal transformó radicalmente la correlación de fuerzas en entidades tradicionalmente consideradas "reserva de votos" para el PRI. Que estos desprendimientos causaron escozor en el PRI lo evidencia la acusación patética de Mariano Palacios (presidente del pri) a Monreal sobre supuestos nexos con el narco (8 de febrero), de la que luego se retractó, y el descubrimiento de una amplia infraestructura con que el gobierno campechano espiaba a los perredistas.

Más allá del resquebrajamiento priísta, el riesgo es que su paso hacia la oposición se dio sin que hubiera una trayectoria que avalara una decisión tan importante, además del rechazo sufrido en el PRI. La candidatura de Máximo Gámiz en Durango, ungido perredista el mismo día que presentó su renuncia al PRI, sirve como símbolo de las migraciones oportunistas.

Quizá era previsible que cosas así pasaran en un partido que desde su nacimiento apostó a abrirse a la sociedad, y no a depender sólo de su propia militancia. Lo grave es que suceda tan frecuentemente, porque entonces se puede provocar no sólo que se postule a personas de dudosa calidad moral sino, peor, que se juzgue como algo erróneo la posibilidad de las candidaturas externas. Gente valiosa se ha sumado al Congreso de la Unión a través de ellas, como Bernardo Segura, Carlos Payán o María Rojo, y hay otras elecciones afortunadas, como la de Esther Orozco, candidata al gobierno de Chihuahua, que enriquecen la competencia.

Durante el último congreso perredista, el periódico Reforma realizó una encuesta (22 de marzo) entre los asistentes, de la cual se desprende que 55% de ellos está en favor de las candidaturas externas. Significa que las alianzas e incorporaciones de personas no perredistas es algo más que un capricho de la dirigencia. Tampoco se trata de un cheque en blanco: paralelamente se redujo el límite de espacios para candidatos externos de 50 a 20%. Respecto a los candados que se les deben exigir a los aspirantes no hubo acuerdo, y será el Consejo Nacional, hasta dentro de tres meses, el que decida.

Por lo pronto, están los cinco puntos que, dijo López Obrador en su discurso inaugural del congreso, se deben atender en este tema: buena fama pública de los candidatos; compromiso de llevar a la práctica principios y programa del partido; preservar la unidad interna; no dar apoyos incondicionales, y analizar caso por caso.

La situación no es clara, pero en última instancia tampoco es claro que los ex priístas seguirán teniendo las puertas abiertas como en los últimos meses ni que el ingreso de los más polémicos haya echado por tierra la estrategia de alianzas del PRD.

 

IV. La izquierda nonata

Uno de los resolutivos relevantes del cuarto congreso perredista fue el que define al partido como un instituto político nacional de izquierda, lo cual, según Porfirio Muñoz Ledo (Reforma, 22 de marzo) evita el camaleonismo y es "la afirmación del pensamiento crítico, la definición de izquierda es un compromiso con la inteligencia, un rechazo al sectarismo, a la demagogia, a los prejuicios y fanatismos".

En efecto, México necesita un partido de izquierda moderno, que esté en posibilidades de llevar a la práctica los temas de su agenda, más incluyente que las de los demás partidos, en donde se le da lugar preponderante a la justicia social, los temas ambientales, los derechos indígenas y el desarrollo de la sociedad civil, entre otros. El PRD ha reafirmado su vocación de poder (lo cual ya es ganancia en comparación con los típicos grupúsculos conspiratorios, autófagos y poco prácticos que lastraron tanto a la izquierda), deslindándose a la vez de la vía armada. Sin embargo, agregar una bonita palabra no es suficiente.

El PRD no es, definitivamente, "el nuevo PRI", pero no sabemos aún lo que puede ser. En cambio, saltan a la vista sus problemas. Por ejemplo: los constantes conflictos internos se derivan tanto de una falta de cultura democrática (de ex priístas hechos en la tradición autoritaria, por un lado, y de asambleístas poco dispuestos a aceptar la derrota, por el otro), como a su débil estructura y organización en muchas partes del país; paradójicamente, los priístas se trajeron muchas cosas consigo pero no las estructuras corporativas, esas ya estaban en el PRD, unas de nuevo cuño, combativas, clientelares, cuya expresión más poderosa puede hallarse en la composición de la fracción perredista en la Asamblea de Representantes, plena de miembros del movimiento urbano popular.

Eso no es todo. El mayor peligro, a mi juicio, es la tentación de algunos dirigentes de enfilar al partido por el rumbo de la nostalgia, llámese ésta nacionalismo revolucionario, estatismo o marxismo-leninismo. En vísperas de la discusión de su programa en el congreso, Adolfo Gilly lo planteó así (La Jornada, 19 de marzo): "Ese documento parece encerrado en un México que hace rato no existe. Habla, por ejemplo, del ‘régimen de economía mixta que propugnamos’, formulación hoy más que nunca carente de contenido. Igualmente vacía, porque literalmente no quiere decir nada, es la afirmación de que ‘el eje de nuestro programa económico de corto plazo requiere la elevación constante y generalizada de la productividad del trabajo, de la tierra y del capital, y el pago por su contribución efectiva a la producción’".

No es de extrañarse que en el cuarto congreso no se hayan aprobado los estatutos perredistas, pues tal indefinición no es más que reflejo fiel de cómo se concibe (o no se logra concebir) al partido. Porque el problema va más allá de unas cuantas normas a discusión. Mientras se siga pensando al país según la limitada dicotomía salinista-antisalinista, será imposible construir un proyecto alternativo de nación.

El asunto Morales Lechuga puso en evidencia la escasez de criterios para delimitar sin ambigüedades lo que se quiere. Suscribo la manera en que Jorge G. Castañeda lo ha planeado (Reforma, 28 de marzo): "Quienes se opusieron a la candidatura de Morales Lechuga en Veracruz tuvieron razón. En las condiciones actuales de indefinición y pragmatismo el impacto en la base del PRD y en un segmento importante de la opinión hubiera sido adverso. Pero el dilema de fondo no yace allí sino en la virtual imposibilidad del partido fundado por Cuauhtémoc Cárdenas en 1988 de llevar a cabo una definición de fondo, clara y explícita, sobre el pasado y el futuro del país".

Así, más que establecer reglas para rechazar advenedizos, el gran reto del PRD en su primera década sigue siendo encontrar las palabras y las prácticas que lo definan como un partido con identidad propia.

 

Yuri Herrera es egresado de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM.

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