Pelea de box, cuartos de final de los Juegos Olímpicos de Sydney, categoría superpesados: se enfrentan el kazajo Didalbenkov y el cubano Rubalcaba, uno de los favoritos para el oro. Rubalcaba es un negrote de más de dos metros que en su pelea anterior dejó conmocionado al soldado alemán que osó enfrentársele. Es 22 centímetros más alto que Didalbenkov, tres kilos más pesado, su brazo tiene, cuando menos, una pulgada más de alcance.
En el primer round, Rubalcaba da tremendos golpes que cimbran al de Kazajstán, pero éste, más rápido, más hábil, ha logrado conectar algunos volados, peleando de lado, usando las piernas. En el segundo, Didalbenkov pega más y Rubalcaba, acostumbrado a poner rápidamente a sus oponentes en la lona, parece confundido. Se abraza, se separa, abre la guardia, recibe golpes. En su esquina, el legendario Alcides Segarra le recuerda a Rubalcaba que use su técnica: sabe que sin duda es un boxeador más poderoso. Pero Rubalcaba está enojado, no piensa, se lanza contra el kazajo que esquiva golpes que le hubieran sacado la cabeza y luego estampa sus puños en el plexo solar, en la cara, en el hígado del cubano. Antes del último round el manager Segarra está desesperado, Rubalcaba también. El favorito tira golpes a diestra y siniestra. Todos pegan en el aire. Recibe tres, cuatro volados del hombre aparentemente más pequeño. Termina siendo apabullado.
Esta es, más o menos, la imagen de la pelea por el rating sostenida entre Televisa y Azteca con motivo de los juegos de Sydney.
Rating fuera del patrón
Tradicionalmente, el rating olímpico había seguido un patrón estable. Iniciaba con una clara ventaja para Televisa, que se iba perdiendo a lo largo de los días, sobre todo en el horario triple A, para terminar favoreciendo a Televisión Azteca. Sin embargo, como promedio de las transmisiones, la televisora de Av. Chapultepec quedaba
siempre por arriba de la del Ajusco. En el 2000 no fue así.
Las dos emisoras empezaron con índices similares de audiencia en el horario triple A y con una ligera ventaja para Televisa en las transmisiones deportivas. A los pocos días de competencias, esa ventaja
se fue diluyendo, mientras que Los protagonistas tenía entre 60 y 80% más de rating que Sydney en grande. Para más inri, los agresivos esfuerzos de Televisa por descontar la diferencia en los horarios donde hay más público y anunciantes más caros no sólo resultaron vanos sino que, hacia el final, la emisión conducida por José Ramón Fernández quedó cerca de duplicar a la de la casa de enfrente.
Un reconocimiento
autocrítico importante
Tradicionalmente, José Ramón Fernández y su equipo afirmaban que habían ganado en público, aunque no hubiera sido así según las empresas medidoras de audiencia. Se agarraban de algún dato para mostrar que habían cerrado arriba (la clausura,
típicamente) o, si no, del expediente de la manipula
ción de los índices (“Ibope miente”, la consigna). Ahora Azteca vivió la euforia, y en un acto digno del mayor
kitsch, otorgó pública medalla de oro a José Ramón. Televisa perdió y asumió.
En un hecho sin precedentes, Emilio Azcárraga Jean reconoció que en Sydney su empresa fue derrotada por la competencia. Y, en plan autocrítico, expresó cuál fue la principal razón de ello.
Azcárraga dijo que su empresa cuenta con los mejores narradores deportivos de la televisión mexicana, pero carece de verdaderos periodistas deportivos. Esos están en el otro consorcio.
El presidente de Televisa tiene toda la razón, al menos en lo que se refiere al segundo elemento de su análisis (del primero, yo matizaría: Televisa tiene los mejores animadores, que no es lo mismo que narradores). Y, si bien esa
diferencia no alcanza a explicar la debacle del consorcio de Av. Chapultepec en Australia, sí es la causa principal.
En otras palabras, se trata de un primer análisis certero. Y cuando se acierta en el análisis es posible acertar en la respuesta política.
La lucha por las familias
El primer éxito de Azteca fue, utilizando el sentimentalismo popular, transmitir las imágenes de los familiares de ganadores mexicanos de medallas en el momento en que logran su triunfo. Había sido un éxito en 1988, con los
padres de Jesús Mena. Lo repitieron en Sydney, con la madre y hermana de Soraya Jiménez, en el local donde se desarrollaba la competencia y con el padre y el hermano de la pesista, en su casa en México. La empresa del Ajusco tenía otros familiares preparados: notablemente, los de Ana Guevara.
La reacción, tardía, de Televisa, fue abusar de las
imágenes de los familiares. Teníamos a los García y a
los Segura en los 20 kilómetros de marcha *donde el medallista resultó ser Noé Hernández*, teníamos a los Platas en los clavados *donde nos partían la pantalla, no veíamos bien el clavado, pero sí la sala de los papás de Fernando y a los señores, muy propios*, al papá de la maratonista Adriana Fernández en el estudio *lo perdieron cuando la corredora ya no apareció entre las primeras* y, ya en la desesperada, a
los familiares de los canoístas que con trabajos pasaron a la final y a los del veterano Benjamín Paredes, “que para nosotros es todo un ganador” aunque haya arribado en el lugar 64.
Televisa no sólo reaccionó con retraso ante Azteca. También ante la prensa escrita: dos días después del reportaje de Crónica sobre las condiciones como se forjó Noé Hernández, y uno después de que éste tuvo eco en todas las radios de la ciudad, Televisa hizo el suyo, con frases textuales. A doña Felipa, madre del marchista y todo un personaje, la conocimos por Azteca y aprendimos más de ella por el reportaje escrito. Televisa sólo agregó horas aire.
Azteca tuvo la primicia con cinco de los seis medallistas mexicanos. Dos de ellos
*Soraya Jiménez y Víctor Estrada* dejaron en claro que su elección se debía a que el equipo deportivo de Azteca los apoyó siempre y no sólo cuando eran candidatos al podio. Televisa tuvo a Fernando Platas.
A cambio, Televisa logró sacarle lágrimas a mares al gran derrotado Alejandro Cárdenas y a la eterna clavadista Marijose Alcalá, quien (¡por fin!) se retira y a la que le tocaron sentidas golondrinas mientras lloraba a moco tendido (Dehesa no dijo nada, y eso que él la bautizó como “la gotita de lodo”).
El revolcón
El peor momento de Televisa fue, sin duda, la marcha de los 20 kilómetros. Fueron los primeros en llevar la transmisión *gracias a decisiones absurdas de Azteca*, pero en los últimos minutos, los que son clave para esa prueba
de fondo, la mayoría de los televidentes seguía las incidencias por Azteca.
Bernardo Segura le dio la exclusiva a Azteca, mediante esa cadena escuchamos la felicitación del Presidente y vimos el
momento de la descalificación. El equipo de esa televisora siguió con detalle el escándalo posterior, mientras que Televisa *tal vez herida en su orgullo* abandonó al marchista en su momento más difícil, para irse a otros deportes porque, para colmo, Raúl González le ganó el volado a Carlos Mercenario y, con él, la primicia de la entrevista con Noé Hernández.
El problema no es el abandono a Segura, sino al interés de las multitudes en el momento. Eso, en lenguaje televisivo, se llama “darle el portazo a Nela”.
Esa actitud soberbia se repitió en varias ocasiones. La más notable: consiguen el inmejorable scoop de tener a Juan Antonio Samaranch en el estudio y la primera pregunta que se les ocurre es: “¿Qué piensa usted de las instalaciones de Televisa?”. Más autismo no se puede pedir. Tiene razón Azcárraga.
Comentaristas
y comentaristas
En las transmisiones fuera del horario pico, a Televisa
no le fue mal. De Valdés, Alarcón y Burak son, ciertamente, buenos narradores. De su equipo más nuevo destaca Javier Sahagún. Carlos Mercenario fue un acierto (en particular sus explicaciones sobre la técnica de la marcha). Claudia Esteva sabe lo suyo. Lo mismo podemos decir, quienes sabemos muy poco de tae-kwon-do, de Dolores Knoll. Girón, decente, pero aún demasiado “barco” con todos los clavadistas. Fuera de ahí fue un desastre, ejemplificado a su máximo nivel por el Doctor Morales: se refería a “la lucha cuerpo a cuerpo, cara a cara” en un partido de basquetbol y, en la pelea
de Bejarano con un kirgizio (un boxeador de Kirguistán, pues) no sólo confundió el país de rival con Kazajstán *lo cual es entendible* sino que se enredó en un galimatías para terminar colocando a esa ex república soviética “en la frontera con Sydney”.
Ante gazapos de ese tamaño, para el equipo de Azteca era coser y cantar,
en una labor en la que destacaron por calidad Jorge Camacho, Pepe Espinoza y Luis Niño de Rivera (quien volvió a sacar el pomo de
las esencias) y, por pasión, David Faitelson.
Otras razones
Decíamos que la falta de auténticos periodistas deportivos, señalada por Azcárraga, fue la razón principal del
novedoso resultado de esta guerra particular del rating. Hay, al menos, otras dos.
La primera es la ausencia de la selección de futbol. Esto, al tiempo que aereó la programación olímpica, quitó ventaja a Televisa, que normalmente tiene más puntos en favor cuando se transmite el deporte más popular.
La segunda se relaciona con los buenos resultados de la delegación mexicana. Normalmente, el rebase final de Azteca se da porque el rating de Televisa cae más rápido cuando al televidente, luego de tantas derrotas, le gana el hartazgo olímpico. Ahora no fue así: el rating agregado se mantuvo y eso se
refleja en un pasaje directo de los televidentes de una
cadena a otra.
Epílogo
Didalbenkov se enfrentó en la pelea por la medalla de oro con otro negro gigantesco, el británico Harrison. Parecía la repetición del duelo que puso al de Kazajstán en las medallas. El valiente kazajo hizo de su estrategia una copia de la que siguió ante Rubalcaba. El resultado no fue el mismo. Harrison se
esperaba los golpes volados, los intentos por abrirle la guardia, los movimientos rápidos de piernas, el cabeceo conocedor. El británico no se desesperó, no intentó mandar al ex soviético al hospital, no se enojó, no quiso ser veloz. Mantuvo su guardia apretada y supo sacar provecho de su mayor altura, alcance y fuerza. Acabó
ganando con facilidad y llevándose el título olímpico.
Eso mismo podría suceder si en Televisa usan un poco más su cerebro.
Francisco Báez Rodríguez es subdirector general del periódico La Crónica de Hoy.
Correo electrónico: fbaez@cronica.com.mx